La sed es de Justicia

Dirigida por Claudia Eichenberg, _Sed_ muestra un vínculo entre un hombre y una mujer que no es claro hasta el final. La obra aborda el período más nefasto de la historia argentina. El sábado se presentó en el marco de La Noche de los Teatros.

Florencia García Alegre

Lomas de Zamora, septiembre 30 (AUNO).- A las 21.10 todavía hay fila en la puerta de 14 de julio 142. La sala del Teatro de las Nobles Bestias, con capacidad para 130 personas, está completa, según indica la directora de Sed, Claudia Eichenberg. Los espectadores que se suman se acomodan en el suelo.

Así, el Teatro de las Nobles Bestias da inicio a su primera función en el marco de La Noche de los Teatros. Esta obra, con actuaciones de Carolina Roblero y Daniel Bastias, es otro ejemplo de la sed de Justicia latente en todas las producciones de este teatro de Temperley (_Por mis alas_, Juana de América, Feudo de sangre).

Una voz en off cuenta que su abuela le decía que no deje de bailar, que se abstraiga bailando. Una luz clara se enciende sobre un banco, lo único que hay en escena. Más adelante está ella, estirándose. Ya en la voz de la actriz, comienza otro testimonio.

Sed es una obra que va mostrando el vínculo entre un hombre y una mujer en circunstancias que no quedan claras sino hacia el final de la obra. Un hombre de traje irrumpe en la escena. Ella le pide agua y, de fondo, se escuchan gotas que no dejan de caer hasta el final de la función. Él trae planteos: le cuenta que fue a ver a la vieja y que se enteró que ella tenía un novio antes de entrar “ahí”. Ella no tarda en desesperarse.

En cada escena, la misma luz alumbra siempre el mismo banco. El hombre le trae regalos. Ella sólo quiere agua: el pedido no cesa porque nunca es satisfecho. La viste, la peina, la calza y la maquilla. Ella se deja. A simple vista, son una pareja, quizá amantes. El poder que ejerce él sobre ella aparenta ser grande. “Hacé lo que quieras conmigo, pero salvame”, suplica ella arrancándose el vestido y después el corpiño. Él la abraza. “Quiero que tengas una vida normal”, le dice. El vínculo continúa difuso hasta la última escena.

Apenas se escucha la respiración de los espectadores. La lleva a cenar. El restaurante está armado a la derecha del escenario con una mesa y dos sillas. Él se describe como un tipo decente, la deja llamar a la vieja y ella agradece. Ella se desmaya. Salen a tomar aire. Más cerca del público, simulan estar en la Costanera. Ella le dice que el Río de la Plata se ve tan oscuro que “ni la luna se refleja en él”. Le dice que la ama, que se quiere casar, aparenta afligirse. “¿No ves que estoy muerta?”

Cada acción es esencial: a lo largo de la obra, el espectador reconoce que la historia aborda el período más nefasto de la Historia argentina. La voz en off cuenta que él, que se hacía llamar “Doctor Fernando”, era en realidad Marcelo Ledesma. Que lo conoció mientras a ella la torturaban con picana.

El relato de la voz extraña se mezcla con la voz de la actriz. Una luz blanca se enciende sobre ella, de espaldas al público, que habla ante lo que el espectador deduce como un tribunal. Sólo en la última escena se confirma la premisa que, con datos difusos, el espectador fue armando. Sólo al final, la historia expone su verdadera dimensión.

Sed destruye la diferencia siempre clara entre el bueno y el malo. El hombre que le ofrece “una vida normal”, que se aparece con regalos y noticias de la vieja, que le consigue un trabajo en la Cancillería… ese hombre torturaba en el centro clandestino en el que ella estaba cautiva. El hombre que se jacta de ir a la Iglesia para expiar sus pecados es un genocida.

Ella cuenta que, en la mesa de tortura, él le tapó el corazón y le ordenó a los verdugos que cesen, que no la podían matar porque la necesitaban. Que cuando él visitó a la vieja averiguó sobre su novio. Que su novio fue arrojado al río que ni la luz de la luna refleja.

Pide un vaso de agua. Ella no dejó de tener sed en toda la historia. Sed de justicia, quizá. Apagón, el último. Silencio absoluto. El público no aplaude hasta que el operador de luces y sonido se anima a empezar. Entre abrumados y sorprendidos, los espectadores aplauden durante minutos. Una luz se enciende sobre los dos actores que, abrazados, dicen “nunca más”. Los aplausos no cesan.

AUNO-01-10-2014
FGA-MDY

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