La revolución contra el ‘derecho divino’ que se propagó por América

El próximo año se cumplirá el centenario del Manifiesto de la Reforma Universitaria. El movimiento estudiantil logró cambios significativos en las estructuras de las unidades académicas y quitó la centralidad a la religión. Las ideas de esta revolución fueron replicadas en otros países de América Latina.

Horacio Raúl Campos

Lomas de Zamora, setiembre 28 (AUNO)- “Hombres de una república libre, acabamos de romper la última cadena que en pleno siglo XX nos ataba a la antigua dominación monárquica y monástica”, dice el Manifiesto revolucionario de la Reforma Universitaria iniciada en Córdoba.

El texto fue dado a conocer el primer día de invierno de 1918. Gobernaba el país el radical Hipólito Yrigoyen, quien tenía como ministro a José Santos Salinas, un riojano que se había mostrado al menos dubitativo en los primeros momentos frente al movimiento revolucionario con epicentro en Córdoba.

Se debió llamar “revolución universitaria”, porque los miembros de ese movimiento colectivo eran conscientes de que precisamente eso estaban llevando a cabo. Y así lo dicen en el Manifiesto.

“Hemos resuelto llamar a todas las cosas por el nombre que tienen. Córdoba se redime. Desde hoy contamos para el país una vergüenza menos y una libertad más. (…) Creemos no equivocarnos, las resonancias del corazón nos lo advierten: estamos pisando sobre una revolución, estamos viviendo una hora americana“ (destacado nuestro), aseguran en el texto.

Lo importante, en definitiva, fueron las condiciones políticas concretas que se aplicaron. Ese movimiento después fue replicado en otras repúblicas de América Latina.

La claridad política de la rebeldía, por tanto, no se limitaba al estrecho espacio de una facultad o varias y menos a la geografía provincial o de la Argentina: era, y siguiendo siendo, la hora americana.

Tienen como referencia negativa la revuelta nacida en Córdoba contra la Revolución de Mayo, encabezada por Santiago de Liniers, y que fue descabezada por Juan José Castelli, después de que otro riojano dudase de sofocarla: el general Francisco Ortiz de Ocampo.

“La rebeldía estalla ahora en Córdoba y es violenta, porque aquí los tiranos se habían ensoberbecido, y porque era necesario borrar para siempre el recuerdo de los contra revolucionarios de Mayo”, destaca el Manifiesto.

La trascendencia de ese hecho político no se limitó a reivindicaciones internas del funcionamiento de una unidad académica, sino que estuvo dada por el hecho de que se sacaba de la centralidad a los representantes de Dios, que controlaban la universidad a través del derecho divino.

“No podemos dejar librada nuestra suerte a la tiranía de una secta religiosa (…)”, aseguran en el Manifiesto.

Santa revolución

El texto del Manifiesto contiene también alusiones textuales irónicas, porque usa serie de palabras propias de lo religioso: “Hicimos entonces una santa revolución y el régimen cayó a nuestros golpes”, se señala.

Por ejemplo, también cuando hace un diagnóstico del sistema docente: “Nuestro régimen universitario, aún el más reciente, es anacrónico. Está fundado sobre una especie del derecho divino: el derecho divino del profesorado universitario.

Factores políticos, propagandísticos, el accionar del mismo sistema universitario nacional, las dictaduras cívicos militares, los proyectos neoliberales (que no empezaron en los noventa) hicieron de la gran Reforma Universitaria un hecho lavado casi sin trascendencia.

El texto fue redactado por Deodoro Roca, líder de aquel movimiento y hoy totalmente olvidado. Lo firmaron también Enrique F. Barros, Horacio Valdés, Ismael C. Bordabehere, Gurmensindo Sayago, Alfredo Castellanos, Luis M. Méndez, Jorge L. Bazante, Ceferino Garzón Maceda, Julio Molina, Carlos Suárez Pinto, Emilio R. Biagosch, Angel J. Nigro, Natalio J. Saibene, Antonio Medina Allende y Ernesto Garzón.

Bibliografía

Deodoro Roca, Reformismo y antimperialismo, Buenos Aires, Grupo Editor Universitario, 2006. (Hugo E. Biagini, comp.).

AUNO-28-09-17
HRC-SAM

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