“Son marcas con las que vamos a vivir siempre”

A 25 años de la Guerra de Malvinas, un ex combatiente repasa su historia, que es parte de la Historia del país. En diálogo con Auno, recordó aquellos días en las islas y los cambios que esa experiencia le dejó.

“Fuimos con 19 años y volvimos con la mentalidad de una persona de 30, parados en una posición totalmente distinta desde donde observar la vida.” Así es como José Luis Paz trata de justificar sus cambios luego de haber pasado por una guerra, la de Malvinas. En 1982, su vida “dio un vuelco, para bien o para mal”, dice.
En ningún momento se imaginó que esa experiencia iba a cambiar sus planes. Es que luego del servicio pensó que continuaría con sus estudios hasta convertirse en abogado y, posiblemente, sumar su veta artística: “Me gustaba mucho la música, tocaba la guitarra con mis hermanos y otros chicos más”, recuerda. Sin embargo, Malvinas se interpuso en su camino.
José Luis nació un 31 de enero de 1962, en Santiago del Estero. Allí pasó los primeros cinco años de vida hasta que su familia decidió instalarse en Lanús, al sur del conurbano bonaerense. Pero no sería éste su destino definitivo, sino Lomas de Zamora, donde cursó sus estudios primarios y secundarios.
La conciencia política siempre estuvo presente en su familia y, por ende, también en él; su papá militaba en las filas del peronismo. Este fue uno de los motivos por los que el llamado que recibió a sus 18 años para hacer el Servicio Militar no le generó gran escándalo: “Lo tomaba como una cuestión, dentro de todo normal, como algo que había que hacer y nada más”.
Sin preverlo, llegó a las islas el 13 de abril de 1982 y, luego de 65 días, el 22 e junio de ese mismo año, volvió a casa. Atrás habían quedado sus aspiraciones profesionales y artísticas, junto con el adolescente que fue.
“Cambié en lo personal, pero no me quejo de lo que me tocó vivir —asegura con la mirada perdida en algún punto de la confitería en donde conversó con Auno—. Después de que volví de la guerra estuve recluido en casa un tiempo, me aislé.”
Veinticinco años después de aquellos días, admite que le costó mucho procesar todas las cosas por las que había pasado; no lograba entender las diferencias entre lo que ocurría en el país y lo que él había vivenciado en los campos de batalla.
La contención de su familia y la mano amiga que encontró en otros ex soldados que vivían en Lomas de Zamora fueron las redes que lo rescataron de ese aislamiento, y se siente una persona privilegiada por tener aún la ayuda de esos compañeros.
No obstante, para él, la superación del problema depende de la fuerza espiritual de cada uno: “No todos tuvieron la fortaleza para entender que la guerra pasó hace veinticinco años, hacer un paréntesis y continuar con sus vidas”, reflexiona.
Hoy se siente “capacitado” para analizar la guerra dentro de un contexto político y social. Puede explicar su experiencia ubicándola en un momento histórico determinado, sin inmiscuirse profundamente en sensaciones personales y recuerdos.
“Es imposible transmitir las sensaciones, los olores, las imágenes que quedan luego de pasar por una situación límite como la guerra”, comenta mientras fija su mirada en los ojos de la cronista, como queriendo mostrar a través de sus ojos algo de aquellas vivencias que parecieran ser intransferibles. Es que “no hay manera de transmitir cómo, cada mañana, el olor a pólvora me penetraba la nariz”, sintetiza.
El ex soldado Paz trabaja en la Dirección Municipal de Veteranos de Guerra de Lomas de Zamora, junto con otros que, sin saberlo durante aquellos días, habían sido parte de los 182 chicos de su misma comisión en el campo de batalla.
Pero no sólo vivieron juntos la guerra y comparten el trabajo, sino que con otros veteranos más se reúnen casi todas las semanas y llevan a cabo una especie de terapia grupal, con las que José Luis se siente “satisfecho” y asegura que le hacen “muy bien”.
Para él, las vivencias en las islas “son marcas con las que vamos a vivir siempre”. Sin embargo, esas heridas, esos recuerdos que aún hoy aparecen cuando cierra sus ojos o que protagonizan sus sueños, son las marcas de una experiencia que, como él lo define, “te cambian los valores”.
Luego de Malvinas, aprendió a dedicarle más tiempo a su familia y a vivir la vida “de la mejor manera posible”. Veinticinco años después, a sus 45, tiene muy en claro que “ahora es tiempo de dedicarse a otra cosa, de empezar a disfrutar”.

AMB-AFD

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