Educación Sexual Integral: en el aula y en el barrio

Se aprobó hace 11 años y comenzó a implementarse hace 9. Sin embargo, la aplicación de la Ley de Educación Sexual Integral sigue dependiendo de la voluntad de los docentes. Con un Estado que no guía ni apoya, sólo las iniciativas individuales o de agrupaciones sociales logran satisfacer la necesidad de aprender de los chicos. En dos realidades completamente distintas, el objetivo es el mismo: garantizar el derecho de los pibes.

Martina Jaureguy

Lomas de Zamora, julio 20 (AUNO) – Las polleras escocesas y las chombas blancas contrastan con los jogging gastados y las zapatillas embarradas. Las baldosas blancas y cortinitas azules del colegio privado de José Mármol, con las calles de tierra de la villa 21-24, en Barracas. Las manos levantadas de los quinceañeros ansiosos por decir lo que aprendieron la semana pasada, con el asombro de los pibes, más chiquitos y un poco tímidos, que entre risas y juegos empiezan a cuestionarse los roles de género.

Dos realidades que parecen ir a contramano, pero que se cruzan todo el tiempo. A once años de la sanción de la Ley de Educación Sexual Integral (ESI), enseñar este tema aún depende de la voluntad de los docentes. En el conurbano bonaerense, una profesora de Salud y Adolescencia en su clase; en la ciudad de Buenos Aires, un grupo de educadoras y militantes populares que preparan un taller de ESI en una villa. Y, en el medio, los chicos, con una necesidad de aprender que sólo satisfacen los que le ponen ganas: el Estado, por su lado, sigue ausente.

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No tenían que estudiar para hoy. Sin embargo, se desesperan por contestar las preguntas de la profesora: levantan las manos bien alto, se tapan uno al otro las voces en un griterío que la docente tiene que frenar con varios “¡De a uno, de a uno!”. Es un simple repaso de la clase anterior, pero los alumnos de cuarto año de Ciencia Naturales del Colegio Modelo Mármol responden como si hubieran preparado una lección.

—A ver, ¿a qué conclusión llegamos sobre las pastillas del día después?
—¡Que no son seguras!
—¡Que son para emergencias!
—¡Que no se pueden usar como anticonceptivos!
—¡¡De a uno, de a uno!!

La profesora de los chicos, Patricia Aparicio, no da abasto. Quiere escucharlos a todos en el medio del bullicio. “Antes trabajaba en un colegio religioso y, cuando hablábamos de estas cosas, les tenía que pedir a los chicos que bajen la voz para que no nos escuchen desde afuera, porque no se podía tocar el tema. Acá lo hablan a los gritos”, cuenta.

A Patricia le encanta hablar con los chicos sobre estos temas. “Siempre elijo cuarto año porque lo que más me gusta es enseñar ESI. Está buenísimo que hablen de estas cosas porque en las casas no lo hablan o no van a preguntarle a los padres lo que preguntan acá”. Y es muy abierta: todo lo que los chicos preguntan, ella lo contesta, sin reparos. Pero esto no pasa así siempre. El colegio religioso donde ella cuenta que trabajaba hace unos años parece una analogía perfecta de una situación que con el pasar del tiempo, persiste: los chicos que preguntan, la profesora que los entiende y se esfuerza en explicarles y ayudarlos, pero a los susurros. Y un Estado que se queda en silencio, y que hace callar.

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En el comedor Che Guevara las cosas están un poco revolucionadas: la gente de Barrios de Pie y Libres del Sur organizó una jornada solidaria en la villa 21-24 para pedir por la Ley de Emergencia Alimentaria. Entre mediciones de talla y peso para calcular la malnutrición en los chicos, recorridas de campaña y discursos acalorados, las chicas de Acción Género hacen un lugarcito para hacer talleres con los más chiquitos: primero, uno sobre frutas y verduras; y después, otro sobre ESI.

—Bueno, ahora quiero que me cuenten quiénes son sus personajes favoritos, de las princesas o los superhéroes—, les pide a los chicos Daniela Gasparini, una de las organizadoras.

—¡Cars!
—¡Frozen!
—¡La Cenicienta!

La mayoría de los pibes no pasa de los 7 años. Son poquitos: llenan unas seis o siete sillas en un cuartito arriba del salón principal del comedor, pero su entusiasmo compensa. “Ahora les vamos a dar unos dibujitos de algunos personajes que se animaron a hacer cosas valientes”. A algunos les tocan personajes típicos de su género: Wolverine, Ironman; Mulán, Mérida. A otros, lo opuesto. “¿Conocen a Ironman? ¿Podría haber sido una mujer?”, les pregunta Sabrina, otra compañera de la agrupación, mientras les muestra los dibujos. Los chicos la miran y no dicen nada.

A Michael le dan el dibujo de Mérida, la princesa rebelde de Valiente. Mira a su hermano, Liam: a él que le tocaron Ironman y el Hombre Araña. Vuelve a mirar el dibujo que le tocó y baja la cabeza, la mirada fija en el piso. Se queda así, callado. Cuando Daniela le pregunta si quiere a Ironman le dice que no con la cabeza.

—Lo importante de los dibujos es que por más que seamos hombres o mujeres, todos podemos hacer las mismas cosas. ¿Ustedes qué piensan?— Las nenas y nenes miran a Sabrina sin saber bien qué decir: ¿de qué está hablando? Las chicas no llegan a profundizar mucho sobre el tema: las llaman desde el piso de abajo para el cierre de la jornada porque, después, los chicos tienen que cenar.

Con Michael no hay caso: aunque lo tientan con Wolverine y los Transformers, no cede. Agarra el último de mala gana, pero no se convence del todo. Al final, el dibujito termina tirado en el piso. ¿Cómo es que el simple dibujo de una princesa tiene el poder de arruinarle un momento de diversión a un nene? “Es increíble cómo los roles de género están tan arraigados en los chicos”, se lamenta Daniela. “Justamente esto es lo que queríamos cuestionar con ellos. Me da culpa no haber podido hacer nada para que el nene no se sienta mal”.

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Joaquín Ferreyra Monges, maestro especial de primaria que también participó de la jornada solidaria como militante de Libres del Sur, resume el concepto de ESI, muchas veces malinterpretado, a partir de su mismo título: “‘Educación’ porque las personas no se forman solas sino colectivamente, y por eso tiene que haber un vínculo educativo; y ‘sexual integral’ se tienen que tomar como dos conceptos juntos, porque la sexualidad no es sólo una cuestión de genitalidad, pero tampoco de vínculos. La sexualidad va mucho más allá. Tiene que ver con la concepción de sí, cómo uno involucra esa concepción con el entorno: y ahí nos encontramos con otras cuestiones como la identidad, la posibilidad de decidir no solamente sobre el propio cuerpo sino sobre el entorno… entonces, la ESI va mucho más allá de cuestiones como enseñar a poner un preservativo. Por esto muchos docentes enseñan temas de ESI sin darse cuenta que lo están haciendo”.

“En la escuela no se llega a abordar del todo”, explica Natasha Wenk, maestra y organizadora del taller, “por distintos motivos: faltan capacitaciones, en la formación todavía es muy nuevo, hay muchos docentes que están recibidos hace tiempo y no fue parte de su formación. Los materiales por ahí están pero quedan en la biblioteca de la escuela y si cada docente no tiene la iniciativa de ir a buscarlos y leerlos quedan ahí guardados, entonces hace falta generar más instancias de formación. Dado que todavía cuesta que en las escuelas se trabaje, muchas ni siquiera lo llevan adelante en nada. Eso varía también en la iniciativa propia de cada escuela, más allá de que esté la ley”.

Lo que cuenta Natasha no pasa sólo en su escuela: es una problemática que atraviesa todo el país. A pesar de una ley que plantea un abordaje integral de la sexualidad, una encuesta realizada por la agrupación Mujeres de la Matria Latinoamericana (MuMaLá) dio como resultado que en la mayoría de las escuelas de la ciudad de Buenos Aires los contenidos son puramente biologicistas: remitidos a la genitalidad, a la reproducción, al sexo biológico. Para nada integral. Casi sin contenido de igualdad de género, respeto a la diversidad sexual o prevención de abuso sexual, entre otras cosas. Por eso, para Natasha, “generar otras instancias por fuera de la escuela justamente permiten acompañar o ampliar para que los chicos tengan otra instancia de formación desde lo lúdico, pero formación al fin”. En los últimos años las ganas de enseñarle ESI a los chicos aumentó y traspasó las barreras del aula: talleres para niños como el de Acción Género o de la Agrupación Interdisciplinaria de ESI; un grupo de profesores de matemática que se reúne para discutir maneras de abordar el tema desde su materia, e incluso el Frente Popular por la ESI, nacido a fines del año pasado, que nuclea agrupaciones y docentes de varios puntos del país quienes plantean problemáticas y soluciones en la enseñanza de la ESI.

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En lugares como la 21-24 estos proyectos se vuelven una necesidad, aunque no vengan desde un lugar de educación formal. “Es muy importante que la ESI se lleve a los barrios populares, porque en ellos se dificulta más el acceso a la información”, reflexiona Joaquín. “Las desigualdades sociales se replican y multiplican en todos los espacios de la sociedad, y la escuela lamentablemente es uno de ellos: es un mito que la escuela homogeiniza. La desigualdad de acceso a la información es una de las consecuencias de la pobreza, entonces es importante que podamos traer estos debates para que los sectores populares nos sigamos empoderando y seguir peleando por los derechos integralmente”. Entre los bolsones de comida, las mamás dándole la teta a sus bebés, las calles de barro que rodean al comedor y la lluvia que entra por las paredes sin terminar, las ganas de ayudar no faltan y el entusiasmo sobra. Afuera, el agua y el frío atraviesan como dagas; adentro, sin embargo, el comedor está lleno.

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A 15 kilómetros de distancia, en un aula calentita y con estufa a gas, Patricia también recurre a lo lúdico, aunque sus chicos ya estén un poco más grandecitos: “¡A ver! Vamos a hacer un taller sobre los ideales de pareja que ustedes tienen como adolescentes. Van trabajar en dos grupos y van a agarrar un afiche, los varones y las chicas, y si quieren trabajar mezclados lo pueden hacer, no hay ningún problema. ¿Me escuchan la consigna antes de empezar?”, trata de hacerse escuchar entre todo el barullo.

—Los dos grupos van a tener que dibujar a la pareja ideal.
—¡Wooooo! ¿Podemos dibujar a la China Suárez?
—¡Escuchen! Por un lado hacen el dibujo, y por el otro escriben como mínimo diez cualidades o características que tiene que tener esa persona.

Los chicos se ponen a trabajar. Se matan de risa haciendo al hombre y la mujer ideal, van y vienen para chusmear lo que hace el otro grupo, se mezclan, otros chicos no quieren participar porque piensan que lo que están haciendo sus compañeros es superficial.

Al final de la clase, exponen sendos afiches. Aunque son distintos, no dejan de ser casi iguales: cuerpos en ropa interior, delgados, esbeltos, uno con curvas y el otro con músculos marcados. El de los varones, sin embargo, muestra a una chica sin cara.

—Ahora quiero que levanten la mano y me digan quiénes de ustedes está o estuvo con estos ideales, o que se fijen si cada uno de ustedes cumple con esos requisitos…
—No, nadie, ¡es imposible!—, y se abre el debate.

La idea de la actividad, aunque desde lugares muy distintos, es la misma que la del taller de la villa de Barracas: cuestionar los estereotipos de género. “Está bueno que puedan llegar entre todos a la conclusión de que lo superficial, la imagen, lo que nos muestran los medios, los estereotipos y los modelos, tienen que ver con lo superficial, con aquello que se esfuma en algún momento. Ustedes solitos fueron y se arrimaron a estos modelos cuando les dije que pensaran en un ideal”, les dice Patricia cuando todos coinciden en que esas figuras son irreales y estereotipadas.

Entre la clase de Patricia y el taller de la 21-24 hay años luz de distancia: las condiciones, el contexto y los chicos son totalmente distintos. Sin embargo, aunque sean dos mundos aparte, hay una necesidad que los une y que nos muestra una misma realidad: los pibes se interesan, quieren aprender, lo necesitan. Y ahí donde debería actuar el Estado están sus maestras, sus profesoras, los militantes de la educación popular que se ponen la ESI al hombro en un momento en el que, después de tanto tiempo, el derecho de los chicos todavía no está garantizado. “A pesar de tantas trabas burocráticas, los y las docentes que realmente quieren trabajar con la ESI cierran la puerta del aula y pueden hacerlo. En el aula se genera un microclima, a veces se trabaja aislado, pero también pueden generarse resistencias. Como docente, pienso que la batalla principal tiene que darse como una disputa de sentido en la escuela pública”, asegura Joaquín, mientras esquiva charcos y montones de barro al salir del comedor por las calles de tierra de la 21-24. Tal vez podríamos tomar el ejercicio de Patricia y llevarlo más allá: ¿cómo sería la ESI ideal?

AUNO 20-07-2017
MJ-AFG

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