Vivir frente a un centro clandestino de detención

Una parte de la sociedad acompañó el golpe de Estado de 1976. Otra resistió. Y otra calló. ¿Cómo y por qué pudo funcionar un centro clandestino de detención en medio de un barrio del conurbano? AUNO habló con los vecinos que vivieron durante ese período de la historia negra de la Argentina frente al Pozo de Banfield.

Lomas de Zamora, marzo 23 (AUNO).- “No se veía nada anormal, se vivía tranquilo, salvo cuando entraban camiones con gente”, recordó uno de los vecinos del Barrio 420 que durante la última dictadura militar vivió frente al Pozo de Banfield, rodeado de policías armados que lo intimidaban, gritos y tiros que venían “desde adentro” y militares de civil que lo vigilaban.

A 31 años del inicio de esa etapa, hoy se puede acceder caminando sin ningún problema a la casa de los “vecinos del Pozo”, pero Aida —que con la condición de preservar su apellido fue la primera en abrir sus puertas a Auno— comentó que, durante la dictadura, el acceso a su casa estaba vallado y custodiado por policías que no dudaban en apuntar a la cabeza de quien no los escuchara.

“Una vez no me dejaron pasar, ¡y yo estaba en mi casa! Me apuntaron con una ametralladora y me dijeron: ‘No puede entrar’. Le contesté: ‘Yo vivo acá, no soy chorro’. Vivo acá, en el barrio”, reiteraba la mujer como con temor de que la “confundieran”. Hasta no tardó en aclarar que “si yo hubiese sido chorro o extremista, ya lo hubiera matado a usted, o usted me hubiese matado a mi”.

“No sospechábamos nada. Uno se guiaba por lo que ellos (los miembros de las bandas policiales y paramilitares que operaban en ese centro clandestino) decían. Y decían que eran ‘extremistas’, pero no sabíamos lo que se hacía”.

Los vecinos y el Pozo siguen allí, en Vernet y Siciliano, a dos cuadras de Camino Negro y Rodríguez, en Banfield; sólo que ese edificio que garantizó la “seguridad” del complejo de torres bajas de departamentos hoy es un vetusto y fantasmagórico emblema del terrorismo de Estado.

PROHIBIDO ABRIR LAS VENTANAS”
Frente a ese lugar que hasta hace poco dio cobijo a la Brigada de Investigaciones de la Policía Bonaerense está el Edificio Dos, “donde estaba prohibido abrir las ventanas” agregó la mujer.

Entre ladridos de su perro que le hicieron levantar reflexionó sobre una terrible situación: “Lo del boleto”, dijo, “acá hubo muchos chicos” como ésos, los de La Noche de los Lápices, que en uno de sus traslados pasaron por allí.

De hechos como éste, los vecinos coincidieron en que se enteraron después, que no se imaginaban lo que pasaba, que “eran cosas de no creer” y que ni sospecharon años atrás, cuando vieron cómo se construía ese edificio.

Desde ese punto cero donde se levantaron los cimientos de un monumento a lo inhumano, el cronista avanzó hasta la actualidad, donde ese lugar se quiere transformar en un espacio de memoria y cultura.

-Aida, ¿le gustaría que se haga un centro cultural donde estaba el Pozo?
-Mirá, a mí una biblioteca ni fu ni fa. Nosotros, dentro de todo podíamos dejar los coches afuera cuando estaba la Brigada. A mí no me hicieron nada. A lo mejor puede ser que a otras personas les hayan lastimado parientes. Pero a nosotros no.

BUENOS MUCHACHOS
La casa de Aida quedó atrás, también las rejas que custodian el miedo palpable de ese barrio de monoblocks y a través de las cuales se la puede ver cosiendo un saco para su nieto.

Cerca de allí vive Coca, que vio cuando construían “la seccional”: “Cuando vine, en 1968, todavía no estaba”. Pero para cuando quedó construida e instalada, ya con la dictadura en el poder, la mujer se había puesto un kiosco donde iban a comprar “los muchachos”, los miembros de las fuerzas de seguridad.

“Se vivía bien, normal. Sabía bajo cuerda lo que pasaba porque yo tenía el negocio y los muchachos de ahí nos compraban cosas. Decían, por ejemplo, ‘hoy vino el médico’… Eran muchachos sencillos, no sabíamos lo que hacían ahí adentro”, recordó.

Igual que Aida, la kiosquera de “los muchachos” crió a sus hijos en el barrio: “Los chicos jugaban, iban a caminar, a patinar por ahí a la vuelta; no se veía nada anormal, salvo que entraban camiones con gente que decían que eran presos políticos”.

Por un momento, mientras recordaba “lo tranquilo” que fue el barrio por entonces, Coca dejó la vista fija en el techo durante un rato, hasta que respiró y comentó: “Hay gente que dice que supuestamente agarraron chicos (niños), pero a mí nunca me pasó. Igualmente, ellos sí sabían al dedillo lo que hacías, pero no por cosas políticas porque tratábamos de no hablar nada de eso”.

“Durante un tiempo estuvimos vigilados. Hasta que se dieron cuenta de que no había nada extraño; hicieron muchas cosas malas, pero a nosotros nunca nos tocaron.”

Después del saludo de despedida, Coca siguió su vida y en el camino del cronista se cruzaron de nuevo las rejas del 420 y el caminito de piedra que une todos los edificios, por el cual se puede acceder también al Edificio Dos, aquel en el que Aida había comentado que obligaban a cerrar las ventanas.

“LA LIMPIEZA DE CHORROS HAY QUE HACERLA”
Frente a esos edificios, al lado del Pozo, Cacho tiene el almacén hasta donde su amigo Bernardo se acercó a tomar mate y quedó dialogando con Auno.

“Se vivía mal porque los tipos estaban ahí”, dijo señalando la esquina de entrada a los monoblocks. “Te tenías que bajar (del auto), pedirles permiso y te decían que no podías pasar. Todos los días, de noche, de día, de tarde. Cuando venían los camiones te hacían cerrar las ventanas y sacar los coches. Cuando salías a laburar a las 4, había un Torino parado en la esquina y te apuntaban con el arma desde el lado del acompañante.”

Bernardo pidió que no lo “escrachen” con su apellido y recordó que “en cada esquina había una cosa (garita) para espiar desde arriba, y en el medio de la esquina un redondel de cemento con un guardia adentro. En esa época mandaban ellos, vos no podías levantar la voz. El que estaba en ‘orsai’, chau. No tenían problema”.

Al cabo de unos minutos, el vecino concluyó que esos hombres “fueron los únicos que hicieron limpieza”, aunque reconoció que “un poco se les fue la mano, porque limpiaban lo bueno y lo malo”.

Con tono calmo, remató: “Después de que se fueron, no había carros en la calle. Yo trabajaba en la Capital y no veía un carrito ni a un ciruja. Ahora te pasan a degüello por dos mangos. Lo único en que insisto es que los milicos hicieron cosas malas, pero también buenas, porque a la limpieza de los chorros hay que hacerla. Eso sí, hubo gente a la que jodieron porque mataron al padre, a la madre…”

El cronista volvió caminando a su barrio (que no está a más de dos cuadras de donde entrevistó a Coca, Aida y Bernardo) pensando que se debía esa charla con sus vecinos, con los que vivieron de cerca aquella historia de sólo 31 años atrás. Tal vez, los ojos que entonces no vieron podrán permanecer años sin sentir lo cercano que estuvo el dolor y los gritos que no se sintieron en un barrio entero.

NL-AFD
AUNO-23-03-2007

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