Del cielo al infierno en apenas dos años

Rara forma encontró el Taladro para celebrar el segundo aniversario de la única vuelta olímpica de su historia. Ultimo en la tabla, con los promedios otra vez como tema de preocupación, el club del Sur del Gran Buenos Aires marcha futbolísticamente hacia la autodestrucción. Malas decisiones dirigenciales, entrenadores que no dieron resultados y jugadores que dejaron de sumar desembocan en una crisis institucional que ya no puede disimularse.

Martín Voogd

Lomas de Zamora, diciembre 13 (AUNO).- 13 de diciembre de 2009. La fecha quedará grabada a fuego en la memoria y en el corazón de los hinchas de Banfield. Ese día mágico, en la Bombonera, el club del Sur del Gran Buenos Aires se ungía como rey de la máxima categoría del fútbol argentino. Lo lograba de la mano de Julio César Falcioni, DT y prócer del Taladro. La derrota a manos de Boca, en la Bombonera, no dolía. Casi 114 años de espera llegaban a su final. Ese grito contenido podía finalmente ser escuchado a lo largo y a lo ancho del país. ¡Banfield campeón! Fue tocar el cielo con las manos. El sueño consumado. Con los goles de Santiago Silva, la inteligencia de Walter Erviti, la magia incipiente de James Rodríguez, la picardía de Papelito Fernández, la solidez de Víctor López y Sebastián Méndez, la seguridad del ahora inseguro Cristian Lucchetti. Abrazos interminables –y en muchos casos imaginarios- entre abuelos, padres, hijos, nietos y hasta bisnietos. Fiesta en La Boca. Caravana interminable, a bocinazo limpio, hasta el Florencio Sola. Brindar y brindar hasta la madrugada en Maipú y Alsina. Ya no importaba nada…

13 de diciembre de 2011. Todavía está fresquita la coronación de Boca, con Pelusa Falcioni sentado en el banco y con Erviti corriendo a todos por la Bombonera. Hasta Darío Cvitanich, hijo dilecto y héroe en aquel inolvidable 5-0 a domicilio al Lanús campeón, grita sus goles con la camiseta azul y oro. Con ¡32 puntos! menos –porque da escozor hablar de la magra cosecha de 11 unidades-, Banfield cierra el otro extremo de la tabla luego de un vergonzoso 1-4 con Colón en Santa Fe. Pero no sólo duele el hecho de ser colista. También preocupa que la Promoción, esa mala palabra que a nadie se le ocurría pronunciar, se vislumbre a apenas 13 puntos de distancia. Es decir, no sólo hay que sumar para no caer la próxima temporada a la B Nacional. También hay que ganar y ganar y ganar (y jugar, claro) porque el precipicio está mucho más cerca de lo que se suponía.

El Gallego Méndez, el aprendiz de buen entrenador que empezó sentado en el banco, ya se había ido hace rato por la puerta chica, por su plan de juego amarrete (cero goles, cero puntos), pero también porque algunos de sus ex compañeros se sublevaron, se disfrazaron de Caínes con botines y eligieron mirar para el lado contrario cuando la pelota pasaba por el otro. Luego del breve e insípido interinato de Raúl Wensel, llegó Ricardo La Volpe. Con sus bigotes azabachados y con su manual de teoría impecable y práctica impracticable. Y la historia parece terminar de la misma manera. El equipo esbozó una recuperación, es cierto, logró una mínima idea de juego, pero los resultados acompañaron poco y nada. La revolución táctica desembocó en incomprensión. Y el desorden terminó en insubordinación. “El plantel se me fue de las manos”, habría dicho el DT a sus íntimos tras la caída con Belgrano de Córdoba. Después empezó el principio de limpieza, con vacaciones anticipadas para varios experimentados, con juveniles jugando sus primeros minutos en puestos desconocidos… Y así llegó la derrota lacerante en la tarde santafesina, apenas maquillada por el gol de ese pichón de Batistuta que es Facundo Ferreyra.

El Bigotón, hombre de la casa y fanático de la albiverde, parece tener pie y medio afuera del club. El entusiasmo por su trabajo meticuloso duró menos que un suspiro. Y no sólo hay culpa del cuerpo técnico y de los jugadores. Los dirigentes, los mismos que hace 13 años, parecen haber perdido definitivamente el pulso a la hora de tomar determinaciones. Los errores ya no pueden ser disimulados con aciertos espasmódicos o con ladrillos huecos. Y mejor no hablar del caos institucional que se produjo con las últimas elecciones, con litigio judicial en marcha. Ya no hay margen para equivocaciones. Para colmo, con la mira puesta en el Clausura 2012, el plantel devaluado y descontrolado sólo puede ser reforzado por apenas dos piezas. El panorama dista de ser alentador.

Así, como si se tratara de una broma macabra del destino, Banfield pasó del cielo al infierno en apenas dos años.

AUNO 13-12-11
MFV

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