“El borde es muchas veces lo único que existe para transitar”

Luis Sanjurjo, docente universitario y músico, ofrece talleres de lectura, pensamiento y expresión para los reclusos de unidades penitenciarias de Ezeiza y Marcos Paz. Allí también edita la revista En Los Bordes Andando (ELBA), donde se publican textos escritos por sus alumnos privados de la libertad.

Guillermo Corbalán

Lomas de Zamora, junio 19 (AUNO).- Las cárceles son conocidas como lugares donde los individuos pagan sus delitos. Son habituales las noticias e historias de motines y asesinatos; y hasta un programa de televisión se encargó de mostrar la compleja y estereotipada realidad en la que viven los reclusos. Pero no todo es violencia, injusticia y muerte en las unidades penitenciarias, allí también hay espacio para el pensamiento y la libertad.

Suena paradójico, pero en las unidades 31 de la Cárcel Federal de Ezeiza y la 26 de jóvenes adultos de Marcos Paz, los presos tienen la oportunidad de reflexionar y de expresar sus ideas. Es que allí existen talleres de lectura, pensamiento y expresión. “En los bordes andando” (ELBA) es un proyecto a cargo del profesor Luis “Chino” Sanjurjo, que en 2009 fue convocado para dictar clases.

Sanjurjo es docente en la Universidad Nacional de Buenos Aires, donde dicta Filosofía en la carrera de Comunicación Social. Además, lidera una banda de reggae: Pléyades Reggae Foucaulteano, que va por su segundo disco de estudio. La alusión al filósofo Michael Foucault forma parte de la impronta que le puso el “Chino”. Por eso, no es casual que en la tapa de su primer disco esté la imagen del intelectual francés.

En la sala de ensayo de la banda, ubicada en la localidad bonaerense de Guernica y a minutos de que arranque con la música, Sanjurjo cuenta cómo llegó a dictar clases en las unidades penitenciarías y explica su punto de vista sobre la realidad de los chicos y chicas detrás de las rejas.

-¿Cómo le llegó la propuesta para dictar estos talleres?

-A fines de 2008 empezó el taller a pedido de unas de las pibas, que era la bibliotecaria. Ella sostenía que quería fomentar la lectura entre las mujeres que estaban ahí. Le parecía que había una barrera para acceder a lecturas más complejas, ya que los libros que se salían, en su mayoría eran de autoayuda. Ella pidió si se podía hacer un taller de lectura acompañada y una amiga mía, que trabajaba en la Secretaría de Justicia me comentó y dije, sin pensarlo demasiado y no con poco temor, por supuesto. Al principio el espacio estaba pensado por tres semanas solamente.

-¿Qué sintió cuando llegó?

-Cuando llegué, descubrí que había seres humanos ávidos de conocer y con mucho sufrimiento a cuestas. Me hizo visualizar la injusticia. Y dije que si puedo aportar algo, hacer que esa gente recupere su voz y, como decía Foucault, pasar a ser objeto de información para ser sujeto de comunicación y por lo tanto tener algo para decir, dije que sí, me cayó la ficha. A veces uno pierde la noción de lo que es tener una vida e incluso de aquellas cosas más pequeñas. Pequeñas cosas que te hacen tener dignidad.

-Arrancó en la cárcel de mujeres de Ezeiza, ¿cómo llegó a Marcos Paz?

-En abril de 2009 publicamos el primer número de nuestra revista “En los bordes andando” con textos hechos por las pibas. Esa publicación llegó de manera fortuita, por medio de una madre, a uno de los chicos y ellos dijeron que necesitaban algo similar. Y me ubicaron y me llamaron. Era uno de los pibes el que me lo estaba pidiendo y fui. Y a partir de ese momento empecé en Marcos Paz. En la revista ELBA editamos todos los textos que los chicos y las chicas producen en los talleres.

-¿Cómo es su relación con los chicos?

-La experiencia en taller me marcó. Me pasó al revés, antes hablaba mucho y me ayudó a crecer y a darme cuenta de que lo importante no es hablar mucho, sino decir algo. Y decir algo implica la economía en el lenguaje, algo que es común en el arte. Para mí no es sólo una experiencia a nivel personal, sino a nivel artístico. En 2010, después de dos años de la experiencia en el taller, pude generar un encuentro entre el proyecto artístico y esta veta. Me di cuenta de que llevando la música había un arma muy potente, muy poderosa. Cuando presentamos el número dos de la revista se me ocurrió llevar a la banda, armamos una jornada con comida y juegos. Tocamos y se generó algo increíble con la banda y los chicos. Y les propuse a las chicas escribir la letra de una canción, que después se convertiría en el himno del taller. La letra fue escrita por las mujeres, cada una puso una frase con la idea de lo que significa para ellas andar en los bordes, porque muchas veces el borde es lo real que uno tiene para transitar. El borde es muchas veces lo único que existe para transitar.

-¿Cómo ve la educación en las cárceles?

-El sistema tiene sus recovecos: la clave de todo es la educación. Paradójicamente, se da que la gente en las cárceles accede a la educación pero hasta cierto nivel, primario y secundario. Hasta ahí. No hay un verdadero acceso a la formación universitaria. Yo tengo chicos que se anotaron en el UBA 22, que es un programa a distancia para personas privadas de su libertad, y les llegaban apuntes de otras cátedras, de otras materias. ¿Podés creer que había tipos que los bochaban? No por el hecho de estar preso lo tenés que aprobar pero, ¿qué piensa un sujeto que no puede entender la complejidad de la experiencia de esa persona? Sobre todo, siendo profesor universitario, que sabe cómo es el sistema universitario y cuál es el valor del conocimiento que se produce en el campo académico. Un tipo que sienta a un pibe, que sabés que estudió con los apuntes de otra cátedra, ¿cómo puede ser que no tenga ningún tipo de contemplación frente a eso? Podrá ser académicamente incorrecto lo que digo, pero es lo que pienso y siento.

-¿Ve alguna diferencia entre sus alumnos universitarios y los chicos del taller?

-En este país se han hecho muchas cosas para recuperar el derecho a la educación pública y gratuita. En la UBA, por ejemplo, uno puede encontrar gente bastante heterogénea, pero fundamentalmente de clase media. Aún hoy es un espacio al que no pueden acceder los chicos de las clases populares acá y en todo el mundo. Pobres y jóvenes es una combinación explosiva, son las poblaciones generalmente más impactadas por las situaciones de desigualdad. La UBA es un lugar al que no pueden acceder los pibes con los que yo me encuentro, que le dan vida a estos talleres. Por supuesto que se han abierto universidades que están más apuntadas a la gente de las clases populares. De hecho, muchos estudiantes son de primera generación. Hay temas que están atravesados por cuestiones de clase: el que nunca pasó hambre no sabe lo que es el hambre; el que no pasó una situación que ve que el viejo de uno no vuelve y no vuelve, no sabe lo que es ser desamparado. No justifico nada. Nada justifica los hechos de violencia, pero hay que entender que detrás de todo delito hay una razón social. Mi experiencia me dice que cuando un pibe tiene una oportunidad de generar algo, hay que dársela. Acá estamos hablando de igualdad de oportunidades. En los talleres la gente toma la oportunidad que se le está dando, que no ha tenido en su momento y la hace una herramienta de construcción de vida. Frente a esto, la universidad tiene que tener un sentido que debe volver a la sociedad. Quienes llegan a la universidad pública son privilegiados.

-Si pudiera explicar en una frase qué significan estos talleres, ¿cómo los definiría?

-Condensarlo en una frase es muy difícil, pero pienso que se resumiría en el valor que implica luchar siempre, hasta que uno no tenga aliento. Y luchar por las causas que uno considera justas. Cuando la causa tiene que ver con hacer del mundo un lugar más justo, mejor. Y siempre de la mano de algún amigo, de un hermano que está ahí, que es fruto de algo que uno cultivó con paciencia, con amor y con compromiso.

*Alumno de la materia Taller de Periodismo Gráfico

AUNO 19-06-13
GC-AFG-MFV

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