Un homenaje para los desaparecidos del barrio Las Heras

Once militantes secuestrados durante la última dictadura cívico militar fueron recordados por vecinos y compañeros que descubrieron una placa en su honor. También pintaron un mural en la casa de uno de ellos.

Juan Relmucao

Lomas de Zamora, diciembre 26 (AUNO).- La casa de Juan Oscar Acosta, celeste, sencilla, abierta, queda en Las Heras, en Lomas de Zamora, cerca de la avenida principal de un barrio bien conurbano, donde un arroyo negro es lo único que corta el fractal de casas bajas repetidas en un infinito de asfalto, tierra, motores de colectivos y un sol aplastante. De esa misma casa, pero en un barrio entonces más endeble, un grupo de tareas arrancó a Oscar una noche de septiembre de 1976. Sus padres y él dormían en el frente, su hermana, de 16 años, en el fondo. El grupo derribó la puerta de la casa obrera; a Oscar lo arrastró un vórtice de gritos, golpes y motores que aceleraron hacia lo hondo de la noche. Tenía 21 años y militaba en la Juventud Peronista.

En la vereda donde entonces resonaron las botas, el colectivo Barrios por la Memoria y la Justicia descubrió una placa que recuerda a los desaparecidos de Las Heras. Al homenaje asistieron cerca de 80 vecinos y compañeros de las víctimas de la dictadura, y adhirieron distintas organizaciones políticas y sociales.

La adolescente que hace 37 años vio entrar el negro brazo de la dictadura a su casa hoy está firme junto al portón ayer franqueado por la policía. Una imagen de su hermano le pende del cuello. Cuando Gladys Acosta habla con AUNO, enseña las secuelas de una adultez que le llegó de golpe: la incertidumbre y el tiempo le endurecieron el verdor en los ojos, dejaron una presión constante sobre los labios y matizaron una voz fuerte con tonos dulces, dóciles, débiles.
“Cuando se lo llevaron se llevaron la mitad de mi corazón –reflexiona-. Seguí viviendo, primero porque tuve padres a quien cuidar y después por mis hijos. A Oscar lo veo en cada uno de mis compañeros, lo encuentro en los ojos de sus sobrinos. Dio todo por su causa, su pasión; veía una criatura sin zapatillas, se sacaba las suyas y se las daba, era una militancia social, era amor.”

Hacia la primavera de 1976, varios jóvenes de Las Heras empezaron a desaparecer. En la zona, los hogares eran pocos; la desolación de las ausencias se hacía más profunda. Según Gladys, “el primero que desapareció fue Miguel Galván, el 11 de septiembre. En ese momento podíamos mirar a tres o cuatro cuadras porque había pocas casas y mucho descampado, y vimos cuando se lo llevaban”.

“El 14 desapareció Oscar y el 16 Rosa Figueroa, una chica de quince años. Esta fue una zona muy golpeada, en el barrio siempre aparecían cuerpos torturados, quemados, algunos con los brazos o las piernas cortadas. Las familias íbamos corriendo para ver si ese cuerpo no era de alguien que nos faltaba”, rememora.

En el barrio todavía funciona la salita El Faro, que armaron los militantes un verano de 1973. Levantarla y organizar la atención de los vecinos fue el bautismo de fuego en la militancia para Mauro Cejas, a los 14 años. Caminando las calles de tierra conoció a varios militantes de la JP y otras organizaciones. Entre ellos, a Oscar: “Como mi mamá cumplía años el 31 de diciembre, cada fin de año nos juntábamos con él y todos los compañeros en mi casa para festejar. Entre todos los chicos que se llevaron estaba mi hermano mayor, Héctor”.

“Los que quedamos –añade- nos seguíamos juntando los 31, en parte con mucho dolor, con mucha bronca. De todos modos, considerábamos que militar era luchar por el bienestar de un pueblo y sabíamos del peligro y de sus consecuencias. Entendíamos que el cambo quizás no lo veríamos nosotros, sino nuestros nietos y estábamos seguros de que la única forma de combatir a la dictadura era con militancia.”

Quienes tomaron la palabra, viejos compañeros que zanjeaban el barrio cuando se inundaba o se ocupaban de que a nadie le faltara su garrafa o bidón de kerosene para pasar el invierno, recordaron con nostalgia y satisfacción a los amigos que la dictadura les arrebató cuando apenas se asomaban a la vida. Entre orador y orador tomó forma un mural que dibujaba el orgullo en las caras de los presentes: “Militaron con alegría”.

La placa levantada frente a la casa de los Acosta homenajea también a Enrique Ferreyra, Jorge Omar Mina, Ana Lucía Bossi, Raúl Pérez, Yolanda Beatriz Meza y Norberto Julio Ramírez. Sus nombres ya descansan entre las flores del barrio que los vio crecer.

JJR-AFD
AUNO-26-12-13

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