“Ella estaría haciendo lo que estamos haciendo nosotros”

A tres meses del asesinato de Anahí Benítez, sus compañeros del ENAM la recordaron con una jornada de arte y lucha. La adolescente desapareció el 29 de julio y fue encontrada seis días después, muerta y violada. La investigación no avanza.

Martina Jaureguy

Lomas de Zamora, noviembre 4 (AUNO).- Tres meses. Una eternidad, y al mismo tiempo un suspiro. El cuerpo de Anahí Benítez, de 16 años, apareció el 4 de agosto de este año en la Reserva Santa Catalina, en Llavallol. Frío, desnudo, semienterrado, roto. 16 años de vida, sonrisas y arte: así la recordaron sus compañeros de la Escuela Normal Antonio Mentruyt (ENAM) en una jornada de arte y lucha llena de todo lo que ella era.

“Queremos justicia, nos van a escuchar, por Anahí hoy venimos a marchar.“ Tres meses de incertidumbre, de una investigación estancada, que no da respuestas. El canto y los bombos resuenan por toda la avenida Hipólito Yrigoyen, a pesar de los muchos que se fastidian en sus autos por no poder tomar el tramo de la calle que los chicos ocupan. Un cartel desplegado con la foto de Anahí y un pedido de justicia ocupa todo el ancho de la avenida y lidera la marcha que salió desde la puerta del ENAM, en Banfield.

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El paso es firme y seguro. Levantan carteles que replican aquél que pintó Anahí allá por mayo, cuando policías armados entraron en su escuela ilegalmente: “Las balas que vos tiraste van a volver”. También reparten volantes a todos los que pasan cerca: que nadie se olvide, que todos sepan.

En la Plaza Grigera la columna gira y se detiene la marcha. Se arma una ronda gigante, y luego una intervención callejera con un rollo de papel que atraviesa todo el círculo de gente: “El rollo pesa y es de todos”, grita un grupo de cinco mujeres del Colectivo en Marcha. El rollo se llena de nombres que ellas escriben junto a otros que se animan, pero uno resuena: “Daiana García, Aldana Pérez, ¿Anahí? ¿Anahí?”, leen en voz alta. El rollo pesa, los nombres también.

“Si yo o mis amigos hubiéramos desaparecido, ella hubiera salido, estaría haciendo lo que estamos haciendo nosotros. Hubiera hecho lo imposible para encontrarnos y hubiera llorado cuando le dijeran que encontraron un cuerpo. Pero le tocó a ella”, asegura Quimey Barrera, de 13 años, mientras pinta sobre un afiche junto a sus compañeros.

Quimey está en primer año y Anahí fue la primera persona a la que conoció al entrar a la escuela. Las chicas se hicieron amigas y hablaban de las guerras, de la violencia, de que el machismo mata. “Era una de esas personas que sabés que está siempre; ésa era Anahí”, la recuerda.

Y Anahí era arte. La plaza se llena de chicos pintando, de música, de murga. Para sus compañeros del ENAM, no hay mejor manera de recordarla. “Nosotros necesitábamos contenernos entre nosotros, porque de afuera no recibimos contención. Por eso hacemos esto. La mejor manera para contenernos era pasar un buen momento, hacer y respirar arte”, dice Quimey. Pero, ¿cómo se puede mitigar el dolor cuando hay una compañera que falta, un asiento vacío en el aula, una amiga que ya no está?

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A Roberto Pazos, profesor del ENAM, no le sorprende ni un poco que los chicos hayan decidido hacer esta jornada de arte y reflexión. Ése siempre fue el espíritu del colegio, un espíritu de lucha y compromiso. Pero desde hace tres meses que está teñido de tristeza.

“En el aula es como una montaña rusa: cuando en los medios sale alguna noticia nueva sobre Anahí, los compañeros más cercanos no van y el resto está aplastado. Pero cosas como las de hoy los levantan. Ellos lo necesitan”, cuenta.

Es fácil darse cuenta de quiénes eran los amigos más cercanos de Anahí. En la plaza se sientan un poco apartados, se abrazan, se secan las lágrimas.* La mirada está como perdida: está en otro lugar, buscando a Anahí*. Y lloran, porque no la encuentran. Solamente en esos abrazos logran juntar las partes rotas de corazones demasiado jóvenes para sufrir tanto.

Pazos vio una bisagra en esos chicos con la muerte de Anahí —su amiga, su compañera de siempre—; empezaron a entender un montón de cosas. “La primera clase que tuve después de que apareció el cuerpo había algunas chicas que me decían ‘si le pasó a ella, le puede pasar a cualquiera de nosotras’”.

Y sí, le puede pasar a cualquiera: “como le tocó a Micaela García, a Araceli Fulles” y a tantas otras más, piensa Quimey.

La chica se acuerda de algo que quedó resonando en su mente. “Anahí tenía una brújula colgada en el cuello siempre, y una chica me contó que cuando la conoció le dijo ‘vos seguro nunca te perdés’”, relata. La brújula no sirvió. Ana, como la llaman sus amigos, se perdió para siempre. Ana se perdió pero el brillo de su mirada está ahí, todos los días, en esos chicos que se ponen al hombro la lucha por su compañera, sin que nadie se los diga, sin que nadie se los pida. Necesitan que su recuerdo siga vivo. Que nadie se olvide, que todos sepan.

El caso

Anahí desapareció el 29 de julio de este año. Fue hallada seis días después, semienterrada, en medio de la Reserva Natural Provincial Santa Catalina, muerta. Durante ese tiempo estuvo cuatro días viva, supuestamente en cautiverio. Todavía no se sabe qué pasó, por qué la mataron, qué le hicieron. La autopsia demostró que fue violada por Marcelo Villalba, un hombre que vive a tan sólo unas cuadras del lugar donde ella fue encontrada y que tenía el celular de la chica en su casa. Se supone que fue Marcos Bazán el que la mantuvo cautiva en su casa dentro de la reserva natural. Los dos hombres están detenidos, pero la causa está estancada. “Estas investigaciones empiezan con todo, con una velocidad impresionante, y después no se sabe nada más”, se quejó Pazos, el docente de Anahí, indignado.

AUNO-04-11-2017
MIJ-MDY

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