Dos mujeres, dos historias

Una, lucha contra la discriminación hacia los niños con VHI-sida. La otra hizo un gran aporte cultural y educativo, las dos enriquecieron la historia de Esteban Echeverría y son maestras de la vida.

Silvia Casas, un ama de casa que “tuvo la constancia y energía para cambiar dolor por fuerza” y abrió un hogar destinado a niños con VIH-Sida. E Isolina Siciliano, una reconocida docente y escritora que los echeverrianos recuerdan y señalan como “emblema” de la vocación por la enseñanza.

ROMPIENDO BARRERAS POR AMOR
Ella es fundadora y directora de Casa MANU, capacitadora de un programa sobre VIH de la Cruz Roja, brinda apoyo psicosolcial a familiares de niños con sida y es madre de cuatro hijos. Así es Silvia Casas, se distingue por la solidaridad y el amor que brinda a quienes más lo necesitan.

En 1990 eligió cambiar su vida y adoptó a Emanuel, un niño de no más de 30 días que había sido abandonado al nacer y tenía tres enfermedades de transmisión sexual: sifilis, hepatitis B y VIH-sida, del que no se sabía demasiado en aquel entonces pero al que ella decidió enfrentar.

Entonces Manu, como Silvia lo llamaba, tuvo una mamá, un papá y tres hermanos que lo acompañaron durante su niñez y lo ayudaron a superar la hepatitis B y la sífilis mediante un tratamiento.

Él concurría a la escuela, jugaba al aire libre y tenía un hogar donde recibía cariño, pero el virus avanzaba día a día y el 31 de julio de 1998, un mes después de cumplir los 8 años, Emanuel falleció.

No obstante, Silvia “tuvo la constancia y energía para cambiar el dolor y el sufrimiento de perder a Manu por la fuerza para hacer algo por el otro”, dijo Alejandra, una de sus hijas.

Así, en 2000 y luego del fallecimiento de su marido, Silvia hizo del dolor, la fuerza. Y comenzó a proyectar un hogar para los niños portadores de VIH-sida, y en 2002 nació la asociación civil Casa Mucho Amor Nos Une (MANU), donde actualmente 35 personas colaboran en el hogar que alberga a 12 niños con esa enfermedad.

Los chicos tienen vidas normales, durante el año concurren a la escuela n°6 de Monte Grande, en verano asisten a la colonia de vacaciones del Club Hípico de esa ciudad, una vez por semana tienen actividades prácticas donde realizan manualidades y de vez en cuando hacen excursiones al aire libre.

El hogar vincula a los nenes con las familias colaboradoras mediante el proyecto de padrinazgo, que logró durante el último año siete adopciones.

Silvia lleva adelante este proyecto que demanda el 100 por ciento de su tiempo y dedicación, pero así y todo viaja a las provincias y distintos países para capacitar e informar sobre el VIH, para erradicar la falta de conocimientos, el miedo y el rechazo a los niños infectados.

Hace siete años que esta mujer volvió a romper las barreras y hoy es madre adoptiva de un nene que es portador y tiene una vida llena de afecto y alegría.

Hoy Silvia se encuentra en Córdoba trabajando en un proyecto de apoyo psicosocial para la conformación de grupos de personas que viven con VIH-sida y como consejera de personas antes y después de realizarse el test, y desde allí mandó su mensaje: “Mujeres, hoy y todos los días tomemos la iniciativa. En un mundo en crisis de derechos la respuesta debería ser nuestra”. Eso piensa, y eso hace.

LA DOCENCIA Y LA LITERATURA
Isolina Siciliano fue una profesora de historia y escritora que supo ser partícipe de relevancia en la vida cultural y educativa del distrito de Esteban Echeverría. Nacida en Zapala, Neuquén, adoptó Monte Grande como ciudad de cabecera desde sus 9 años, cuando se mudó con su familia: mamá docente, papá director de escuela en Esquel, y un hermano. Era espontánea, veroborrágica y amena en las disertaciones que daba la Asociación Cultural Sanmartiniana, una institución que presidió en sus últimos años de vida.

La docencia la llevó a ser inspectora del nivel de educación primaria en Ezeiza y Cañuelas, además de dar clases a los futuros profesores de historia en el Instituto Superior de Formación Docente N°35, cuyo salón de actos lleva hoy su nombre.

Llamaba la atención la estrecha relación con los más jóvenes, a quienes incentivaba: “Si tomáramos las manos y multiplicaramos las fuerzas estaríamos mucho mejor”, dijo Isolina en ocasión de un festival de noveles artistas que apadrinaba.

“Encontré notas de alumnos que le agradecían el trato que tenía para con ellos. Ella les permitía tomar mate en la clase; llevar algo para comer o ir con sus hijos”, evocó Ana María Duboscq, su amiga y colega.

El camino de las letras condujo Siciliano, junto con otros escritores, a la Asociación de Artes y Letras de Esteban Echeverría, que años más tarde presidió. También fue una de las fundadoras de la Biblioteca Pedagógica del Centro de Investigaciones Educativas (CIE) distrital, y del museo municipal “La Campana”.

Escribió dos libros: “En rescate del olvido”, obras poéticas que rememoraban sus años de juventud, y “Los distritos de Echeverría y Ezeiza en la memoria”. Falleció el 9 de marzo de 2004, a los 61 años, mientras preparaba su tercera obra.

Ana María, que se conoció con Isolina hace unos 30 años durante un viaje que realizaron a las Islas Malvinas, y la casa que las reunió durante 15 años todavía guarda retratos de tiempos felices: fotos de sus viajes y de los actos escolares, “el sillón que Iso amaba”. Ana María encontró mil y una maneras de describir los años compartidos, pero puede descrir en pocas palabras a su amiga: “Ante todo, era, simplemente, una buena persona”.

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