En el país ya se debaten las ventajas y los riesgos del uso de biocombustibles

La bioenergía, como sustitución de los combustibles fósiles, presenta tanto oportunidades como riesgos para la seguridad alimentaria de la población.

En la búsqueda de fuentes alternativas de energía —impulsada por los elevados precios del petróleo y el cambio climático mundial— muchos países están adoptando incentivos para incrementar el uso de fuentes renovables de energía, incluida la bioenergía, esto es, la energía derivada de fuentes biológicas como los cultivos, los árboles y los deshechos.

La expansión de sistemas modernos de bioenergía podría contribuir a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, promover la seguridad energética de los países importadores de energía, con las consecuentes implicaciones positivas para el medio ambiente. Sin embargo, el aumento de la producción de bioenergía, demandaría una mayor exigencia sobre la base de recursos naturales, con posibles consecuencias perjudiciales de índole ambiental y social.

La expansión del sector bioenergético podría afectar la seguridad alimentaria de las familias y de los países, y “sus consecuencias dependerán de la tecnología concreta y de la elasticidad de sustitución entre la materia prima utilizada para la producción de energía y alimentos”, según advierte la Asociación Maíz Argentino (Maizar).

Según esta Asociación “en la actualidad se utilizan alrededor de 14 millones de hectáreas de tierra para la producción de biocombustible líquido, que equivalen a cerca del uno por ciento de las áreas cultivables del mundo” y agrega que “esta proporción podría alcanzar entre el 2,5 y el 3,8 por ciento para el año 2030”.

El etanol, por ejemplo, representaría más del 90 por ciento del suministro mundial de biocombustibles líquidos, y se produce fundamentalmente a partir de la caña de azúcar y del maíz, cultivos que también se utilizan para la alimentación, lo que influye en los precios de los productos básicos y tiene repercusión directa en la seguridad alimentaria.

Asimismo, están elaborándose nuevas tecnologías para la producción de etanol a partir de materias básicas “lignocelulósicas”, tales como hierbas, madera, residuos forestales y de cultivos y deshechos municipales, aunque aun no se aplican comercialmente. Si estas tecnologías, de “segunda generación” llegaran a ser viables desde el punto de vista comercial, la competencia por la tierra y otros recursos agrícolas podría reducirse.

“Los sistemas de biodiésel en pequeña escala podrían incluso mejorar la fertilidad del suelo si las especies de leguminosas oleaginosas empleadas para la producción de energía se cultivan en rotación con cultivos alimentarios”, destaca un trabajo de Maizar.

Por su parte, la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), impulsa la generación de conocimiento, análisis y divulgación, para que los distintos gobiernos apliquen políticas que amplíen las oportunidades y minimicen los riesgos que pueda presentar la producción de bioenergía, teniendo en cuenta las realidades de cada país.

En casi todo el mundo, la producción de biocombustibles cuesta considerablemente más que la de la nafta o el gasoil convencionales, de manera que los países que han desarrollado industrias de biocombustibles se han apoyado en una combinación de medidas fiscales como las desgravaciones, subvenciones y aranceles a la importación, como estrategia para la sustentación de precios y objetivos de uso obligatorio, al menos en las fases iniciales.

En el sector bioenergético influyen en gran medida las políticas relacionadas con al menos cuatro ámbitos: el medio ambiente, la agricultura, la energía y el comercio. La falta de coherencia entre las políticas en los planos nacionales e internacionales significaría que las novedades relativas a la bioenergía son difíciles de predecir.

En Europa, por ejemplo, se proponen utilizar biocombustibles para todo el transporte terrestre, lo que implicaría unos 18,6 millones de toneladas de biodiesel y etanol, y emplear 17 de 97 millones de hectáreas de tierras aptas para la agricultura.

En nuestro país, actualmente “existe una ley aún no reglamentada para que a partir del 2010 se utilice un 5 por ciento de biocombustible mezclado con el petróleo para el autotransporte. Por ahora, la producción de biocombustibles es del tipo informal, para el autoconsumo y los permisos deben solicitarse en la Secretaría de Energía de la Nación”, apuntó el ingeniero agrónomo Andrés Leone, del Programa Nacional de Biocombustibles.

GRB-EV

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