La (dis)continuidad de los barrios

La cuadra de Cortázar tiene suntuosos carteles que gritan que allí vivió el escritor, pero lo que dicen evidencia lo que quieren ocultar. Tal vez vivió en “Rodríguez Peña 585, Banfield”, pero no, ese barrio muy paquete de ahora, donde los nenes de papá manejan autos caros y los perros son de raza y andan con correa, no es donde creció el autor de ‘Deshoras’.

Facundo Rodríguez Saura

Lomas de Zamora, agosto 22 (AUNO) – El invierno moribundo poco a poco da paso a la primavera y el día es de esos que uno quiere que duren para siempre, esos en los que el sol acaricia con ternura de amante. Huele a jazmín, romances precipitados y alegría infantil. Pero la cuadra del barrio donde Cortázar vivió en Banfield, en Rodríguez Peña al 500, está vacía, sin un alma en la calle.

Muerta. Hay un silencio inquietante, interrumpido sólo por el aleteo seseante de las torcazas, por su ulular misterioso. ¿Vive alguien en esta calle? Las casas son monstruosas, chalets hermosos y enormes pegados uno al lado de otro, compitiendo en altura como torres de Babel modernas.

En aquellos hogares donde no hay paredones tapando el frente se puede ver un jardín delantero verde, lleno de flores y arbustos. Pero, de nuevo, ¿dónde está la gente? Ni un sonido humano sale detrás de las murallas medievales que ocultan las casas, nadie se ve detrás de esas rejas que de tan grandes parecen hechas para detener gigantes. Hay autos muy lujosos estacionados en las calles. No hay señales de hormigas ni mamboretás. Tampoco de tigres.

La cuadra de Cortázar tiene suntuosos carteles que gritan que allí vivió el notable escritor, pero lo concreto es que lo que dicen a gritos evidencia lo que quieren ocultar. Cortázar nunca vivió allí. Sí, tal vez vivió en una ubicación geográfica denominada “Rodríguez Peña 585, Banfield”, pero no, ese barrio muy lindo y muy paquete de ahora, donde los nenes de papá manejan autos caros, las MILF se pasean con shorcitos y musculosas ajustadas, y todos los perro son de raza y andan con correa, no es donde creció el escritor.

El barrio que describía Cortázar contaba “con pequeños faroles en las esquinas, una pésima iluminación, que favorecía el amor y la delincuencia en proporciones más o menos iguales”, como lo describió en una entrevista. No. Este barrio no es propicio ni para el amor ni para la delincuencia. Con sus casas-fortaleza y sus garitas de seguridad cada dos esquinas, parece más propicio para la indiferencia. En definitiva, un ambiente de famas más que de cronopios.

Aparecen los cronopios

Es la farmacia menos farmacia que uno pueda imaginar. Es un museo con ibuprofeno. Una caja de recuerdos que busca resistir el olvido. Hay una fragancia a resina de violín, a historia, que lo impregna todo, desde su dueño, Emilio Giraldez, hasta la armadura medieval que hay en el centro.

Está en Berutti, esquina Castro, y allí, además de remedios, uno puede ver fotos antiguas de Banfield y Lomas, barriles añejos que tienen inscripciones como “harina de mostaza” o “VENENO. Arseniato de potasio”, publicidades del mitad del siglo XX, libros usados y en los estantes donde en las farmacias ordinarias deberían estar los remedios, hay frascos enormes que alguna vez habrán albergado pócimas extravagantes.

Emilio me golpea el hombro amistosamente, y orgulloso me invita. “Vení, pibe, mirá esto que te va a encantar”. Me muestra una foto de una casa vieja, que poco se parecen a las que vi en el barrio hasta entonces. Las casas actuales tienen una altura igual o mayor al ancho del terreno. Dos, tres pisos.

Esta tiene un piso, es más bien rectangular y horizontal. Con un porchecito con dos columnas, y unas ventanas altísimas, pero angostas. Adelante, nada de rejas y paredes, un cerquito. “Es la casa de Cortázar, debe ser la única foto que queda, ¿Qué te parece?”. Me quedo boquiabierto. La foto parece cobrar vida, se entrelaza con el relato de los vecinos, todo empieza a dar vueltas… adiós siglo XXI.

Banfield en la primera mitad del siglo XX

Relatos orales de Emilio Giraldez, Horacio Roldán, y María del Carmen de Alonso, vecinos históricos banfileños cuyo abolengo se remonta al origen mismo del barrio.

La farmacia Grieco está allí, en esa misma esquina. Tiene más edad que Julio. Se mantiene el empedrado de las calles, pero a unas cuadras, sobre Tucumán, empieza el barro y las calles de tierra.

Los chalets gigantescos desaparecieron. En su lugar, están las típicas casas chorizo, esas casas antiguas que eran largas y llenas de pasillos. En el futuro habrá por cada cuadra cinco luminarias públicas de mucha potencia para alejar la oscuridad. En el barrio de Cortázar hay tres farolitos, uno en cada esquina y uno en el centro, de una potencia irrisoria: 100 watts.

Clac, clac, clac. Los cascos del caballo resuenan en los adoquines. El carro del lechero hace su recorrido habitual. Primero para en la dársena que está en French y la estación, de culata. Del tren bajan los tarros de lata que contienen la leche.

Deben tener más de veinte litros. Sudorosos hombres se esfuerzan en subir los recipientes al carro, que queda justo a la altura de la estación. Con el producto cargado, el lechero pasa casa por casa. Los vecinos le dejan sus botellas para que se las rellene, de acuerdo a cuanto necesiten. Cuando termina, le chista al caballo y sigue camino.

Un desfile de vendedores pasa por el barrio. El pescador, el que vendía hielo, el carnicero, el heladero. El que vendía pizza se pasea con la enorme masa en la cabeza. Una mujer exhibe sus productos de mercería en una esquina. El barrio se autoabastece. Hay una carbonería en Pasaje Lobos y Rodríguez Peña, porque muchas casas tienen hogares a leña y necesitan aprovisionarse.

La noche banfileña tiene varios lugares donde despejarse. En French y Alem hay un bar oscuro que nunca duerme y que huele a humedad. La vereda es de pizarra, lajas grises, grandes y como hundidas, gastadas por el tiempo.

La acera soporta la caída de muchos malandras que, intoxicados de alcohol, la bautizan con sus efluvios. El bar recibe el sobrenombre de “El vómito”, que es legendario, además de por sus ebrios, por tener más de 5 mesas de billar. Acá Emilio, jugador poco hábil, rompe sin querer un taco contra una de las mesas de pool, y debe huir de los furiosos dueños. Mientras Horacio esquiva bultos humanos de la vereda del bar para llegar a su casa.

Otra opción es ir a ver una película al cine Maipú —que se convertirá en teatro—, o ir a tomar algo a La Guillermina —que se transformará en un conjunto de dúplex—, en Rodríguez Peña y Alem, que tiene una pérgola con glisina bajo la cual se puede beber cerveza.

De cronopios y de famas

El barrio antiguo se disuelve y vuelve la farmacia, el reducto de recuerdos vivos. Allí me encuentro con los vecinos históricos, que coinciden en que los cambios en el barrio no son sólo edilicios. Son, sobre todo, humanos.

“La diferencia que encuentro ahora es el trato con los vecinos”, puntualizó a AUNO María del Carmen Calvar, una señora de 82 años de mirada dulce y hablar cándido. “Antes el barrio era solidario, si uno estaba enfermo lo acompañaban”, explica. “Empezaron a morirse algunos” de los vecinos más antiguos, “a mudarse hijos que habían quedado y las casas se fueron echando abajo y empezaron a construir otros chalets. Y fueron viviendo para adentro”, finaliza con la voz apagada.

“Acá se ha mudado gente que tiene los portones corredizos, sale con los autos con vidrios polarizados, y no sabemos quién vive enfrente desde hace tres años. No les conozco la cara”, describe Horacio Roldán, vecino de Banfield desde que nació, que culpa al individualismo de esa actitud porque “todo el mundo desconfía del de al lado porque es un posible competidor”. Rememora nostálgico los tiempos en los que, como en los cuentos de Cortázar, los parques daban a otros parques.

“En esa época había un intercambio constante de cosas, se vivía en contacto con los vecinos más que con la familia. Venía la familia de al lado y pasaba la fuente con ravioles, por supuesto amasados por ellos. Porque no había paredes, había cerco”, cuenta Horacio. Emilio, el boticario, aporta que casi todas las casas tenían gallinero (otra coincidencia con un cuento de Cortázar, “Los venenos”) y que quién tenía aves se acercaba al vecino y le regalaba una docena de huevos.

Pero la solidaridad no está muerta, está quizás anestesiada en esas cuadras lujosas, allí hay explosiones de antiguos resabios de confraternidad, puntuales. Pero para María del Carmen, dos cuadras más al fondo de Alvear todavía es barrio. “Incluso nos conocemos algunos desde chicos, pero sigue siendo el charlar en la vereda, en el comercio, donde está”.

Ante la frialdad de la calle, vacía de niños jugando, los vecinos recuerdan cuando “salían un ratito a la puerta”, ese acto de juntarse con amigos, andar en bici, jugar un picadito con la barrita del barrio, a las figuritas… Los carnavales, el jugar los grandes y los chicos al agua. Emilio, más pícaro, rememora sus pequeños actos de vandalismo cuando hacía puntería con la gomera usando como blanco a los faroles de la calle.

La farmacia parece resistir el paso del tiempo, allí dentro todavía reina un clima como el que vivió Cortázar. Horacio, María del Carmen y Emilio son ejemplos de la supervivencia de esos parques que, aún con el paso del tiempo, están abiertos.

AUNO 22-08-14
FRS-HRC

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