La intensa vida de Darío Santillán: “Sabían a quién mataban”

A ocho años de la “Masacre de Avellaneda”, AUNO ofrece una semblanza de Darío Santillán, quien junto a Maximiliano Kosteki fue asesinado en una represión durante el gobierno de Eduardo Duhalde. Su padre y su hermano hablaron de la infancia de Darío, de sus inquietudes adolescentes y del temprano compromiso que asumió en la lucha contra la injusticia social.

“Desde que estaba en el jardín, Dari se destacaba. Las maestras me decían que tenía una inteligencia más elevada de lo normal”, cuenta con nostalgia Alberto Santillán sobre su hijo, para hacer con AUNO una semblanza de ése joven que junto con Maximiliano Kosteki fue asesinado en una represión policial efectuada durante el gobierno de Eduardo Duhalde, y que pasó a la historia como “La masacre de Avellaneda”, de la que hoy se cumplen ocho años.

Varios años más tarde, ese niño ya convertido en un adolescente empezó a acercarse a la militancia social mientras cursaba tercer año de la secundaria. “Lo que lo convocó fue el rechazo a las políticas educativas neoliberales”, recuerda Leonardo, su hermano.

Cuando empezó a conocer las problemáticas educativas, también se fue interiorizando sobre otras situaciones conflictivas, como las carencias de los chicos que viven en las villas.

Por esos años de la adolescencia comenzó a dar apoyo escolar junto algunos compañeros de su escuela en el barrio 11 de agosto, de Quilmes, y a realizar otras actividades solidarias. “Con 15 años llamaba y decía ‘esta noche no voy a casa porque me voy a ayudar a los inundados’, ejemplificó su padre. Y destacó que “siempre era el primero que iba a la iglesia a ayudar o que iba manguear a los supermercados y almacenes para armar ollas populares”.

Alrededor del año 2000 salió a militar en el barrio donde vivía, que era Claypole. En ese año, se integró al Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD) de Almirante Brown que recién nacía. Había un gran problema de desocupación en la zona y él apostaba por que los vecinos sean impulsores de sus propias políticas. Leonardo resaltó que “el laburo principal que fomentó fue la toma de conciencia por parte de los vecinos para que salgan a la calle a solucionar sus problemas. Y eso era algo nuevo en el barrio”.

En Claypole formó parte del armado de un centro comunitario que tenía un comedor y un ropero popular. Además, trabajó en crear una pizzería para generar trabajo desde el MTD. Sobre todas las actividades que su hijo fomentaba, Alberto cuenta que “jamás se vanagloriaba de lo que hacía. Nunca venía a decir ‘yo hago esto o hago lo otro’”.

En mayo de 2001, Darío decidió irse al barrio La Fe, en Lanús. Allí se encontró con un lugar “con demasiada exclusión; más golpeado que Calypole”, explica Leo. Su padre agregó que en esa decisión “eligió dejar su casa donde tenía ciertas comodidades, para irse a vivir a un lugar con mucha pobreza”.

“Cuando los vecinos lo vieron no entendían qué hacía ese ‘pendejo’ metido entre ellos. Un pibe con secundario completo, que entendía computación y algo de inglés. Era un bicho raro para ellos”, describió Alberto.

La lucha por la vivienda era un tema central del barrio, como así también la falta de alimento en los comedores comunitarios. Darío ayudó en la coordinación de varias tomas de tierras y encabezó la última que se hizo antes de su asesinato. Él también buscaba tener su terreno y construir su casa allí. También encaraba los reclamos por la falta de presupuesto para los merenderos y comedores barriales.

Por otra parte, estaba armando con sus compañeros una “bloquera”. El objetivo era fabricar bloques para que los vecinos puedan construir sus casas ya que la construcción de viviendas se dificultaba por los altos costos.

Con todo ese compromiso en el barrio “se ganó el respeto de los vecinos y lo han llegado a amar, porque él sentía propia esa falta de derechos de la gente humilde”, destaca Alberto. “A veces me encuentro con ‘las doñas de La Fe’, como las llamaba Darío, y me cuentan cómo lo extrañan, porque él las cuidaba”, narra orgulloso.

Al describir a Darío, tanto su padre como su hermano desbordan de gratitud. Sobre su hermano, Leonardo reflexionó: “Ya a los 17 años tenía la conciencia de dónde estaba parado y entendía muchas cosas que nosotros recién hoy entendemos”. Y además reconoció que “no sólo tenía un gran carisma y una buena formación. Lo principal es que fue consecuente entre sus actos y lo que decía”.

En esa dirección su papá enfatizó que “las palabras son lindas, pero en una situación límite se ve si hacés lo que decís y eso lo demostró en su último acto de vida”. Y es que “Darío tenía una actitud de desprotegerse a si mismo para cobijar al otro”.

Sobre ese compromiso último que tuvo antes de morir, Alberto relató: “Se quedó con Maxi aunque no lo conocía, porque era un compañero que se desangraba. Levantó su mano y dijo ‘loco paren que el pibe se está muriendo’. Igual le dispararon. Pero por lo menos le pudo dar dignidad a la muerte de Maxi, porque no murió solo; él tuvo las manos de mi hijo apretándolo”.

A modo de confesión, el hombre reconoce que “generalmente los hijos aprenden de sus padres, y algo aprendió de su madre y de mí. Pero él me enseñó lo que es la dignidad, el respeto y el orgullo”. Por eso, cuando lo mataron, “pegaron donde más duele. Sabían a quién mataban; sabían que era un pibe con un potencial terrible para luchar”.

A sus 22 años, Darío Santillán fue ejecutado por un policía, el 26 de junio de 2002 en la estación de Avellaneda mientras socorría a Maximiliano Kosteki, el otro militante social que estaba herido de bala por disparos que efectuó otro efectivo de esa fuerza estatal.

Kosteki también murió ese día. Ambos participaban del corte del Puente Pueyrredón encabezado por una decena de organizaciones sociales. Los movimientos piqueteros reclamaban al gobierno de Eduardo Duhalde aumentos en los subsidios para los desocupados, mejoras en la educación y la salud de los barrios más humildes y además se solidarizaban con la persecución que sufrían los trabajadores de la fábrica recuperada Zanón.

LR-AFD
AUNO-26-06-10

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