La pluma de Adrogué que capturó la argentinidad

La muerte del dibujante criado en Almirante Brown vuelve a poner a sus personajes en el centro de todas las miradas, tal como sucedió durante el Mundial ’78, el regreso de la democracia, el descreimiento de la política antes y después del estallido de 2001. Un repaso por la vida del artista que, a través de sus viñetas, logró sintetizar la idiosincrasia de toda una nación.

Lomas de Zamora, mayo 8 (AUNO).- Clemente llora. Murió su creador, Carlos Alberto Loiseau, más conocido por el seudónimo que adoptó para maravillar a miles de argentinos con sus dibujos: Caloi. El dibujante, nacido en Salta hace 63 años, pasó la mayor parte de su vida en Adrogué, donde concurrió al Colegio Nacional, del cual egresó en 1966, año en que comenzó a colaborar con los principales medios gráficos del país como las revistas Tía Vicenta y Siete Días.

Un año más tarde se mudaría a Burzaco y tiempo después establecería su casa y su estudio en José Mármol, donde elaboró las tiras del Mundial ’78 y la aparición titiritesca en televisión en 1982 de uno de los dibujos que mejor representa la argentinidad. En la localidad que lo albergó durante años, en la plazoleta de las calles Mitre y Diagonal Brown, se erige desde 2006 un monumento a su más célebre personaje, hecho por Fernando Rusquellas, quien realizó los muñecos que pasaron a tres dimensiones a los personajes en el debut televisivo de Clemente.

Durante aquella jornada, en la que una plazoleta pasó a ser el hogar de su creación más querida, el caricaturista afirmó a AUNO: “Estoy contento de que en este barrio donde crecieron mis hijos de carne y hueso, ahora quede este hijo que nació en el papel”. Además, mostró la alegría de saber que una imagen de su personaje “quede entre amigos”, y aprovechó para explicarle a esta agencia uno de los tantos aspectos autobiográficos que plasmó en aquel monigote: “Clemente es un personaje del absurdo que tenía los valores con los que uno se crió, cuando la calle era el lugar donde uno se criaba y hasta pudo cumplir su sueño: por eso creé a la Mulatona”.

La capacidad para cosechar sonrisas en los lectores fue algo que, en medio de las recurrentes crisis que suelen azotar al país, agradecieron y recordarán por siempre. En alguna oportunidad declaró que “Clemente fue famoso en momentos tristes de la Argentina”, en referencia a la aparición del personaje durante el Mundial disputado durante la última dictadura militar, cuando el personaje contradecía al relator oficial José María Muñoz y le dio el visto bueno a los miles de espectadores a desatar la locura con una simple acción que denostaba a la Junta Militar y demostraba el descontento popular: tirar papelitos. La creación de Caloi fue pura idiosincrasia y se notó en los papelitos que el viento desparramada en cada uno de los partidos de la selección comandada por el Flaco Menotti, y que contaba con jugadores de la talla de Kempes, Fillol, por sólo nombrar al de arriba y al de abajo del equipo.

El cartel luminoso de la cancha de River fue, además de las viñetas, uno de los lugares donde Clemente vociferó por medio de luces su “Tiren papelitos, muchachos”, que le pidieron los trabajadores de la empresa que se encargaba de indicar los cambios de jugadores, así como también las publicidades. “Muñoz, Muñoz, Clemente te cagó”, gritaban en los estadios los simpatizantes en referencia al “duelo” que mantuvo Caloi con el relator que, en su rol de cómplice, rogaba: “No hay que tirar papelitos, porque ensucian la cancha y vamos a dar la imagen de un país sucio”.

Otro de los momentos en que el entrañable Clemente fue centro de todas las miradas se remonta a las elecciones que se disputaron meses antes de la crisis del 2001, en las que muchos votantes lo convirtieron en la primer caricatura en obtener un cargo público ya que, al no tener brazos, iba a estar imposibilitado de meter la mano en la lata. Al respecto, el humorista sostuvo que la situación “responde al desencanto con la política y a lo absurdo que resulta para la gente la actitud de los políticos”, y destacó que “la gente quiso responder de una manera humorística al absurdo que plantean algunas cosas de la política, ya que Clemente no es un animal, no es un ser humano, es un personaje del absurdo”.

“En los momentos más difíciles, el humor se hace más necesario por lo menos el de los profesionales, cuando por ahí falta un poco en la calle, la gente busca el humor que hacen los humoristas”, sostuvo en una entrevista para tratar de encontrarle una explicación al por qué del salvataje apoteótico que hace Clemente a la sociedad argentina cada vez que la vacas son flacas y las caras largas.

La Mulatona “un ser polentón y amorenado, pleno de ritmo, que a fuerza de contoneo y desencadenamiento automático de terremotos cardíacos y corporales, desalojó a la fina mujer aristocrática”. Mimí, “una canaria de crianza como ella, que tuvo que soportar a un hincha de Boca, a veces con pulgas, que a la vez le derretía el corazón a romanticismo puro”. Así, Caloi, por medio de finos trazos, puso sobre el papel una situación que consideró “todo un símbolo del cambio sociopolítico”. Jacinto, Bartolo, Dolínades, Tarzán, Clementina, por nombrar algunos, acompañaron al personaje sin brazos a lo largo de sus peripecias, en las que comía aceitunas y hablaba con pulas y “hormiguitis”.

Las viñetas que ilustraron miles de ediciones de diarios se caracterizaron por tener una jerga propia, en la que Clemente y su tropa nacionalizaba toda palabra extranjera, caracterizó: “Un rápido peloteo de inglés, francés, tilingadas varias y diferencias de jerga generacional”.

Asimismo, el cúmulo de personajes no se limitaba a los del mundo de Clemente, sino que en cada revista dominical de Clarín desde 1973 su sección de humor gráfico Caloidoscopio desató carcajadas entre los lectores que deliraban con los chistes que abarcaban temáticas variadas que iban desde los deportes hasta la teología, pasando por filosofía y política.

Sin embargo, su faceta humorística no sólo la volcaba en el papel, hablando a través de sus creaciones, sino que también sabía cómo hacer reír personalmente. En 2004 la Asociación de Ex-Alumnos del Colegio Nacional de Buenos Aires le entregó el Premio al Mérito en Humor Gráfico, ocasión que aprovechó Caloi para despertar carcajadas: “Me premian por lo mismo que me echaron cuando estaba en cuarto año”. Y, al recordar a un profesor de Literatura de aquella institución, volvió a cosechar risas y aplausos: “Yo dibujé un Quijote y, al verlo, me puso el único diez de mi paso por aquí”.

La muerte suele poner en un pedestal a cientos de seres humanos que, paradójicamente, en su paso por la vida terrenal, no dejaron un buen recuerdo. Sin embargo, Caloi dejó en sus 63 años muchas viñetas que lo enaltecen como una de las plumas que supo capturar y sintetizar en un chiste el ser nacional, la idiosincracia de una nación que lo tomó como estandarte en los momentos más oscuros. Es por eso que con el fallecimiento de Carlos Alberto Loiseau se van muchas cosas, se va un humorista, se va un exponente del dibujo, pero quedan los trazos que dieron vida a sus personajes. Todo aquel argentino que hoy lamenta su muerte seguramente rió con las humoradas y las historias de Clemente y, a pesar de que el dolor en el pecho es profundo, muchos esbozan una sonrisa que agradece el legado de tinta que expresa mejor que cualquier tratado sociológico la forma de ser de un argentino.

PT-AFD
AUNO-8-5-2012

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