La crónica de una mañana de espera frente al Centro de Recepción

“Le vengo a traer ropa porque hace una semana que está con la misma”, comentó Celia*** a otra de las madres que, como ella, espera el comienzo del horario de visita para ver nuevamente la cara de su hijo internado en el Centro de Recepción de Menores de Lomas de Zamora. La diferencia entre las […]

“Le vengo a traer ropa porque hace una semana que está con la misma”, comentó Celia*** a otra de las madres que, como ella, espera el comienzo del horario de visita para ver nuevamente la cara de su hijo internado en el Centro de Recepción de Menores de Lomas de Zamora. La diferencia entre las dos es que no era la primera vez que Celia estaba ahí.

Vive en el barrio San José, en Temperley, tiene 56 años y tres hijos, Natalia* es una y la acompaña en la cola para ver al otro, a Jesús, el pibe de 15 años encerrado tras los muros y alambrados tapados con lonas que bordean el Centro.

“Mirá que yo le decía, yo le decía. Pero él no, no me hacía caso”, dice mientras la otra mujer empieza a interesarse por el relato. “Esa noche, un cana lo agarró contra la pared y él gritaba ‘me quedo con mi vieja’; pero al final no hubo caso, se lo llevaron nomás por andar con ‘malas juntas’”, recuerda Celia.

Para recordar mejor, Celia enciende un cigarrillo, y tras suspirar una humareda relata lo que esa madrugada le avisó un oficial de la comisaría de su barrio luego de que firmara la autorización para internar a Jesús: “Si su hijo sale, yo lo ‘boleteo’”.

La mueca en la cara de la otra mujer, que iba a visitar por primera a su único hijo, le hizo dar cuenta que ella esperaba precisiones sobre la vida adentro. Entonces, Celia abrió la bolsa que llevaba en la mano y explicó: “Esto es lo máximo que le podés traer: tres paquetes de galletitas y una bolsa de palitos, papitas o chizitos. Si fuma, no le traigas más de tres atados porque no pasan”.

“Eso sí, le podés traer frazadas y abrigos. Traéselas porque adentro se cagan de frío. Los tienen todo el día encerrados y salen cada tanto. Decí que por lo menos comen bien, la comida es de primera”, rescató Celia.

“¿Y no le puedo traer un diario?”, preguntó la otra madre. La respuesta fue: “No, ellos están como aislados, no saben nada de lo que pasa afuera”. Luego explicó que, en rigor, el contacto de los pibes con “la vida afuera” se da una vez por semana, en llamados telefónicos de entre cinco y siete minutos.

La última vez que Jesús la llamó, preguntó por la hermana y la sobrina. “Es raro, porque no te preguntan ‘¿qué va a pasar conmigo?’. Al revés, me trata de tranquilizar. La última vez me contó lo que hacía, pidió ropa y frazadas, y dijo que adentro ‘está piola’. Pero yo no sé.”

La conversación entre las madres había hecho que la hora de espera se alivianara. Cuando Celia miró su reloj, cayó en la cuenta de que en 20 minutos más se reencontraría con su hijo, al que puede ver no más de tres horas los sábados o los domingos.

Las mujeres levantaron las miradas mientras el guardia del Centro de Recepción de Menores lomense se acercaba a la reja que hace las veces de puerta de ingreso para abrirla. Entonces, Celia se puso de pie, dejó atrás el árbol que la resguardaba del frío, quitó el cigarrillo de su boca y lo arrojó al piso.

  • Los nombres han sido cambiados.

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