Científicos: De los bastones largos al programa Raíces

El golpe de Ongania generó la expulsión de miles de docentes y científicos que se fueron al exterior. Después de varias décadas y a partir de la gestión de Néstor Kirchner se creó el programa Raíces para repatriar investigadores. La Revista El Cruce dedicó la nota de tapa del número de agosto a examinar aquellos hechos y la realidad del presente.

El general Juan Carlos Onganía dio un golpe de Estado el 28 de junio de 1966, derrocó al presidente constitucional Arturo Illia y un mes después mandó a la policía entrar a los palos en las universidades nacionales, un hecho que se conoce como ‘la noche de los bastones largos’.

Las consecuencias de aquella fatídica noche se sentirían en el país tiempo después: 1.378 docentes renunciaron o se exiliaron. Unos 301 emigraron: 215 eran científicos y 86 investigadores.

La noche de los bastones largos fue el primero de una serie de acontecimientos violentos que marcarían al país durante la dictadura de Onganía. Pero, además, se generó el primer vaciamiento de científicos e intelectuales de excelencia que la Argentina había formado hasta mediados del siglo XX

El germen del comunismo, el marxismo o cualquier otro “ismo” que fuese sinónimo de subversión estaba, para Onganía, en las universidades públicas.

Una de las primeras medidas que tomó su gobierno de facto, mediante el decreto ley 16.912, fue ponerle fin a la autonomía universitaria y obligar a los rectores y decanos de las universidades nacionales a asumir como interventores dependientes del Ministerio del Interior.

Los rectores de las universidades de Buenos Aires, Córdoba, La Plata, Tucumán y Litoral decidieron renunciar, mientras que sus colegas del Sur, el Noreste y de Cuyo aceptaron el nuevo cargo. En la Universidad de Buenos Aires (UBA), además del rector Hilario Fernández Long, nueve decanos renunciaron y en algunas facultades hubo asambleas y otras manifestaciones
de oposición.

Palos y gases

Aquel decreto que pretendía barrer con los aires de libertad que todavía se respiraban en las aulas, Onganía lo firmó el 29 de julio de 1966, al cumplirse un mes de su asunción. Las universidades tenían 48 horas para decidirse.

Plazo que el propio Onganía no respetó y esa misma noche ordenó a la Policía Federal salir de recorrida por las casas de estudios. Conducidos por el jefe de la Policía Federal, Mario Fonseca, los uniformados irrumpieron en varias facultades de la UBA.

Los incidentes más graves se registraron en Filosofía y Letras, Arquitectura y Ciencias Exactas y Naturales (FCEyN). Profesores y estudiantes fueron forzados a abandonar los edificios y muchos de ellos detenidos en comisarías.

El método aplicado fue el lanzamiento de gases lacrimógenos, primero, y después, lo que daría nombre a uno de los íconos de la historia sangrienta de la Argentina: la golpiza con bastones a alumnos, docentes y decanos.

‘La noche de los bastones largos’ fue representada en cine y televisión, y narrada en libros y notas periodísticas que se multiplican cada aniversario.

Pero acaso el primer documento que describió con contundencia aquel horror se publicó al mes siguiente de la vergonzosa noche: una misiva escrita por Warren A. Ambrose, profesor de Matemáticas en Massachussets
Institute of Technology (MIT) y en la UBA, que vio la luz en la sección
carta de lectores de The New York Times, de los Estados Unidos. A continuación, un breve fragmento del escrito:

“Estoy completamente seguro de que ninguno de nosotros estaba armado, nadie ofreció resistencia y todo el mundo (entre quienes me incluyo) estaba asustado y no tenía la menor intención de resistir. Estábamos todos de pie contra la pared –rodeados por soldados con pistolas, todos gritando brutalmente (evidentemente estimulados por lo que estaban haciendo –se diría que estaban emocionalmente preparados para ejercer violencia sobre nosotros). Luego, a los alaridos, nos agarraron a uno por uno y nos empujaron hacia la salida del edificio”.

“Pero nos hicieron pasar entre una doble fila de soldados, colocados a una distancia de diez pies entre sí, que nos pegaban con palos o culatas de rifles y que nos pateaban rudamente en cualquier parte del cuerpo que pudieran alcanzar. Nos mantuvieron incluso a suficiente distancia uno de otro de modo que cada soldado pudiera golpear a cada uno de nosotros”.

“Debo agregar que los soldados pegaron tan brutalmente como les era posible y yo (como todos los demás) fui golpeado en la cabeza, en el cuerpo, y en donde pudieron alcanzarme (…)”.

Otro ataque a la actividad científica nacional se registó durante el furor del neoliberalismo. La visión de mundo de entonces quedó sintetizada en la famosa frase emitida por el ministro de Economía del menemismo Domingo Felipe Cavallo que mandó a los científicos a lavar los platos.

Volver a las Raíces

Luego de una de las más profundas crisis económicas que azotaron al país, Néstor Kirchner llegó al poder y el rumbo político viró drásticamente.

Una serie de medidas de su flamante gobierno evidenciaron lo que serían los años siguientes. Argentina salió de la cesación de pagos de deuda externa y hubo una notoria disminución de los índices de pobreza y desempleo. El mercado interno se reactivó y se articularon activas políticas
sociales y de Derechos Humanos.

En este escenario, y con un concreto apoyo gubernamental, se reencauzó el vínculo con los científicos e investigadores argentinos emigrados. La entonces Secretaría de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva (Ministerio desde 2007) creó el programa Raíces y a la fecha pudo repatriar
a más de 800 científicos.

Esta iniciativa tiene como finalidad el desarrollo de redes de vinculación con investigadores argentinos en el exterior, difundir las actividades científicas y tecnológicas de nuestro país en otros países, integrar a investigadores argentinos residentes en el exterior a las actividades de investigación científica, desarrollo tecnológico e innovación promovidas por el Gobierno nacional a través del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica, el CONICET y los restantes organismos públicos de promoción científica y tecnológica, e involucrar en esta tarea al sector productivo del país, fundaciones y ONG.

*Nota publicada por El Cruce. Revista de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora.

AUNO 19-08-11
NA-AC-HRC

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