Una historia hecha con retazos de recuerdos

Basada en la obra de la dramaturga canadiense Carole Fréchette, _La piel de Elisa_ pone en escena un relato cargado de detalles explícitos que erizan las emociones del espectador.

Por Daniela Rovina y Gisella Gatta

Lomas de Zamora, agosto 13 (AUNO).- La historia de Elisa es epidérmica. En ella los límites de la piel no se restringen únicamente a su función orgánica. Es el mapa, la frontera de un cuerpo, pero también es el motor del relato y la hoja en blanco sobre la que se escribe la hazaña que emprende esta mujer aquejada por un extraño mal: el crecimiento irrefrenable de la piel. Sobre las líneas propuestas por su autora, la dramaturga canadiense Carole Fréchette, La piel de Elisa lleva a escena una alianza en la que monólogo estremecedor se potencia con la acción del cuerpo (la dermis) en un juego compensatorio que no mezquina nada a la imaginación.

Bajo la dirección de Ignacio Catoggio, coprotagonista de la obra protagonizada por Lorena Damonte, La piel de Elisa pone escena un desafío, el de relatar en primera persona historias de amor propias o prestadas con las que se intenta seducir la imaginación de los oyentes como paliativo para ese extraño padecimiento. Una receta que el personaje de Catoggio revela a Elisa en su desesperación detener el desarrollo cutáneo.

Uno tras otro, los recuerdos se caen a borbotones de la boca de Damonte, en una interpretación que se vale del cuerpo y la palabra por igual para transmitir, provocar e interpelar al espectador. En su afán de encarnar cada sentimiento en el público, el relato pinta un fresco con detalles puntillosos que permiten experimentar y sentir a flor de piel la felicidad, el amor, la madurez de una mujer y la desmesura de la pasión en todas las historias que cuenta Elisa y que se convierten en imágenes vivas y tangibles.

Las siete u ocho historias, raccontos de episodios soñados o anécdotas de alguien más, que retrata Elisa acto a acto no tienen más relación entre sí que sus tramas de amor y erotismo en carne viva que, a fin de cuentas, no conducen a ningún lugar en concreto, crónicas inconexas que, ante todo, proponen a quien ve y escucha embarcarse en un viaje de sensaciones y placer sin demasiada pretensión de una reflexión profunda.

Lo que en el escenario se escatima (luz, escenografía, recursos visuales) se compensa en la actuación. A media luz y con escasas proyecciones y sonidos abstractos, la claridad del relato se logra con lo que los actores dicen y hacen. En cada diálogo logran traducir (verbalizar) sentimientos, toda una sintomatología interna que impregna la piel de quien se entrega al relato.

Los movimientos precisos que se encarnan en el cuerpo de Elisa se potencian en cada palabra. Porque es a través de ellas que se pellizca la piel del espectador hasta provocar algo, cualquier sensación que confirme que los límites de la piel no son los mismos que los del cuerpo.

DR-GRG-AFD
AUNO-13-08-12

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