Brie: “El artista es responsable de mostrar la sociedad en la que vive”

El multifacético artista teatral se entrevistó con AUNO antes de comenzar su festival y anticipó que volverá a la Argentina “para empezar todo de nuevo”. Brie, de 60 años, vivió más de la mitad de su vida en Bolivia y Europa, donde cosechó reconocimiento y dirigió importantes elencos. “El día en que no te preguntás por la belleza y la verdad, estás acabado como artista”, sostuvo.

Juan Relmucao

Lomas de Zamora, agosto 05 (AUNO) –Los jueves, sábados y domingos de agosto –hasta el 24 inclusive– el director, actor y dramaturgo César Brie presentará cuatro unipersonales en el teatro Ensamble de Banfield. La segunda edición de su festival será una oportunidad para conocer las distintas facetas de un artista argentino de prestigio y trayectoria internacional, aunque inexplorado por el público masivo de su tierra. Con “El mar en el bolsillo”, “Árbol sin sombra”, “Sólo los giles mueren de amor” y “120 kilos de jazz”, al espectador se le ofrece visitar la zona favorita de Brie, “el lugar donde se encuentran emoción y pensamiento”. La escritura catártica del artista y su posterior escenificación es la antesala sensible a un mundo emocional donde “el artista debe dar cuenta de la época que vive” y en el que la única regla es atravesar la realidad con un devenir lírico, “tirarle piedras a todos los espejos”.

Antes del debut, el fundador del Teatro de los Andes charló con AUNO en el bar de la sala de Larrea al 300. ¿Qué hay detrás de un hombre que explota por igual el monólogo cómico y la tragedia de compromiso social? ¿Cómo toca al quehacer artístico el vivir en realidades tan diferentes como la boliviana y la italiana?

-En esta edición del festival interpretará “Árbol sin sombra”, un texto sobre la represión y desaparición de campesinos en el departamento boliviano de Pando. ¿Qué lo llevó a trabajar sobre ese caso?

-Primero había presenciado una golpiza a unos campesinos en Sucre y había denunciado la represión en un documental. Eso me volvió el enemigo público número 1 de Sucre porque quien había organizado esa represión era la clase dirigente del departamento. Dos meses después, en septiembre de 2008, ocurrió la masacre de Pando: once campesinos fueron asesinados y varias decenas más, desaparecidos. El gobierno boliviano, que conocía mi trabajo en Sucre, me pidió que investigara. Decidí entonces hacer otro documental, Tahuamanu: Morir en Pando, y terminé por descubrí muchas cosas que ponían incómodo al mismo gobierno. Ese film nadie lo quiso mostrar: acusaba a la derecha fascista pero también mostraba cómo el gobierno se benefició de la masacre y cómo se desinteresó de los campesinos. Se mostró solo en cines nunca en televisión y lo colgué en You Tube.

–¿Desde su lugar de artista piensa que puede contribuir a un cambio de conciencia social?

–No, el teatro no cambia la conciencia. El teatro es belleza, es verdad, el teatro puede inquietar. La conciencia se cambia en un proceso interior de cada persona, a veces unido a una faceta social. El teatro no tiene esa función, el teatro es un lugar donde se comunica. Yo quiero conmover, inquietar, interesar, divertir. Conmoción es la palabra justa, el lugar donde emoción y pensamiento se encuentran.

–¿Entonces cuál debe ser el rol del artista en la sociedad?

–El artista es responsable de mostrar la sociedad en la que vive. No significa que necesariamente tenga que hacer política. Pero tiene que dar cuenta de ciertas cosas que pasan. De todos modos, hace mucho tiempo que no pienso en lo que se debe o no se debe. Puedo decir lo que yo hago, me parece muy bien que otra gente haga otras cosas. Yo hago ciertas cosas porque no puedo no hacerlas. No sería yo.

–¿Qué lo mueve a escribir?

–Me da mucho fastidio la injusticia, la miseria, el abuso de poder. Me tocan mucho los dolores familiares, lo íntimo de la persona, los procesos sociales y personales. Trabajo sobre eso. Escribo. Pero no como una tesis. Reacciono a lo que siento y veo con la escritura. Luego voy creando obras. Mis obras no nacen sólo de lo que veo sino también de preguntas estéticas. Son muy diferentes.

-¿Cuánto dedica a reflexionar sobre la estética, la belleza, la verdad en el teatro?

-Todo el tiempo, el día que no te preguntás más eso, estás acabado como artista. No te podés sentar en la silla del “lo sé hacer”. Cada vez que trabajás tenés que ponerte en discusión.

–Ya sean colegas o no, ¿qué figuras lo inspiran?

-Los artistas que más me han influenciado en mi trabajo han sido (el dramaturgo y director surrealista polaco) Tadeusz Kantor, (el director, actor y maestro ruso famoso por el método de enseñanza teatral que lleva su nombre) Konstantin Stanivlaski, (el director y teórico polaco reconocido por su trabajo sobre el teatro elemental o “pobre”) Jerzy Grotowski, (el director de cine y teatro inglés) Peter Brook y (la coreógrafa alemana impulsora del teatro-danza) Pina Bausch. En otras disciplinas, Vicente Huidobro, Antonin Artaud, Fiodor Dostoievski… Después, como personajes políticos o sociales, Simone Veil, Marcelo Quiroga Santa Cruz…

–Dice que el artista debe dar cuenta de la época en la que vive. Más allá de su residencia en Italia durante los últimos años, ¿qué piensa del proceso político que ha vivido Latinoamérica durante la última década?

–Creo que las dictaduras latinoamericanas tuvieron la función de eliminar a una potencial clase dirigente. Una clase que no iba a hacer una revolución, sino una redistribución del rédito en un contexto capitalista. Eso es lo que hoy muchos gobiernos latinoamericanos están haciendo. Antes tuvimos que pasar por el experimento neoliberal –el menemismo en Argentina, Paz Zamora en Bolivia – que fue espeluznante. Entonces creo que es un bien que existan estos gobiernos. Con sus matices, obviamente. De hecho los están atacando porque no defienden los intereses del imperio.

La herida en el tejido social asestada por las dictaduras militares y las expresiones locales del capitalismo salvaje son fenómenos que, en boca de Brie, no suenan tan tremendos; el actor dejó hace tiempo el acento argentino y va por el mundo con el registro característico de los pueblos andinos: eses sibilantes y parsimonia vocal, largos silencios reflexivos y economía de palabras. Casi un opuesto a su avatar escénico y a su physique du rol de, quizás, un ciudadano de la Polis.

–¿Extraña la Argentina?

–Tenía 19 años cuando me fui… Cuando estás afuera y vienes de visita, eres un huésped. Cuando quieres regresar e instalarte, te conviertes rápidamente en la competencia. Entonces eso es lo difícil, como volver y hacer dignamente tu trabajo. Las circunstancias de mi vida hicieron que construyera tal vez la obra más grande de mi vida, que fue el Teatro de los Andes, en Bolivia. Un país hermano, cercano, pero con contradicciones mucho más dramáticas que las argentinas. Y ahora quiero volver a Argentina, entonces tengo que encontrar que eso no sea una catástrofe. Porque no tengo contactos, en Google me puedes encontrar pero aquí nadie me conoce, y a mi edad tengo que empezar todo de nuevo. Entonces lo tengo que hacer, pero bien, dignamente. La razón por la que estoy en Italia es porque ahí están mis hijas, que todavía están en la escuela.

–Se acostumbra considerar a Buenos Aires como la meca cultural en el país ¿por qué cuando vuelve viene a Banfield?

–Porque en Ensamble son personas maravillosas y nos han acogido sin ninguna duda y nos han abierto su casa y sus corazones. Es maravilloso trabajar con verdaderos artistas. Creo que los centros existen en la medida en que vos te ponés en un lugar. Si yo parto de aquí mi centro es aquí. Por el momento digo que la periferia es Buenos Aires. Y que voy a llegar a esa periferia así no se pierden lo que hago (risas). No tengo ninguna necesidad de trabajar en Buenos Aires, trabajo donde me quieran ver y recibir.

–¿Cómo resumiría su experiencia al frente del Teatro de los Andes?

-Traté de hacer un lugar de creación, de arte, un lugar para acoger artistas. Un oasis. En un país donde no había gente que viviera del trabajo teatral, creé un grupo que vivió 20 años de su trabajo artístico. Eso significó crear un público, un mecanismo, las bases de un mercado cultural, porque al final el arte se difunde a través de la venta de un boleto o entrada. Hemos trabajado con campesinos, con muchas realidades. En situaciones extremas también. Tuvimos como base una búsqueda artística, teatral. He tratado de cuadrar el círculo y no lo he logrado (risas), pero he llegado cerca; cómo ser vanguardia y popular al mismo tiempo, cómo crear público y elevar el nivel, cómo ser social e íntimo; evitar usar el teatro como lugar de panfleto y sí como un lugar de exploración escénica. Hemos tratado de hacer todo eso.

–¿En su caso, el arte es un medio y no un fin?

–Creo que hay que aprender a ser humildes, a no creerse que uno es un genio, a trabajar duro cotidianamente y estar abierto a la gente joven que nace, crece, descubre; que cometen los viejos errores porque es la primera vez que los enfrentan, que hacen cosas nuevas a pesar de que esas cosas ya fueron hechas o cosas que parecen viejas pero son nuevas. Hay que aprender a apreciar eso. Y tirarle piedras a todos los espejos.

AUNO- 5-8-14
JR-SAM

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