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Todo no pasa

Fecha de publicación: 31 julio, 2014

Julio Grondona falleció a los 82 años por una insuficiencia cardíaca. Fue presidente de la AFA durante los últimos 35 años. Su muerte abre un sinnúmero de interrogantes sobre el futuro de una entidad en la que fue amo y señor.

Grondona

Lomas de Zamora, julio 30 (AUNO).- “Hasta que no se muera Grondona nada va a cambiar”. La frase se escuchaba en cualquier ámbito relacionado con el fútbol, desde los tablones de las humildes tribunas del ascenso hasta los escritorios más refinados de los despachos políticos. Y un día Julio Humberto Grondona se murió. Y la pregunta obligada: ¿algo va a cambiar?

Grondona tenía 82 años e iba por su noveno mandato al frente de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA). En 35 años como patrón de la pelota superó ocho reelecciones, aunque en realidad sólo una vez tuvo oposición, allá por 1991, cuando el ex árbitro Teodoro Nitti se le animó a discutir el poder en las urnas de la asamblea ordinaria… Perdió 39 a 1. Don Julio parecía Highlander. Invencible. Inmortal… Pero no lo era.

Bajo su largo mandato pasó de todo. La Argentina, en ese lapso, tuvo cuatro dictadores y nueve presidentes democráticos. Grondona permaneció inalterable. Nada ni nadie pudo con él. Y eso que ni sabía cómo encender una computadora. Sin embargo, a él nada lo detenía. Su habilidad para manejarse en el barro, su conducción firme, personalista y discrecional, y su capacidad para descubrir que el fútbol era una mina de oro casi inagotable, lo convirtieron en el amo y señor de la pelota. Acá y en el mundo. Porque también fue un hombre fuerte en la FIFA, primero como ladero del brasileño Joao Havelange y luego como escudero y secretario de finanzas de Joseph Blatter. Y todo sin saber pronunciar ni una letra en inglés. Se sentirá la ausencia de su peso en el plano internacional.

En las sombras, donde mejor y más cómodo se movía, se convirtió en un socio incondicional del poder. Del poder económico y del poder político. Todo con la pelota bajo el brazo. Así convirtió a la AFA en una generadora de negocios que hizo enriquecer y crecer exponencialmente a empresas al compás de las nuevas tecnologías. Así, con total desenfado, cuando vio que lo números no le cerraban, se plantó y le cerró el grifo convirtiéndose, de buenas a primeras, en su peor enemigo y en el único culpable de todos los males.

Ojo, Grondona no se preocupó demasiado en evitar que la violencia manchara la pelota cada vez más seguido. Jamás implementó un proyecto para tratar de erradicar a las barrabravas del fútbol. No es el único responsable, tampoco se hicieron cargo los punteros y dirigentes políticos que cobijaron, cobijan y cobijarán a todos aquellos que delinquen, se enriquecen y matan en el nombre de su falso amor por una camiseta.

Su forma de hacer política, al mejor estilo patrón de estancia, hizo engordar las arcas de la AFA a niveles exponenciales. Construyó su poder a fuerza de favores, al punto que hasta sus más férreos críticos le debían algo. Nunca les dio la espalda a los clubes más humildes y por eso siempre tuvo su respaldo incondicional. Jamás perdonó traiciones ni tuvo la vocación de controlar la voracidad de dirigentes que, hambrientos de billetes, fundieron y refundieron a los clubes sumiéndolos en deudas imposibles de levantar.

También se le pueden contar las buenas. La construcción del predio de Ezeiza, un lugar único y con las mejores condiciones para la preparación de un equipo de fútbol. El campeonato del mundo de 1986, con Diego Maradona como pieza fundamental. La apuesta por repatriar a Lionel Messi. El proyecto a largo plazo en juveniles de la mano de José Pekerman, el maestro de futbolistas al que más tarde le terminó soltando la mano para volver a improvisar. Porque confiaba a muerte en su instinto. Y como buen animal político se anotaba en dorado sus aciertos y escondía debajo de la alfombra sus errores.

Desde su despacho de la AFA, al que iba poco y nada en los últimos tiempos, manejó todo y a todos hasta el día de su muerte. Decía sin decir. Lastimaba y protegía en silencio. Se sentía invulnerable. “Todo pasa”, rezaba la leyenda del anillo que usó hasta que la muerte de su mujer en julio de 2012. Mantenía la costumbre de llevar un diente de ajo “de la buena suerte” en un bolsillo interno de su saco. Se lo daba cada mañana su madre, que vivió hasta los 102 años.

Su partida marca el final de una era. La era del caudillo. El fútbol argentino perdió a su dirigente más importante, con todo lo bueno y todo lo malo en el mismo envoltorio. El que lo convirtió, gracias a la materia prima, en potencia mundial. El mismo que no se preocupó demasiado en curar a tiempo todos los focos de infección. Tal vez porque le convenía. Se murió Grondona. Hay mucho por hacer. El desafío pasa por saber si algo va a cambiar.

AUNO-31-07-2014
MFV-AFG

Última modificación: 12 de agosto de 2014 a las 10:33
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