Usos y abusos

Se reeditó la novela de Carlos Portell y Julio César Falcioni. El presidente y el entrenador, con diferentes estrategias, tironearon del cariño de la gente, se aprovecharon de su poder y siguen jugando al desconfío, con Boca como tercero en discordia. Sellaron una tregua, pero ya no habrá vuelta atrás. Una modalidad que en el club es moneda corriente.

Mariano Verrina

Lomas de Zamora, noviembre 30 (AUNO).- El gobierno de Carlos Portell en Banfield vivió, vive y seguramente vivirá condenado a los extremos. Dividido en etapas y marcado a fuego por el destino de la pelota, el ciclo del mandamás del “Taladro” se tornó cada vez más verticalista, cuestión que deberá ser calificada positiva o negativamente por el socio. Lo que es verificable e ineludible es la manera poco ortodoxa que tiene de proceder a la hora de tomar decisiones vitales para el interés futbolístico de la institución.

No es la primera vez que se abre el cabaret en Banfield. Basta con retroceder un poquito la cinta y recordar el patético tratamiento de los casos de doping positivo que les detectaron a Walter Erviti y a Federico Sardella, en la revancha de los cuartos de final de la Copa Libertadores de este año, frente al Inter, en Brasil. Un perfecto recorte del “todo pasa” grondoniano para manchar con una pátina de dudas, especulaciones, rumores y declaraciones cruzadas, una situación de la que aún no se conocen responsables. Mientras, Erviti sigue reclamando una aclaración que no llega y que podría mutar en transferencia como para olvidar el mal trago.

El médico del plantel, Gustavo Ríos, eligió el silencio; el director técnico, Julio Falcioni, defendió a sus jugadores pero nunca se expresó como responsable del grupo y Portell, como máxima autoridad, evadió el asunto. A micrófono abierto dejó que el agua corriera bajo el puente mientras se interiorizaba de las posibles medidas que podría tomar la Conmebol. El 18 de octubre, minutos antes del fallo que amenazaba con una dura sanción (mínimo de seis meses) y que finalmente derivó en una amonestación para ambos jugadores, Portell aseguró no estar al tanto de lo que iba ocurrir y, ante las consultas periodísticas, se mostró desentendido y desinformado. Raro, ¿no?

El del doping era el último caso de desprolijidades… hasta la semana pasada. Más atrás quedaban las confusas negociaciones en las ventas de decenas de jugadores y las salidas turbulentas de Carlos Leeb, Juan Manuel Llop y Jorge Burruchaga. Hasta el propio Falcioni se había ido por la puerta de atrás, luego de un (primer) ciclo brillante. Los casos de Santiago Silva, primero, y Roberto Battión, después, también echaron leña al fuego.

Acaba de reeditarse la novela Portell-Falcioni. Una pareja por conveniencia que hizo uso y abuso de sus funciones. Se reconciliaron cuando más se necesitaron y llegaron al impensado clímax con la consagración que está por cumplir un año. Nunca encajaron. A pesar de la tregua que intentaron sellar el lunes tras la práctica en Luis Guillón, no habrá vuelta atrás. Tironearon el cariño de los hinchas, jugaron al desconfío con la ingrata impunidad del poder que poseen.

Cada cual lo hizo a su manera. Falcioni eligió callar. Asegura no haber tenido contacto alguno con el entorno de Boca, algo que a esta altura resulta poco creíble. La estrategia de Portell fue más cruel: apuntó al desgaste y a ensuciar al entrenador a través de los medios de prensa que son genuflexos con su gestión. Acercar la espada y arrinconar contra la pared es la táctica que eligió el dirigente.

Pero horas después de que Claudio Borghi decidiera dejar Boca, fue el propio presidente de Banfield el que dejó las puertas abiertas a la negociación. “Se puede arreglar con un resarcimiento económico”, avisó por televisión, ante la posibilidad de poder cortar el contrato que Julio César mantiene con el “Taladro” hasta mediados de 2012. Aquí hay otra repetida fórmula. El escándalo y la mediatización salpicaron de manera cotidiana el mandato de Portell. El tire y afloje obliga a tratar de buscar culpables e inocentes. En este caso, se terminó el manoseo porque Falcioni se metió en el barro y decidió dar pelea. Para ese entonces, ya estaban todos ensuciados.

¿Tan extraño resulta que el entrenador desee dirigir a Boca, después de dos intentos frustrados? ¿Cuál es la estrategia –si es que la hay, si no es inoperancia- de Portell para llevar cada asunto al extremo? ¿Por qué siempre debe merodear la traición en torno a una decisión? La histeria colectiva obliga al análisis urgente, a las conclusiones rápidas y a sentencias vertiginosas que pueden caminar, con el tiempo, hacia el arrepentimiento. Basta con recordar que muchos hinchas insultaron a Falcioni cuando decidió irse en su anterior ciclo. A la vuelta, fue el maestro mayor de obras de la vuelta olímpica en Primera División.

En una semana Banfield recibirá a Boca. El morbo se vestirá de gala en el Florencia Sola. Será el último partido como local en el certamen y, en consecuencia, podría ser el último del “Emperador” en el banco que más cómodo le sienta. La opinión del hincha, queda claro, está atada a una veleta (remitirse al citado caso de Falcioni) y se mueve al compás de la pelota. Lo grave es el escenario que se encargaron con o sin intención de preparar. Rumores, especulaciones, medios zonales y funcionales, acusaciones, rencores…

Julio César Falcioni, el mejor entrenador en la historia de Banfield, vive sus últimos días en club. Salvo que ocurra un brusco cambio de rumbo, será el director técnico de Boca a partir de 2011. Nobleza obliga a que su final sea feliz.

AUNO-30-11-10
MV-LDC

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