Armas de destrucción masiva, un tema ausente en la formación científica y en las escuelas

En plena polémica por la difusión de los proyectos nucleares de países como Corea del Norte, Pakistán o la India y a 60 años de las tragedias de Hiroshima y Nagasaki, un científico reflexiona sobre los límites de la ciencia y sobre las razones del desinterés social por las armas de destrucción masiva.

Por Melina Pietra

(AUNO).- El camino que recorrieron los científicos hasta crear un arma de destrucción masiva, como la bomba atómica, es un tema que no se discute en las escuelas “porque tiene muchos aspectos conflictivos, ya que rompe con la idea de que la ciencia y la tecnología son garantía de progreso” afirmó Eduardo Wolovelsky, coordinador del Proyecto Nautilus de Comunicación y Reflexión sobre la Ciencia

“Hoy en día, con el problema tan vigente de las bombas termonucleares, del desarrollo de Irán entre otros países, Hiroshima parece lejos en el tiempo, prácticamente olvidada”, reflexionó el científico, en diálogo con AUNO. Y agregó que “como es tan duro discutirlo, no lo discutimos, se hacen actos, conmemoraciones, una nota en el noticiero, y ya hemos cumplido con nuestra conciencia”.
Para que en la escuela se empiece a discutir el tema “no como conmemoración, sino como un hecho fundamental para comprender nuestro mundo actual”, Wolovelsky manifestó que “Nautilus está impulsando la producción de un libro para chicos sobre el estado de ambigüedad que implica el Proyecto Manhattan”, que derivó en la creación de la primera bomba atómica.

Nautilus, que depende del Centro Cultural Rojas de la UBA, nació como una revista para chicos con fuerte contenido histórico, destinada a “promover acciones que tengan que ver con las restricciones sobre la ciencia”, explicó Wolovelsky.

“Hoy la ciencia es poder, no una actividad marginal. Es poder para los estados y para las empresas: se ve, por ejemplo, en el campo de la genética, no sabemos qué se debe hacer. Modificar el genoma humano, porque podría evitar muchas enfermedades, o no modificarlo. Es difícil decidir sobre la regulación de esto y tampoco podemos predecir cuál es el devenir de la tecnología”, expresó el pensador.

Para explicar las razones que llevaron a los científicos a investigar y construir estos instrumentos de destrucción, Wolovelsky citó al director del Proyecto Manhattan, Robert Oppenheimer: “Cuando uno está seducido por el logro técnico, se lanza a hacerlo y no piensa demasiado en las consecuencias”. Según el biólogo, “la fascinación por un logro instrumental determinó que no se pregunten cuál era el significado de lo que estaban haciendo”.

Wolovelsky sugirió que “es importante no demonizar a los científicos, entre ellos existen las mismas peleas ideológicas que existen fuera del mundo científico”. La mayor diferencia es que “se debate sobre cuestiones que tienen un poder enorme, como las armas termonucleares, que podrían haber producido la extinción de la vida humana”
Aunque después de la bomba termonuclear se proyectó la bomba de neutrones que por un acuerdo internacional no se realizó Wolovelsky enfatizó que “a nivel de poder explosivo ya no tiene sentido hablar más allá de las bombas termonucleares, cuya capacidad destructiva es absoluta”.
El proyecto Manhattan y las bombas nucleares

Desde un principio “nadie invierte dos mil millones de dólares en el proyecto científico más caro del siglo XX para que su producto no sea utilizado”, señaló el investigador y aseguró que “siempre se puede construir un buen argumento, incluso para los peores crímenes”.

La bomba la arroja un país que “en el imaginario es una nación democrática, no una dictadura, quebrando los ideales más caros de la Ilustración” recordó Wolovelsky. “A partir de aquí no tenemos la garantía del progreso. Ni de que la ciencia y la tecnología van a permitir construir una sociedad más equitativa, más justa”.

El Proyecto Manhattan involucró a los más grandes físicos, ingenieros, matemáticos, teóricos y químicos del momento. Los controles de seguridad eran muy estrictos y el 90 por ciento de los que allí trabajaban no sabían cuál era el objetivo de tantas investigaciones, tantos gastos y tantas máquinas e instalaciones que se construían.

Los científicos, que trabajaban “aislados” en el laboratorio de Los Alamos, en el desierto de Nuevo México, “perdieron la representación de la realidad. Su única representación es el desafío técnico que tenían enfrente”. De este modo, el Proyecto “terminó con la imagen del científico como intelectual, independiente, romántico”, manifestó el biólogo.

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