Arlt, Borges y clases dominantes

El escritor nunca trató de separar cultura de sociedad. Esa es la clave para leer debates sobre literatura de escritores argentinos. En un pasaje de _Respiración artificial_, los personajes polemizan sobre Arlt, Borges y Lugones; e inmigración. El primero es defendido. Esa misma postura, Piglia la reafirma en reportajes.

Lomas de Zamora, enero 6 (AUNO) – La escritura de Ricardo Piglia está totalmente alejada de las taras proferidas por los escritores que responden tanto en la ficción como en la experiencia de mundo real a “las clases dominantes” (la frase es del autor de Respiración artificial).

Piglia construyó otra escritora y en esa novela de los ochenta defiende en la ficción al autor de Los siete locos por encima de Borges, Bioy Casares y la oligárquica revista Sur, una postura que después ratifica en los géneros periodísticos.

Los personajes de Respiración artificial debaten: “A Sarmiento o a Hernández jamás se les hubiera ocurrido decir que escribían bien. La autonomía de la literatura, la correlativa noción de estilo como valor al que el escritor se debe someter, nace en la Argentina como reacción frente al impacto de la inmigración.

En este caso se trata del impacto de la inmigración sobre el lenguaje. Para las clases dominantes la inmigración viene a destruir muchas cosas ¿no? destruye nuestra identidad nacional, nuestros valores tradicionales, etc.

En la zona ligada a la literatura lo que se dice es que la inmigración destruye y corrompe la lengua nacional. En ese momento la literatura cambia de función en la Argentina; pasa a tener una función, digamos, específica.

Una función que, sin dejar de ser ideológica y social, sólo la literatura como tal, sólo la literatura como actividad específica puede cumplir.

La literatura, decían a cada rato y en todo lugar, tiene ahora una sagrada misión que cumplir: preservar y defender la pureza de la lengua nacional frente a la mezcla, el entrevero, la disgregación producida por los inmigrantes. Esta pasa a ser ahora la función ideológica de la literatura: mostrar cuál debe ser el modelo, el buen uso de la lengua nacional; el escritor pasa a ser el custodio de la pureza del lenguaje.

En ese momento, hacia el 900 digamos, dijo Renzi, las clases dominantes delegan en sus escritores la función de imponer un modelo escrito de lo que debe ser la verdadera lengua nacional. El que viene a encarnar esta nueva función del escritor en la Argentina es Leopoldo Lugones.

Lugones es el primer escritor argentino que, a diferencia de Sarmiento, Hernández, etc., cumple en la sociedad una función política exclusivamente como escritor. Es el poeta nacional, el guardián de la pureza del lenguaje.

Hace un rato hablábamos con Tardewski sobre el estilo de este hombre, así que no vamos a insistir. Pero lo que hay que decir es esto: Lugones cumple un papel decisivo en la definición del estilo literario en la Argentina. Los textos de Lugones son el ejemplo de qué cosa es escribir bien; él cristaliza y define el paradigma de la escritura literaria.

Para nosotros, decía Borges, vos te debes acordar Marconi, dice Renzi, para nosotros, se arrepiente ahora Borges, escribir bien quería decir escribir como Lugones.

El estilo de Lugones se construye arduamente y con el diccionario, ha dicho también Borges. Es un estilo dedicado a borrar cualquier rastro del impacto, o mejor, de la mezcolanza que la inmigración produjo en la lengua nacional.

Porque ese buen estilo le tiene horror a la mezcla. Arlt, está claro, trabaja en un sentido absolutamente opuesto.

Por de pronto maneja lo que queda y se sedimenta en el lenguaje, trabaja con los restos, los fragmentos, la mezcla, o sea, trabaja con lo que realmente es una lengua nacional. No entiende el lenguaje como una unidad, como algo coherente y liso, sino como un conglomerado, una marea de jergas y de voces.

Para Arlt la lengua nacional es el lugar donde conviven y se enfrentan distintos lenguajes, con sus registros y sus tonos. Y ese es el material sobre el cual construye su estilo.

Este es el material que él transforma, que hace entrar en “la máquina polifacética”, para citarlo, de su escritura. Arlt transforma, no reproduce. En Arlt no hay copia del habla.

Arlt no sufría de esa ilusión que abunda entre los escritores que rodean a Borges, como Bioy, Peyrou, el primer Cortázar, que por un lado escribían “bien”, pulcramente, con “elegancia”, y por otro lado mostraban que podían transcribir y copiar el habla pintoresca de las clases “bajas”.

El estilo de Arlt es una masa en ebullición, una superficie contradictoria, donde no hay copia del habla, transcripción cruda de lo oral. Arlt entonces trabaja esa lengua atomizada, percibe que la lengua nacional no es unívoca, que son las clases dominantes las que imponen, desde la escuela, un manejo de la lengua como el manejo correcto; percibe que la lengua nacional es un conglomerado.

Eso por un lado, dijo Renzi. Por otro lado, Arlt se zafa de la tradición del bilingüismo; está afuera de eso, Arlt lee traducciones. Si en todo el XIX y hasta Borges se encuentra la paradoja de una escritura nacional construida a partir de una escisión entre el español y el idioma en que se lee, que es siempre un idioma extranjero, basta ver la marca del galicismo en Sarmiento, en Cané, en Güiraldes para entender lo que quiero decir, Arlt no sufre ese desdoblamiento entre la lengua de la literatura que se lee en otro idioma y el lenguaje en el que se escribe:

Arlt es un lector de traducciones y por lo tanto recibe la influencia extranjera ya tamizada y transformada por el pasaje de esas obras desde su lenguaje original al español.

Arlt es el primero, por otro lado, que defiende la lectura de traducciones. Fijate lo que dice sobre Joyce en el Prólogo a Los Lanzallamas y vas a ver. De allí que el modelo del estilo literario ¿dónde lo encuentra? Lo encuentra donde puede leer, esto es, en las traducciones españolas de Dostoievski, de Andreiev.

Lo encuentra en el estilo de los pésimos traductores españoles, en las ediciones baratas de Tor. Y ése es el segundo material sobre el que se construye el estilo de Arlt: “jamelgo”, “mozalbete”, sus textos están llenos de eso, porque lo que los traductores españoles fijaban como cliché de traducción y como léxico, Arlt lo trabaja y lo transforma en materia prima de su escritura.

Arlt viene entonces desde un lugar que es totalmente otro lugar de ese desde el cual se escribe “bien” y se hace “estilo” en la Argentina. No hay nada igual al estilo de Arlt; no hay nada tan transgresivo como el estilo de Roberto Arlt. Pero hay más, dijo Renzi, y ya termino.

Ese estilo de Arlt, hecho de conglomerados, de restos, ese estilo alquímico, perverso, marginal, no es otra cosa que la transposición verbal, estilística, del tema de sus novelas.

El estilo de Arlt es su ficción. Y la ficción de Arlt es su estilo: no hay una cosa sin la otra. Arlt escribe eso que cuenta: Arlt es su estilo, porque el estilo de Arlt está hecho, en el plano lingüístico, del mismo material con el que construye el tema de sus novelas.

Por eso me dan risa los tipos que son condescendientes con él y dicen: Arlt es un gran escritor a pesar de su estilo; los tipos que piensan que cuando un escritor tiene tanto que decir, como se supone que tenía Arlt tanto para decir, la fuerza arrolladora de su “mundo interior” lo obliga a olvidarse de la forma.

Esos son los que piensan que cuanto más “sincero”, para usar una palabra que les gusta, es un escritor, cuantas más verdades tiene para decir, peor escribe; porque según ellos justamente el no preocuparse por la forma, el dejarse llevar, sería una muestra de su fuerza, de esa naturaleza arrolladora, etc.

Arlt no tiene nada que ver con eso. Hay muchos escritores que escriben mal en ese sentido, pero Arlt no es de esa clase. La literatura de Arlt es una máquina que funciona toda ella con el mismo combustible. Pero en fin, dijo Renzi, explicar qué significa Arlt en la literatura argentina habría que hablar una semana (…)”.

Bibliografía

Ricardo Piglia, Respiración artificial, Buenos Aires, Seix Barral, 1994, pp. 132 y ss.

AUNO-06-01-17
HRC-SAM

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