Analía Fernández: magia, desaparecidos y un rompecabezas que busca justicia

Es una de las impulsoras de HIJOS Provincia de Buenos Aires. También forma parte de la querella contra Molinos por el secuestro de obreros durante la última dictadura cívico-militar. Su padre es una de las 24 víctimas.

Gabriel Santana

“Empezamos a armar un rompecabezas que no sabemos si algún día va a terminar. Por ahora tenemos muy poquitas piezas”, dice Analia mientras juega con la funda de su celular. Hace unas semanas encontró una de las fichas clave: un trabajador de Molinos que vio cuando a su papá se lo llevaban secuestrado de la fábrica. Analía Fernández investiga como si fuese una fiscal, pero es una docente que hace minutos llegó desde la escuela donde trabaja a su casa de Alejandro Korn.

El rompecabezas es la causa contra Molinos Río de la Plata por su posible complicidad en la desaparición de 26 trabajadores durante la última dictadura cívico-militar. Entre esos 26 está Francisco Fernández, el padre de Analía, que fue secuestrado el 7 de julio en la planta de Avellaneda de Molinos cuando intentó ingresar a trabajar y del que no se supo nada más. Ese que ella no recuerda porque tenía tan sólo 2 años cuando desapareció su padre.

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Hoy, Analía es una de las querellantes, junto con otros dos hijos de obreros desaparecidos, Ceferino Mattaboni y Roxana Freitas. La causa se inició en 2013 y todavía se encuentra en etapa de instrucción, a cargo del juez Ernesto Kreplac del Juzgado Federal 1 de La Plata.

Siempre tuvo iniciativa para entablar acciones contra la empresa, pero no sabía cómo. “No estaba empapada en el tema como para iniciar un juicio, tampoco participaba aún de ninguna organización de derechos humanos”, cuenta. Recién en 2011 empezó a contactar a otros hijos de obreros de Molinos y cuando menos lo esperaba recibió el llamado de uno de sus compañeros de querella.

-Hola, ¿habla Analía Fernández?
-Sí, ¿quién es?
-Soy Ceferino, hijo de un obrero de molinos. Me dijo Enrique que tenés la intención de empezar la causa, ¿podríamos juntarnos?

“Fue sorprendente porque estábamos de vacaciones en la costa”, dice con una sonrisa. En ese momento también estaba con Carlos, su marido, quien ahora escucha atento y en silencio desde el sillón del comedor.

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Enrique Arrosagaray era por entonces el secretario de Derechos Humanos de Avellaneda y también fue quien les recomendó al abogado con el que iniciaron la causa.

En 2013, Analía comenzó a impulsar la creación de HIJOS Provincia de Buenos Aires, uno de sus pilares en la búsqueda de memoria, verdad y justicia. “trabajamos en conjunto y es una apoyo fundamental que da fuerza para seguir”, afirma.

“Cada una de las acciones que realizamos es importante, porque es la manera en que se mantiene la memoria”, sostiene. La agenda la tiene cargada. Además de su trabajo y del cuidado de sus hijos, en los próximos días tiene un viaje a un congreso en Paraná sobre derechos humanos en las escuelas y participará del acto por “la noche de los lápices” en el Pozo de Banfield.

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Además de justicia, lo que Analía busca con el juicio es romper el silencio. Ese silencio que la rodeó mientras crecía y que todavía hoy sufre. “Según supe de grande, en el barrio sabían que mi papá era desaparecido, pero nadie decía nada. Fue tal el terror que sembraron los militares que es muy raro, hasta el día de hoy, que un vecino te cuente o te diga algo”, asegura.

La mamá siempre le fue sincera y les dijo a ella y a sus hermanos que su papá era un desaparecido. Algo que le tomó un tiempo comprender: “Es una figura es muy compleja para un niño”.

«Cuando era chiquita y me retaban o me pasaba algo, esperaba que mi papá apareciera.El desaparecido lo entendía como magia. ¿Quién hace desaparecer algo? –se pregunta- Un mago. Yo tenía la idea de que esa foto que tengo de mi papá abriera la puerta y apareciera de repente.»

Esa foto es la imagen que tiene de su padre. Un hombre de 27 años con un traje celeste. Un militante de la Juventud Trabajadora Peronista (JTP), que ingresó a Molinos en 1973, y según algunos testimonios, pudo haber sido parte de Montoneros. Aunque Analía no tiene certezas: “No cuento con nada orgánico como para confirmarlo”.

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Su padre fue desvinculado “por abandono de trabajo” y no hubo ningún tipo de indemnización. Su madre salió a trabajar y ella y sus hermanos quedaron bajo el cuidado de su abuela, quien los crió en Guernica. El barrio donde creció y de donde también es el testigo clave que declarará en octubre.

Alguien que salía a las cuatro de la mañana, como lo hacía su papá, para tomarse “la chanchita” hasta Avellaneda. Alguien que entraba todos los días a la planta de Molinos a las seis, al igual que su papá. Alguien que, esa mañana de julio, fichó su ingreso; mientras que su papá era separado del grupo y secuestrado. Alguien que vivía a tres cuadras de la casa de la infancia de Analía. En una de esas calles del barrio que Analía recorrió en busca de testigos. Justo en esa casa que quedó excluida de las tardes de timbreo que Analía hizo para buscar ex obreros o testigos. Esas casas en las que buscaba respuestas sobre lo que le pasó a su papá y en las que no encontró nada.

El tiempo es vital en este tipo de causas porque los posibles responsables y los testigos fallecen. Como es el caso de Fermín González, que logró escapar de uno de los varios operativos de secuestro que sufrieron los obreros. Y por el lado de los posibles imputados, uno también estaría fallecido.

“El juicio lo vemos bastante lejos aún, pero uno la esperanza no la pierde”, dice Analía. Quién con 44 años ya no cree en la magia. Y no se detendrá hasta completar el rompecabezas con el que busca justicia.

AUNO 26-09-2018
GS-AFG

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