El infierno no está encantador

Lomas de Zamora, noviembre 14 (AUNO).- El estigma social insiste en caracterizarlos como salvajes que viven a los saltos, peligrosos para el resto de la sociedad. A partir de esa irrealidad de película, el encierro fue la salida más rápida para tratar a los pacientes con enfermedades mentales.

“El encierro no cura. Siempre el mejor tratamiento va a ser la libertad, el poder circular entre todos como uno más es lo que los ayuda”, consideró Carmen Cáceres, miembro de la Asociación por los Derechos en Salud Mental (Adesam), durante el Patas Arriba.

Según el estudio Vidas arrasadas, realizado en 2007 por el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), hay aproximadamente 25 mil personas encerradas en instituciones psiquiátricas argentinas, muchos de los cuales obtuvieron el alta médica, pero permanecen encerrados porque no tienen un lugar donde ir.

Actualmente, algunas de las mujeres que logran salir del Hospital Interzonal José Estévez de Temperley pasan a vivir en casas de convivencia, donde tienen una vida normal con gente que pasó por lo mismo.

Dos de esos pacientes fueron Rosa y Angie, cuyas historias convalidan el hecho de que los muros no son remedio para ningún padecimiento. Ambas estuvieron internadas en el hospital inaugurado en 1908 y padecieron la tortura de pasar años encerradas.

Prefieren no hablar de su vida pasada, esa que llevaban antes de ingresar a un manicomio, como si intentaran olvidar una parte de sí mismas. Sin embargo, no le escapan a su historia detrás de las paredes del Estévez.

Rosa nació en Villaguay, Entre Ríos, pero fue en la localidad bonaerense de San Nicolás donde empezó el terror, ya que desde allí la trasladó la policía hasta el centro de salud mental ubicado en Garibaldi 1661. Sólo se limita a decir que “fueron las malas compañías” las que la llevaron a esa situación.

Tenía apenas 19 años, y pasó casi el mismo tiempo encerrada y tomando medicamentos que nunca supo para qué eran. “Se trataba de un montón de pastillas recuerda y pasa a enumerar el cronograma que seguía, diez a la mañana; cinco a la tarde y dos a la noche”.

Acerca del Estévez, y extendiéndolo a todos los manicomios, sostiene que “ese lugar no es para nadie, es muy feo”. Hace siete años le dieron el alta médica y recuperó algo que casi ni recordaba: la libertad.

“Una vez afuera te das cuenta de todo lo que perdiste. Estaba media estúpida de tantas pastillas”, explica Rosa y, a pesar de que hizo “un montón de amigas ahí adentro”, destaca: “No volví nunca más. No tengo el mejor recuerdo y prefiero no volver, ni siquiera de visita”.

Angie, al igual que Rosa, no habla de su vida pre encierro: prefiere centrarse en el presente y el futuro. Ella no pasó tanto tiempo dentro del Estévez como su amiga, fueron dos años y medio los que padeció y a los que califica como “un infierno, un campo de concentración, una situación de mucho sufrimiento”.

“Que te priven de la libertad es terrible”, agrega antes de pasar a detallar sus actividades de hoy en día. “Hice el curso de bibliotecaria y hoy estoy en la del Estévez. También soy secretaria en Libremente”.

Durante su infierno personal, Angie realizó talleres literarios, cursos de granja, yoga. Asegura que una de las claves para salir es “no quedarse en la cama, tomando mate y mirando televisión”. “Cuando hablo con las chicas que todavía quedan adentro les digo que hagan alguna actividad, que luchen ellas, con sus compañeras, con el Programa de Rehabilitación y Externación Asistida (PREA)”.

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