El día que Temperley fue un bandoneón

Cientos de personas se manifestaron a favor de la cultura callejera en la estación de Temperley. Fue luego de que efectivos de la Policía Federal echaron de allí a Rubén, el bandoneonista que acompaña con su música el paso de los trenes. Fotos: Juan Dias

Jonathan Habrat

Lomas de Zamora, octubre 15 (AUNO)- Una gorra con un escudo de Independiente empieza a girar de mano en mano, mientras el bandoneón suena de fondo. Algunos entre la multitud acompañan con cantos en voz baja, al ritmo de la música. La gorra se pasea entre la gente. Minutos después retorna, con muchos billetes adentro. “¡Está pesadita, eh!”, exclama alguien. En su interior, predomina el color violeta. Rubén, el bandoneonista de la estación de Temperley, sonríe al verla volver. Pero el que más sonríe es el dueño de la gorra, Hugo, desde su silla de ruedas. Dice el músico que esta tarde compartirá su premio con su amigo, que siempre lo acompaña en sus shows urbanos.

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El lunes 9 de octubre siete efectivos de la Policía Federal habían removido a Rubén, mítico bandoneonista de la estación de Temperley, del lugar desde donde hace más de seis años toca su bandoneón.

El desalojo:

La noticia se difundió en la semana a través de las redes sociales e impactó a toda la comunidad local, con miles de reacciones, comentarios y compartidos que se replicó después en los medios de comunicación. Por eso se gestó un festival abierto a la comunidad en respaldo al músico y al arte callejero.

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“Estación Temperley – Abierta e inclusiva”. Una de las banderas colgadas en el sector que sirve de acceso a los andenes 1 y 2 es la referencia para lo que en minutos será un escenario. La cita es abierta y los autoconvocados comienzan a colmar las escaleras del lugar, lentamente. Se miran los rostros con gestos de impaciencia. Esperan al anfitrión. Uno de ellos pega un cartel en la pared: “El arte callejero no es delito”.

Son las 14:41 cuando Rubén llega, entre aplausos, a la estación de Temperley: el lugar desde donde “suele brindar sus conciertos, de lunes a sábado, de 18 a 20. La de hoy es una jornada particular, por eso va a tocar su bandoneón desde tan temprano.

“Les agradezco a todos de corazón. Gracias por haberme apoyado”, manifiesta Rubén. Apoya luego su banqueta marrón y saca el bandoneón de su estuche. Se sienta, desliza sus manos sobre el fuelle y se acomoda. Mira al público una vez más y sonríe, antes de empezar la ceremonia.

“Para todos los presentes: vamos a tocar el himno del tango, ¿qué puede ser?”, pregunta Rubén. “¡La cumparsita!”, se escucha del otro lado con certeza, en la unión a coro de algunas voces. La gente se amontona en la estación. Cuando empieza la música, algunos se animan a bailar en los pasillos. Decenas de celulares registran el ritual, hasta los de empleados del Ferrocarril. La terminal desborda de aplausos, cantos y risas. El lugar va quedando cada vez más chico. ¡Traigan puentes, traigan plazas! Que el arte inunda y rebalsa. Que la música llena los corazones que cruzan la estación de Temperley. Que hay Rubén para rato, porque este barrio es su casa.

De pronto, suena Carlos Gardel al sur del conurbano bonaerense. Las primeras melodías de “Por una cabeza” son reconocidas al instante y hasta un joven se anima a cantar a la par del músico. En medio de la canción otro vozarrón sube por las escaleras y el público se abre como el Mar Rojo: ahora cantan a dúo y abrazan a Rubén mientras entonan las estrofas. Conexión total en la improvisación.
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Entre tangos y vals, la interpretación del bandoneonista va llegando a su fin. La gente lo aclama. El músico levanta las manos y sonríe. “Quiero agradecerles a todos. Mi gente está acá”.

Al finalizar la interpretación de Rubén en la estación, una mujer toma la palabra y destaca “que no hay mal que por bien no venga”, pese al contexto triste de la situación, y remarca la importancia del evento. Finaliza su discurso reclamando la aparición con vida por Santiago Maldonado. El público aplaude. Rubén también.

“Este ataque es constante acá en Temperley. Están queriendo cerrar el puente, sacar a los vendedores ambulantes, están queriendo sacar el arte del puente que nos pertenece. Por eso nos pareció importante hacer la actividad acá para ganar el espacio y ahora vamos a la plaza a seguir disfrutando de Rubén y de todos los que quieran sumarse”, señala Flavia Miranda, una de las impulsoras del evento, al terminar.

Los espectadores se trasladan en caravana a la Plaza Espora, frente a la estación y la función prosigue desde allí, donde Rubén se encuentra con otros músicos. Guitarras, panderetas, charangos, tambores, teclados y hasta un violonchelo acompañarán sus notas arrabaleras hasta el final de la jornada, entre mates y fotos.

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“No voy a dejar de tocar nunca acá. Esta es mi casa, mi familia. Me han ofrecido mucha plata en otros lugares. Pero no puedo dejar de tocar acá. Este es mi lugar en el mundo”, dice Rubén, que ahora sabe que no está solo.

AUNO 15-10-2017
JH-AFG

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