Un médico de Valparaíso

Quienes crean que un espíritu revolucionario no puede conjugarse con una profunda vocación democrática deberían repasar la trayectoria de Salvador Allende; un socialista cabal, que entregó su vida en pos de un cambio y en defensa de la legalidad institucional que le permitió alcanzar la primera magistratura de Chile en 1970. A 35 años de su muerte, el “Chicho” continúa siendo un ejemplo para todos aquellos latinoamericanos que sueñan con transformar las realidades que atraviesan los pueblos de este postergado continente.

Nacido en el seno de una familia acomodada de Valparaíso, en 1908, Allende se inclinó desde muy joven por la causa de los trabajadores. Militó en agrupaciones universitarias de izquierda y ya recibido de médico, siguió vinculado a la política. En 1933, fue uno de los fundadores del Partido Socialista de Chile (Psch), y al poco tiempo se convirtió en su principal referente.

En 1937 resultó electo diputado por Valparaíso y dos años después integró el gabinete del presidente Pedro Aguirre Cerdá, como ministro de Salud hasta 1942. Desde entonces, comprendió que la única forma de asegurar la llegada al poder de una fuerza de izquierda pasaba por establecer una amplia unidad entre todos los sectores de la clase trabajadora, e incluso contemplar la inclusión de partidos progresistas de la pequea burguesía, como una forma de articular una política de unidad que sentara las bases para un cambio social.

Ese criterio guió a Allende en 1952, cuando se presentó como candidato presidencial en alianza con el Partido Comunista de Chile. Pero este frente fue repudiado por sus propios correligionarios, que lo expulsaron del PSCH por acordar con una agrupación que había sido ilegalizada. De todos modos, “Chicho” no declinó su postulación, y aunque quedó en cuarto lugar, volvió a intentarlo en 1958. Esta vez logró un segundo lugar al encabezar un frente de izquierdas mucho más amplió que el formado seis años antes.

Su política de alianzas lo impulsó a establecer el FRAP (Frente Revolucionario de Acción Popular) y en 1964 se presentó nuevamente como candidato con un programa que proponía la reforma agraria y nacionalización del cobre, principal divisa del comercio exterior de chileno. Pero en unas elecciones muy polarizadas, Eduardo Frei se impuso en representación del partido Demócrata Cristiano.

Sin embargo, el período de Frei estuvo signado por el aumento de la conflictividad social, que potenció un clima propicio para el surgimiento de una nueva fuerza política. En 1970, Allende lideró la Unidad Popular, una amplia coalición donde confluían socialitas, comunistas, tronquistas, radicales y cristianos progresistas.

El 4 de septiembre de aquel año, tras imponerse, por un 36 por ciento de los votos, y superar al derechista Jorge Alessandri, con un 30, y a Radomiro Tomic, de la Democracia Cristiana, con 27, Allende se convirtió en el primer político marxista en acceder al poder a través de la vía electoral. El Congreso lo ratificó en octubre y en noviembre, la Unidad Popular inició una gestión que duraría mil días.

Desde el comienzo, la administración del líder socialista estuvo signada por presiones internas y maniobras desestabilizadoras fogoneadas por la inteligencia de EE.UU. Fue la propia CIA la que planeó e instigó el asesinato del general René Schneider, Jefe del Ejército de Chile, un militar legalista y firme partidario de la continuidad institucional, algo que muchos de sus colegas, apoyados por Washington, nunca le perdonaron.

Pese a los embates de la derecha, que actuaba desde distintos frentes, el Gobierno de la Unidad Popular logró la nacionalización del cobre; el fin del latifundismo y la implementación de amplios planes de alfabetismo y atención sanitaria universal. Y aunque los medios masivos de comunicación se opusieron fervientemente a este al proyecto de la Unidad Popular, el electorado lo ratificó en las urnas en los comicios de 1971 y 1973. La oligarquía chilena junto con la administración estadounidense del presidente Richard Nixon entendieron entonces que no quedaba otro camino que el de propiciar un golpe de Estado.

El primer intento tuvo lugar en junio de 1973 y se lo conoció como el “Tancazo”, ya que los sublevados integraban una unidad de blindados que intentó tomar sin éxito el palacio de la Moneda. Se trató de un ensayo. La operación principal se lanzó 90 días más tarde…

En el amanecer del 11 de septiembre, la Marina chilena se sublevó en Valparaíso y tomó esa cuidad portuaria, sede del Parlamento nacional. Horas después, la Fuerza Aérea y el Ejército bombardearon el palacio presidencial, mientras Allende, junto con sus colaboradores, se aprestaba a resistir. El “Chicho” habló al país por radio y comunicó que no renunciaría. “Sé que ésta es la última ocasión que me dirigiré a ustedes, pero sepan que no dejaré mi cargo”, anunció mientras las bombas demolían el edificio.

Al mediodía, la lucha cesó. Los militares ingresaron a la Moneda y vieron el cuerpo de Allende tirado en el piso de su despacho y aferrado a un fusil que todavía estaba caliente. Para muchos fue asesinado, lo cierto es que la versión oficial —ratificada años después por familiares del mandatario socialista— estableció que se suicidó de un tiro en la sien.

El general Augusto Pinochet se hacía con el poder y ponía fin a la experiencia de la “vía pacífica hacia el socialismo”. Chile ingresaría en una profunda glaciación autoria que se prolongaría por 17 años, con muertos, desaparecidos, torturados y campos de concentración como aquel que funcionó en el Estadio Nacional de Santiago, durante los días posteriores al golpe.

Pero la figura de ese médico de Valparaíso perdurará por siempre en la memoria de quienes están convencidos de que vale la pena luchar por construir una sociedad más justa. Tal vez sea ése, el mejor legado que Allende dejó para Chile y el mundo.

AUNO-11-09-08
LDC
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