“Tomate”

“Tomatito” Daniel Pedro Casal era un cabrón. Irascible con algunas cosas, siempre tuve la sensación de que si se seguía rascando su cada vez más frondosa pelada iba a dejar surcos en su cabeza, ya de por sí averiada por ese ensalzado tono. Un tipo irónico, profesional, bajito. Que no perdonaba nada: todavía me reclamaba […]

“Tomatito” Daniel Pedro Casal era un cabrón. Irascible con algunas cosas, siempre tuve la sensación de que si se seguía rascando su cada vez más frondosa pelada iba a dejar surcos en su cabeza, ya de por sí averiada por ese ensalzado tono. Un tipo irónico, profesional, bajito. Que no perdonaba nada: todavía me reclamaba entre sueños por apenas 48 pesos que le había costado un queso de cabra estacionado.

Con Tomate compartí miles de horas desde aquel 1990 en que entré en la Agencia. Qué petiso divertido, debo haber pensado en ese momento. Viajamos horas y horas en su Gol pistero, en combi, en subte, en el 549 y en tantos más. Hasta pasamos horas buscando sacarle jugo al mimeógrafo.

Él se rascaba la cabeza, claro. ¿Vieron alguna vez que se rascaba con comba? No como Dios manda, con la mano del costado. Con comba. Daniel era dueño de un físico similar al de Comitas (hoy), pero eso no le evitaba picar a fondo en aquellos memorables partidos, integrando la afamada delantera Videla, Miguez, Casal, que tanto semillero generó.

Cabrón, frontal, persistente, obstinado, Dani, Danielito, Tomate, Tomatito, Colorado, Daniel Pedro, no tenía el manual abajo del brazo. Tal vez porque se le caía en medio de sus despelotes.

O atrás del escritorio, en esa maraña de gacetillas y envoltorios de comida. Pero transmitía, todo el tiempo. Sin engatusar, sin engrupir. Un buen amigo en todos estos años, pese a la distancia que puse en muchos momentos. Y era un tipo del Sur, claro.

Hace unos días, para tu cumpleaños creo, me dijiste que me querías mucho, que me extrañabas. Yo también Tomatito. Un montón. Y así como tantas veces lloré de risa con vos por pavadas supinas, dejame ahora llorar de tristeza. Y no me digas: “Vamos, Martincito”, con la mano en mi espalda.

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