Cuando la inclusión hace a la inclusión  

Diego García Tortosa logra todos los objetivos que se propone. Se convirtió en el primer jugador de tenis adaptado en convertirse en profesor avalado por la AAT. Trabaja en el club Banfield y en la Municipalidad de Lomas. Y ahora sueña con jugar un torneo convencional.

Mariano Bargach

Lomas de Zamora, abril 20 (AUNO).- Si hubiera un reconocimiento al esfuerzo, la paciencia, la tenacidad y la voluntad, Diego García Tortosa sería sin dudas un candidato ideal para quedarse con todos los premios. Diego tiene una doble amputación que lo obliga a usar silla de ruedas, pero esta dificultad física no le impidió ser el primer jugador de tenis adaptado en convertirse en profesor, con el aval de la Asociación Argentina de Tenis. Hoy da clases en el club Banfield, donde “todos son bien recibidos”, incluso quienes no pueden pagar la clase.

“Todo lo que hago es a pulmón”, cuenta Diego y hace con una mueca con la boca mientras toma un café en el buffet del club. Llega a las 10 para comenzar el entrenamiento media hora después. Planifica cada día de la semana porque le gusta tener todo organizado y que nada quede librado al azar.

A lo lejos, entre el polvo de ladrillo de la cancha, se ven tres jóvenes que trotan de un lado al otro, en busca del calor necesario para sus músculos, a la espera de la clase que está por comenzar.

“Cuando empecé a jugar y tuve la idea de ser profesor, recibí muchos comentarios negativos. Me decían que no iba a poder y, menos aún, sin el apoyo de la Asociación Argentina de Tenis. Hice todo y más también”, se jacta.

Sus alumnos lo miran y lo escuchan con atención. La clase es distendida. “¿Adónde la mandaste?”, se lo oye decir entre carcajadas. Pero, seguidamente, Diego da su explicación técnica: “Tenés que cerrar más el golpe y agarrar la pelota a la altura de la cintura. Cuando impactás, tirá el cuerpo hacia delante”.

Enseña, corrige, demuestra y ejecuta. Se divierte y disfruta. “Miren que al final de la clase jugamos un dobles. ¡Ojo que tengo un eje nuevo en la silla, eh!”, grita con un tono desafiante.

“Hay muchas personas que me reconocen y valoran el esfuerzo que hice para llegar hasta acá y, otras que, por diferentes motivos, buscan ponerme trabas”, advierte. Además de dar clases, trabaja para la Secretaría de Deportes de la Municipalidad de Lomas de Zamora en el área de inclusión social.

Tras un descanso de tres minutos, y antes de comenzar el partido, Diego aclara que va a jugar con Patricia para hacer un dobles mixto y hacerlo “más inclusivo todavía”.

La diferencia más significativa con el tenis convencional es que al jugador en silla de ruedas se le permiten dos piques de pelota, es decir, tiene que pasarla del otro lado de la red antes de que toque el suelo por tercera vez. La silla se considera “parte del cuerpo” y todas las reglas que se aplican al cuerpo de un jugador también se aplicarán a la silla de ruedas.

El partido, a un set, finalizó 6 a 2 a favor del equipo del “Profe”, aunque este dato es lo de menos. “Soy como un caballo de carreras al que le ponen el ‘blinker’ para que únicamente mire hacia adelante. Jamás miro al costado y nunca me doy por vencido”, se describe inflando el pecho. Y agrega que tuvo que “cambiar el chip” para ser profesor, porque “uno como jugador quiere ganarle al otro. En cambio, como profesor, quiere que el otro se supere para ganarte”.

Ninguna barrera lo detiene. Rompe las reglas y desafía a la vida. Y se dirige decidido hacia su próximo objetivo: quiere anotarse en un “torneo de dobles para convencionales” porque “no hay ninguna cláusula en el reglamento de la AAT que prohíba anotarse a alguien en silla de ruedas”. Si lo hicieran, advierte, sería discriminación. Su idea es “innovar” y ser el primero en competir en un torneo convencional.

“¿Qué haces, Dieguito?” . “¿Cómo estás, genio?”. Cada persona que pasa por las cercanías de la cancha lo saluda. “Si se habla de Diego García es por un reconocimiento al esfuerzo o a la inclusión, en los policiales todavía no salí…”, desliza con humor, mientras abre sus brazos colocando las palmas de sus manos hacia arriba.

“Lo importante es que a uno lo reconozcan por los hechos y las cosas que hizo. Por la semilla que deja en el camino, porque los recuerdos son lo más tangible para el ser humano”, dice con voz firme, al tiempo que sus alumnos asienten con la cabeza.

Donde se pueda hacer inclusión, él está. Aprovecha cada oportunidad como si fuera la única. “Todo lo que hago lo hago en mi nombre, el club me presta las instalaciones pero yo no cobro un peso. Puedo darles clases a los que no pueden pagar y yo los ayudo para que puedan hacer tenis”, resume.

Diego es un ejemplo para muchos. Dentro y fuera de la cancha. Es que, fruto de su esfuerzo, le ganó a la vida misma en set corridos.

AUNO 20-04-16
MB-MFV

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