“Cuando escribo me siento una especie de andrógino”

A días de presentarse en la Universidad de Lanús, la escritora y periodista Mariana Enriquez habló con *AUNO* sobre su última novela, _Las cosas que perdimos en el fuego_; los procesos creativos, y el lugar del conurbano en su obra. “Me gusta el sentido adrenalínico y serio del terror”, destacó la autora.

Fernanda Cartolano

Lomas de Zamora, noviembre 16 (AUNO).- Mariana Enríquez es una escritora ecléctica, misteriosa y controversial, fascinada por el terror como género predilecto. En diálogo con AUNO, habló sobre su último libro de cuentos, Las cosas que perdimos en el fuego, sostuvo que “el terror no es género fantástico, necesariamente”, y enfatizó que “escribir es la absoluta libertad”.

Antes de presentarse este viernes a las 18 en la Universidad de Lanús, la escritora y periodista advirtió que “el terror suele transcurrir en nuestro mundo” y afirmó que, en su nuevo libro, “el juego con lo real también es propio del género”.

La autora de Bajar es lo peor y de la obra biográfica La hermana menor: Un retrato de Silvina Ocampo, entre otros, en su último libro de 12 cuentos de terror demuestra que la cotidianeidad de los barrios puede traducirse en la literatura de terror y transformarlo en algo horrible que siempre nos perturba.

Los cuentos de Las cosas que perdimos en el fuego tienen más elementos de nuestra cotidianeidad, que monstruos u otras herramientas de la ficción, ¿por qué este juego oscuro con lo real?
Creo que el juego con lo real también es propio del género. El terror no es género fantástico, necesariamente. En general trabaja con elementos realistas y con un estilo realista para introducir ahí el elemento sobrenatural o desestabilizador de la realidad, porque también puede ser la violencia extrema: los relatos de asesinos seriales, en películas o en literatura, son de terror y no tienen nada sobrenatural. Creo que ahí estás mezclando ficción con realismo: el realismo también es ficción. En terror, la ficción suele ser menos fantástica que en géneros como el fantástico más puro o la ciencia ficción, que inventa mundos. El terror suele transcurrir en nuestro mundo.

¿Qué es lo que te motiva a crear historias que produzcan horror o, mejor dicho, miedo?
La verdad es que no pienso mucho en términos de lo que los cuentos producen en el lector. O lo que producen en general. El terror es un género que me gusta mucho, que leo desde chica y que siempre me impresionó porque es capaz de hablar de cosas muy serias y a la vez ser terriblemente entretenido. Entonces me gusta en ese sentido: adrenalínico y serio. Por ejemplo: El resplandor de Stephen King es una novela sobre violencia familiar y la frustración de un hombre y, además, es una novela sobre fantasmas en un hotel. Esa doble entrada, digamos, me fascina.

Hay muchos elementos de debate político: la pobreza, el rol de la policía, el feminismo. Hasta se hace una descripción de cómo era la juventud a finales del alfonsinismo ¿Qué llevó a que estos temas formen parte del horror traducido en tus cuentos?
Me interesa la política y me interesa la historia; vivo en un país con grandes desigualdades y una historia política intensísima y muy particular. Pero no me interesa abordar estas cuestiones desde el realismo o la crónica, sino desde el género. Me parece que el género permite hablar de estas cuestiones con menos prejuicio, con más libertad y atrevimiento, encontrar más que decir sobre estos temas, o decirlos de manera diferente. Hablar de estos temas desde el género me parece que permite volver sobre ellos con menos solemnidad y de una manera menos predecible. Pero en realidad no pienso en esto cuando los escribo, sencillamente me gusta.

¿Las desapariciones o apariciones son parte del relato por una mera tradición esotérica del terror o por algo más?
Siempre es por algo más en mi caso. Es indudable que la palabra desaparición en la Argentina evoca la violencia institucional en su encarnación más siniestra y yo la uso para hablar instancias macabras que funcionan en el género, pero dialogan con la política.

Todas tus historias en este libro tienen la dimensión geográfica de la Capital Federal y el conurbano; incluso, tu crianza fue en un barrio de Lanús, ¿son terroríficos estos lugares para vos? ¿Por qué?
No, pero son los lugares que conozco, y me resulta más fácil hechizar los lugares por donde alguna vez he circulado y que, además, tienen cierta carga metafórica de la periferia. El sur de la capital, por ejemplo, que alguna vez fue rico y después fue abandonado durante la epidemia de fiebre amarilla, tiene un pasado muy fácil incluir en literatura. El conurbano me parece un territorio fascinante y que en general se explora solamente desde lo descriptivo y el costumbrismo, también le quería dar otro color.

Niñas, adolescentes, casadas, terroristas –por decirlo de alguna manera-, hasta una anoréxica… Muchas mujeres forman parte de Las cosas que perdimos en el fuego, pero ¿cuál de todas es la que más te representa?
Todas y ninguna. Yo no me siento una mujer cuando escribo, me siento una especie de andrógino. Esta vez quise escribir sobre mujeres; en otro momento puedo cambiar. Para mí escribir es la absoluta libertad. Si alguna me “representa” quizá sean las adolescentes, son las que más se parecen a la adolescente que fui. Pero, al final, todo es ficción.

AUNO 16-11.2016
FC-AFG

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