Una genealogía de asesinos

Este año se cumplen 60 años del golpe oligárquico cívico, militar y clerical del 55. No pocos escritores argentinos escribieron a favor y contra esa penumbrosa fecha. El escritor nacido en Adrogué también tiene literatura sobre el tema. Nota publicada el 6-9-2015.

Horacio Raúl Campos

Lomas de Zamora, set 6 (AUNO) – “Vea doctor, le dijo un viejo que había conocido en la cárcel, nos van a perseguir hasta matarnos a todos. Usted los conoce, doctor, son hijos y nietos y bisnietos de asesinos”, se lee en Prisión perpetua, la novela de Ricardo Piglia.

Se trata de una novela compuesta por dos relatos: la que da el nombre al libro y ‘Encuentro en Saint Nazaire’. “En los dos casos he contado fragmentos de mi vida sin incurrir (confío) en la confesión sentimental ni en la autoindulgencia”, asegura el autor. (163)

En el primero de los relatos, el fondo histórico básico sobre el que se desplaza la narración son los momentos del golpe de Estado oligárquico del 55 y los años inmediatamente posteriores con sus consecuencias de cárceles, persecuciones, muertes, proscripciones y desbarajuste económico.

“La convención pide que yo les hable de mí pero el que escribe no puede hablar de sí mismo. El que escribe sólo puede hablar de su padre o de sus padres y de sus abuelos, de sus parentescos y genealogías. De modo que ésta será una historia de dudas como todas las historias verdaderas”, escribe al iniciar el texto. (15)

La novela esencialmente hace otra escritura (y no sólo parodia) frente a la escritura borgeana en el tratamiento de los espacios, las genealogías que grita el autor de “las épicas lluvias de setiembre”, y la postura que mantiene con los dictadores del 55, que lo conchabaron como director de la Biblioteca Nacional.

“Mi padre había estado casi un año preso porque salió a defender a Perón en el 55 y de golpe la historia argentina le parecía un complot tramado para destruirnos”, señala el narrador. (13). Recuérdese la postura de Piglia en torno a la paranoia en la literatura frente al Otro amenazante que llegó para destruir un orden.

Aquel diálogo del inicio (15-16) se concreta entre el padre (que es doctor) del narrador y un interlocutor anónimo que los unía el hecho de haber estado preso a raíz del 55.

Se lee allí el establecimiento de una genealogía que en la visión de mundo borgeana no es sólo un juego ficcional, sino el proyecto fundamental que desde hace doscientos años lleva a cabo la oligarquía agroexportadora:

“Como tanto argentino, soy nieto y hasta bisnieto de estancieros. En tierra de pastores como ésta, es natural que a la campaña la pensemos con emoción y que su símbolo más llevadero –la pampa- sea reverenciado por todos”, escribe Borges en El tamaño de mi esperanza(23).

En apenas unas poquísimas líneas, Borges intentó darle fuerza simbólica a ese viejo proyecto pastoril de la Argentina semicolonial que constantemente se rebela, pero que también constantemente reaparece desde un sarcófago, porque está en la cultura y en la experiencia de mundo real.

En Piglia, la genealogía borgeana es revisada, puesta en su lugar correcto, por medio de una escritura que es combate y que te puede costar la cárcel. Con un dato fundamental: hablan los Otros, los que pierden.

En esa voz de los Otros se refuta la genealogía borgeana, que el 55 intentará imponer o restaurar bombardeando y fusilando; si el 55 no puede, lo hará el 76, qué si puede devolver la Argentina a un país estancia e instaurar el arcaico orden agroexportador. Todo para que el hijo del barrendero muera barrendero, como se enunció en el 55.

El año de la desdicha

El padre del narrador, un doctor que se había criado en el campo, después del 55 se sintió acorralado y tuvo que huir “medio clandestinamente” desde Adrogué, donde vivía con su familia, a Mar del Plata, donde siguió militando junto a otros para “imaginar la vuelta de Perón”.

Porque, cuenta en la novela, “el 55 fue el año de la desdicha y el 56 fue el de la cárcel y el 57 fue todavía peor. Las cosas siempre pueden empeorar: esa es la tradición de los vencidos”. (14)

Poco importa si los personajes existieron o no. Lo importante es la novela y no la pesquisa policíaca sin sentido de cierta crítica. Lo fundamental aquí son dos cosas: ficcionales o no, los personajes del texto tienen una fuerte correspondencia con el mundo de la experiencia real; y la confrontación con la visión de mundo borgeana.

En Prisión perpetua a cada tanto reaparece otra escritura que es la contracara perfecta de la ideología política y literaria de Borges, a partir de la ficción de una experiencia real: Borges celebra el 55 y “las épicas lluvias de setiembre” que se registran a la sazón funcionan como “purificación” de la república.

Se establecen dos puntos: la experiencia de la política, el 55 y sus fechorías, y la otra experiencia contada, sin la necesidad de un juego, porque tanto la familia, como el mismo narrador, son víctimas de ese desplazamiento a la fuerza, producto de la dictadura, que no fue ficción.

Al salir huyendo hacia Mar del Plata, el narrador escribe: “Subimos los muebles a un camión, yo viajé entre las sogas y los bultos; sentado en un canasto de mimbre miraba pasar las poblaciones, las vacas, la mansedumbre idiota de la llanura”.(14)

Ese pasaje recuerda el cuento Sur de Borges, en que el personaje central viaja en tren hacia una estancia del Sur y por las ventanillas mira los elementos de la “civilización” del mundo estanciero: alambrados, estancias, vacas.

En Sur el personaje se traslada a un mundo “más firme”, según la visión de mundo borgeana, porque, precisamente, en el contexto de la literatura de Borges “Sur” es la metáfora del patriciado oligárquico que vivía en ese punto cardinal de la ciudad de Buenos Aires y, por extensión, son también las propiedades de ese sector por lo menos hasta el Río Salado.

El Sur es también una metáfora del siglo XIX, el “paraíso perdido” en la escritura del autor de Ficciones.

Los dos mundos

En la escritura de Piglia hay dos partes: ‘En otro país’ y “El fluir de la vida’. Se trata de la ficción de una historia real. Y eso último no es del agrado de cierta crítica. Por tanto, en Piglia, la autobiografía es un punto de partida para otro mundo posible, que no es el del 55.

El clima de persecución y maldad (“abatidos y en fuga”) que habían instalado a partir de esa afrentosa fecha, el narrador la escribe con maestría: “Las noticias de los vencedores parecían cartas dirigidas personalmente a mi casa”.(16).

Se lee otra vez el tema de la paranoia. “Una vez mi padre me dio un consejo que nunca pude olvidar: ‘¡También los paranoicos tienen enemigos!’”, escribe al iniciar la novela. Las lecturas que se podrían realizar sobre esa novela no se agotan allí.

Bibliografía

Ricardo Piglia, Prisión perpetua, Buenos Aires, Seix Barral, 1998. La primera edición es de 1988 y la hizo Espasa Calpe.
Borges, J. L., ‘La Pampa y los suburbios son dioses’, El tamaño de mi esperanza, Buenos Aires, Seix Barral, 1993, p. 23. La primera edición de ese libro es de 1926 y es el segundo ensayo que escribió.
Ricardo Piglia, Crítica y ficción, Buenos Aires, Seix Barral, 2000, pp. 81 y ss. “La literatura trabaja la política como conspiración, como guerra; la política como gran máquina paranoica y ficcional”, escribe.

AUNO 06-09-15
HRC

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