Cortázar y un tal Alberto Castillo

El relato ‘Gardel’ de Julio Cortázar describe la nostalgia por la década del veinte y por el paraíso “perdido” ante la emergencia de un nuevo sujeto político: el peronismo. Allí está el desprecio escrito en la Revista _Sur_. Establece una civilización o barbarie tanguera.

Horacio Raúl Campos

Lomas de Zamora, noviembre 30 (AUNO).- Julio Cortázar escribió un relato que se titula Gardel y que está incluido en el libro La vuelta al día en ochenta mundos, cuya primera edición es de 1967, aunque el texto fue publicado por primera vez en el número 223 de la revista Sur, de julio/agosto de 1953.

Esa revista dirigida por la francesa Victoria Ocampo era una consumada representante de la “oligarquía literaria” (la frase es de Jorge Abelardo Ramos).

El relato fue escrito cuando en la Argentina estaba el segundo gobierno peronista que para el momento transcurría en medio de una aguda crisis política y de presiones internas y externas contra la gestión de Perón, que se iban acrecentando hasta el umbroso 55.

Entonces, en Gardel leemos un llanto por un paraíso perdido (como en Deshoras), desprecio por los trabajadores, nostalgia por la década del veinte, canto a un silencio bucólico con olor a Borges, la dupla silencio/ruido, machismo tanguero, gusto por cierto tango y el binomio supuestamente excluyente Gardel/Castillo.

Desde su autoexilio parisino, adonde se había marchado en 1951 molesto por los altoparlantes y los bombos que festejaban al Monstruo, Cortázar cuenta, en ese breve escrito, que en la Argentina se había perdido la “serenidad” del paraíso ahora invadido por un nuevo sujeto político y colectivo.

“Hasta hace unos días, el único recuerdo argentino que podía traerme mi ventana sobre la rue de Gentilly era el paso de algún gorrión idéntico a los nuestros, tan alegres, despreocupado y haragán como los que se bañan en nuestras fuentes o bullen en el polvo de las plazas”, inicia su relato.

Si existe un elemento simbólico imposible de digerir para los escritores de la Argentina oficial vacuna, ese está configurado por el hecho de que la flamante negrada peronista metió las patas en la fuente de la Plaza de Mayo el día inaugural.

Cortázar prefiere los tordos en las fuentes como parte de un escenario bucólico, francés o argentino, sin ruidos y especialmente sin negros. Casi una estética surrealista al servicio de un nativismo conservador y reaccionario. Es tan obvia la elección del pájaro por su color, que no vale la pena explicar nada.

Porteños y provincianos frustrados

“Es más, atrás, en los patios a la hora del mate, en las noches de verano, en las radios a galena o con las primeras lamparitas, que él está en su verdad, cantando los tangos que lo resumen y lo fijan en las memorias”, escribe después con un inocultable lamento que se lee también en mucha poesía y prosa de Borges.

Después prosigue: “Los que crecimos en la amistad de los primeros discos sabemos cuánto se perdió de ‘Flor de fango’ a ‘Mi Buenos Aires querido’, de ‘Mi noche triste’ a ‘Sus ojos se cerraron’. Un vuelco de nuestra historia moral se refleja en ese cambio como en tantos otros cambios. El Gardel de los años veinte contiene y expresa al porteño encerrado en su pequeño mundo satisfactorio: la pena, la traición, la miseria, no son todavía las armas con que atacarán, a partir de la otra década, el porteño y el provinciano resentidos y frustrados”.

El tema de la inmigración interna, morena y de pelo duro, según la descripción del nacionalizado francés, es recurrente en su literatura. En ese fragmento la calumnia está bastante tamizada y no como en la novela El Examen u otros textos donde la ofensa se pasea a cielo abierto.

Es muy extraño que no pocos peronistas se desvivan por hacer homenajes o semanas destinadas a ese escritor, aunque jamás se dedica un día o un mes para analizar algunas de sus heces literarias con la profundidad que requieren las lamentables agresiones y racimos que sudan muchos de sus textos.

Están allí, entonces, claramente delineadas las deyecciones contra el peronismo. Alude a la década del 40, se queja angustiado por los profundos cambios en la política de la Argentina y ve que han quedado muy lejos los años veinte de los juegos literarios, pero también violentos de fusilamientos, represiones y persecuciones de trabajadores.

Es colosal esa referencia a un mundo perdido: “El Gardel de los años veinte contiene y expresa al porteño encerrado en su _pequeño mundo satisfactorio_”. Está claro que para ese tipo de escritores el pequeño mundo satisfactorio es la Argentina semicolonia y chacra de las potencias de aquellos tiempos.

“La audacia que Cortázar demuestra para narrar la otredad no tiene parangón en la literatura argentina del siglo XX”, asegura el escritor Rodolfo Edwards.

Ese mismo periodista y poeta asegura: “El campo cultural siempre se ha demostrado genuflexo ante el fulgor de los figurones del liberalismo y de la izquierda burguesa. Mientras tanto, el peronismo sigue siendo representado como una farsa de patanes que cubre la Argentina como una gran sombra funesta”.

Civilización y barbarie tanguera

La arcaica fórmula de civilización o barbarie siempre está a mano de odiadores profesionales. Así como Hegel armó una con animales: los de América son más débiles que los de Europa, Cortázar armó una con Gardel y Alberto Castillo.

Jamás se podrá decir que carecen de ingenio y por ese mismo motivo, entre otros, es difícil realizar crítica literaria en la Argentina, porque hasta los peronistas se enojan.

“Gardel crea cariño y admiración, como Legui o Justo Suárez; da y recibe amistad, sin ninguna de las turbias razones eróticas que sostienen el renombre de los cantores tropicales que nos visitan, o la mera delectación en el mal gusto y la canallería resentida que explican el triunfo de un tal Alberto Castillo”, escribe con mojigatería para el psicoanálisis.

José Pablo Feinmann escribe que “Castillo era el Gatica del tango (…) Se vestía para desafiar. No sería equivocado ver en ese desafío al buen gusto (destacado del autor) una característica fundamental del primer peronismo. Todo resultaba intolerable para la oligarquía. Todo era un mamarracho de mal gusto”.

Cortázar dice que “cuando Gardel canta un tango, su estilo expresa el del pueblo que lo amó. La pena o la cólera ante el abandono de la mujer son pena y cólera concretas, apuntando a Juana o a Pepa, y no ese pretexto agresivo total que es fácil descubrir en la voz del cantante histérico de este tiempo, tan bien afinado con la histeria de sus oyentes”. Es claro que prefiere el machismo gardeliano.

“La diferencia de tono moral que va de cantar ‘¡Lejano Buenos Aires, que linda que has de estar!’ como lo cantaba Gardel, al ululante ‘¡Adiós, pampa mía!’ de Castillo, da la tónica de ese viraje a que aludo. No sólo las artes mayores reflejan el proceso de una sociedad”, escribe Cortázar en ese mismo relato.

Gardel le canta a la hora de la espada

El sistema mediático, a través de un sembrado de varias décadas, impuso a Gardel como mito nacional en detrimento de otros artistas más dignos. El tanguero conservador de sonrisa fácil le cantó nada más y nada menos que al golpe de 1930. Ese ‘pequeño’ detalle es sistemáticamente ‘olvidado’.

La pieza para celebrar el derrocamiento de Yrigoyen y la llegada de Uriburu se titula ‘Viva la patria’. ¡Qué otro título podría tener! La letra es del poeta Francisco García Giménez y fue grabado el 25 de septiembre de 1930 por Gardel en homenaje al golpe de Estado del 6 de septiembre, que contó con el apoyo de los principales diarios. Como no podía ser de otra manera.

“La niebla gris rasgó veloz, el vuelo de un adiós / y fue el triunfal amanecer de la revolución / y como ayer, el inmortal mil ochocientos diez, / salió a la calle el pueblo radiante de altivez. / Ver un extraño el opresor cual de un siglo atrás, / pero en el mismo el pabellón que quiso arrebatar, / y al resguardar la libertad, del trágico malón / la voz eterna y pura por las calles resonó: ¡Viva la patria y la gloria de ser libre! (…)”.

A Cortázar le gusta ‘Mano a mano’: “(…) Tal vez prefiero este tango porque da la justa medida de lo que representa Gardel. El justo medio en que se inscribe para siempre su arte es el de este tango casi contemplativo, de una serenidad que se diría hemos perdido sin rescate”. Allí se lee otra vez el llanto en el 50 por algo así como un paraíso perdido que ubica en los primeros años de la Década Infame y en la del veinte.

“La letra, implacable en su balance de la vida de una mujer que es una mujer de la vida, contiene en pocas estrofas ‘la suma de los actos’ y el vaticinio infalible de la decadencia final”, dice el autor de Casa tomada. Es tan obvio lo que escribe allí que según él ‘la decadencia final’ está configurada por la irrupción del peronismo.

Bibliografía

Julio Cortázar, La vuelta al día en ochenta mundos, Buenos Aires, Siglo XXI, 2011, volumen 1, pp. 136-141.
Rodolfo Edwards, Con el bombo y la palabra. El peronismo en las letras argentinas. Una historia de odios y lealtades, Buenos Aires, Seix Barral, 2014, p. 327.
José Pablo Feinmann, Peronismo. Filosofía de una persistencia argentina, Buenos Aires, Planeta, 2010, volumen I, pp. 156-157.

AUNO-30-11-14
HRC-SAM

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