El Centenario y el Bicentenario

Un relato de la celebración en el Paseo del Bicentenario, el fin de semana último, y la comparación con lo que ocurría en Buenos Aires hace un siglo, cuando se festejaba el Centenario de la Patria.

El Centenario de la Revolución de Mayo estuvo rodeado de represión desde el Estado, estado de sitio, movilizaciones y huelgas obreras por mejores condiciones de trabajo, bomba en el Teatro Colón y conflictos políticos; ciudadanos con tuberculosis, explotación en minas, estancias, obrajes, puertos, y fábricas; y asesinato del jefe de la Policía Federal unos meses antes.

Se registraba también en el ‘granero del mundo’ hacinamiento de inmigrantes, incendios de locales partidarios por parte de grupos de derecha, conservadores o liberales; leyes de deportación contra trabajadores que protestaban, chicanas entre los políticos y leyes de ‘defensa social’ y de residencia.

Esa última norma contemplaba echar del país sólo al hombre y no a la mujer y el hijo o los hijos. Una verdadera vergüenza celebrada por los principales diarios de entonces. La oligarquía gobernante de aquel momento había convertido a Buenos Aires, para mayo de 1910, en una enorme base militar lista para reprimir.

Hay que admitir que el Centenario fue festejado en un clima un poquito ‘crispado’. Ese era el clima de ‘paz’ que se vivía en la Argentina ‘granero del mundo’. En el Centenario estuvo ausente el pueblo en los actos civiles y religiosos, los desfiles militares, en los banquetes opíparos y en las funciones de gala. En el desfile realizado en la avenida de Mayo apenas participaron unas cinco mil personas.

En aquel momento, también, una constelación de escritores y artistas se dedicaron a resaltar los valores nacionalistas del país para hacer frente a la inmigración que veían como babélica, que les desordenaba la nacionalidad que ellos decían defender. La exaltación de símbolos patrios, el gaucho, algunos caudillos federales, la flora y la fauna nativa servían como herramientas tendientes a la ‘nacionalización’ de los inmigrantes.

Cien años después

Una caliente siesta de diciembre, a un año de la asunción de Alfonsín, nacía yo. Me perdí las grandes concentraciones políticas de cierre de las campañas electorales para las elecciones de octubre de 1983. No sé en cuál hubo más gente, si en la radical o en la peronista, dato que no importa. Me dicen que la de anoche [sábado] fue una de las concentraciones populares más grandes de las últimas décadas, todos llamados por la celebraciones, las músicas y los artistas.

Sí participé ayer por la tarde y por la noche en una concentración [en el Paseo del Bicentenario, en la Avenida 9 de Julio] que habrá orillado o sobrepasado el millón de personas y tal vez habrá que contabilizar a varios millones de personas si se contáramos las diferentes jornadas realizadas en la Capital Federal y en ciudades del interior en estos días.

Pude registrar y mirar rostros de Villa Lugano, Parque Patricios, Palermo y San Cristóbal; de Calzada, Quilmes, San Justo y Adrogué; de Chubut, Córdoba, Tucumán, Santa Fe, Entre Ríos, Salta y Mendoza; de Paraguay, Bolivia, Brasil, Uruguay y Chile. Del país y de Amética latina.

Y entreverados con ellos a turistas europeos, estadounidenses y asiáticos, asombrados, ávidos por inmortalizar el momento con sus cámaras, mientras que otros hacían visera con la mano izquierda desde las cercanías del Obelisco para intentar dar con los últimos que estarían por la Avenida Belgrano o más allá, hacia el Sur.

“Aquí está el pueblo”, decía una pequeña pancarta sostenida por una chica, que creo que era menor que yo, y que tenía tonada cuyana, mientras saludaba a una delegación neuquina que se alistaba para empezar a desfilar, y más allá otros entraban al stand de Misiones, en cuyas puertas hacían cola para curiosear y para sacarse fotos al lado de un lagarto que estaba tan bien hecho que parecía vivo.

Luego me mezclé con quienes fueron a ver la proyección ‘Botín de guerra’ en el espacio destinado a las Abuelas de Plaza de Mayo, y un chico que apenas tendría poco más de veinte años me dio una edición del Bicentenario de Abuelas, la guardé y cuando en el Roca iba llegando a Avellaneda la saqué de mi mochila y apenas la abrí, en la página 3, comienzo a leer una nota titulada ‘De Roca a Videla, tiempos de apropiación’.

También me arrimé a husmear los puestos de venta de comidas, bebidas y allí una muchedumbre de todos los colores e idiomas pugnaba por botellas de vino de Mendoza, caseros, al módico precio, para el turista holandés que estaba a mi lado, claro, de veinte pesos, un regalo era para él, mientras que los dulces patagónicos también habían sido fijados a ese mismo precio, de tal forma que en media hora del viernes por la noche se había agotado todo y quienes atendían prometían que al día siguiente se repondría mercadería.

Desde el viernes las emociones se sucedieron. La noche del rock, Lito Nebbia, Gieco y Santaolalla, y tanto otros; y después la dedicada a la música latinoamericana, con Víctor Heredia, Los Jaivas y Jaime Roos, casi imposible de encontrar a todos esos grandes juntos. Cuando se empezó por los orígenes del rock me devolvieron a la infancia, recordé los temas que escuchaban en mi casa, a mis viejos que seguramente estarían por allí, porque habían prometido arrimarse a la 9 de Julio.

En fin. Las declaraciones entre los gobiernos nacional y porteño; el envío de notas y cartas entre funcionarios de ambas administraciones, los dichos por radios y por los diarios, son casi jueguitos de jardín de infantes si se compara con los incendios que se registraban hace cien años. Este Bicentenario sí que fue una fiesta.

*Fernanda Lerma es estudiante avanzada de la carrera de Letras
en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora.

AUNO 23-05-10
FL-HRC-EV

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