Borges y el coraje, a propósito de un homenaje

Borges escribió también un homenaje a los soldados que fueron a pelear a Malvinas. Se halla en el libro Los Conjurados de 1985. En 36 versos homenajea a un soldado anónimo del interior del país. Está allí uno de los reiterados motivos del escritor: El coraje.

Horacio Raúl Campos

Lomas de Zamora, mar 17 (AUNO) – Borges, en sus últimas creaciones, escribió también sobre la guerra entre argentinos y británicos por la soberanía sobre las Islas Malvinas.

Está en una poesía de 36 versos a la que le puso como título ‘Milonga del muerto’ y que forma parte de su último libro Los Conjurados (1985) e incluido en sus Obras Completas. La composición está en línea con la visión de mundo borgeana que dejó en todos los géneros a los que apeló.

Leemos allí el motivo del sueño, harto usado en otros escritos; después el encierro entre paredes y puertas. Porque Borges siempre ‘observa’ desde una casa, con rejas, aljibe, patio y una biblioteca con libros ingleses. Le da miedo salir porque afuera están los orilleros y los guapos de cuchillo llevar.

El poema empieza así: “Lo he soñado en esta casa / entre paredes y puertas”.

Ese permanente juego para borrar fronteras entre el mundo de la experiencia real y la ficción está en los primeros cuatro versos: “Dios les permite a los hombre / soñar cosas que son ciertas”, escribe en los versos 3 y 4. Esas cosas supuestamente ciertas del sueño comienzan después a ser un poco más referenciales: “Lo he soñado mar afuera / en unas islas glaciales”.

Pero como Borges no puede son su genio, el homenaje no es colectivo, aunque la dedicatoria a un soldado anónimo del interior del país pueda ser leída como tal: “Una de tantas provincias / del interior fue su tierra”.

Se hallan también alusiones a la histórica manía de la leva de soldados y a la colimba que aquí está unida con ese antiguo modo de hacerse de un contingente militar por la fuerza: “Lo sacaron del cuartel, / le pusieron en las manos / las armas y lo mandaron / a morir con sus hermanos”.

Los procedimientos fosilizados del ambiente castrense y especialmente de las temporadas anuales del servicio militar obligatorio no escaparon a los versos de ‘La milonga del muerto’.

Era tradicional que a los ciudadanos que apenas ingresaban para cumplir con ese servicio se les entregasen un rosario blanco de plástico y después, varias semanas después, el arma, como una forma de uniformar aunque más no fuese en forma provisoria: “Les entregaron a un tiempo / el rifle y el crucifijo”. Del soldado anónimo se pasó a un colectivo anónimo. Las armas y la religión como soportes no sólo material, sino simbólico.

La ideología tradicional conservadora contempla armas, religión y estancias como elementos simbólicos y de la realidad económica y política que se unieron en la construcción de la patria.

Otro de los tantos lugares comunes de Borges no podía faltar. El motivo de la imposibilidad permanente, equivalente a una ausencia de movimiento como propuesta conservadora.

El soldado con rifle y crucifijo, no con fusil, sino con rifle como se usaba en las contiendas bélicas del siglo XIX, estaba condenado de antemano: “Oyó las vanas arengas / de los vanos generales / Vio lo que nunca había visto, / la sangre en los arenales”.

El coraje

Las últimas tres estrofas están surcadas, si vale la pobre metáfora agrícola, por un caro tema borgeano: la cuestión del coraje, que está también en todos los géneros que utilizó Borges para dar a conocer su visión de mundo: poseías, cuentos, ensayos y declaraciones periodísticas en diarios, revistas, televisión y radio.

En alguna parte de los doce versos finales de esa poesía hay un inocultable aroma a las líneas finales del cuento ‘El Sur’, en que Juan Dahlmann, a pesar de su cobardía, no le queda otra que empuñar con firmeza “la daga desnuda que vino a caer a sus pies” y que había sido arrimada por un “gaucho extático” para enfrentar al “compadrito de cara achinada” que lo desafía con un cuchillo largo.

“Sintió que si él, entonces, hubiera podido elegir o soñar su muerte, ésta es la muerte que hubiera elegido o soñado”, escribe el narrador sobre los deseos de Dahlmann casi al final de ese famosos cuento.

“Borges invirtió años en mitificar ese tipo de valor, declarando casi inequívocamente que él no lo tenía”, escribe Juan Gelman.

Los versos finales de ‘La milonga…’ dicen: “Él sólo quería saber / si era o si no era valiente. / Lo supo en aquel momento / en que le entraba la herida. / Se dijo ‘No tuve miedo’ / cuando lo dejó la vida”. Y finaliza en primera persona: “Nadie se asombre / de que me dé envidia y pena / el destino de aquel hombre”.

a – Gelman, Juan, ‘Borges o el valor’ en Antiborges, Buenos Aires, Javier Bergara Editor, 1999. (Compilador Martín Ernesto Laforgue)

b – Borges, Jorge Luis, ‘Milonga del muerto’, en Obras Completas, Buenos Aires, Planeta, 2010, páginas 539-540.

c -_ Ibídem_, ‘El Sur’, páginas 562 y ss.

AUNO 17-03-12
HRC

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