Todo eso que nos queda: la amistad, el duelo y el arte como forma de volver a empezar

Luis Climenti y Norberto Lanese transformaron una historia compartida en un libro que cruza memoria, ficción y emociones. Desde la infancia hasta la publicación, un recorrido donde el vínculo y la creación se vuelven inseparables.

Por Franco Vecchiato

Hay amistades que resisten el paso del tiempo. Otras, logran ir más allá. La historia de Luis Climenti y Norberto Lanese pertenece a esa categoría: la de los vínculos que no sólo perduran, sino que también se reinventan. Lo que comenzó como un juego en la primaria —uno imaginaba historias, el otro las dibujaba— terminó décadas después en la publicación de Todo eso que nos queda, un libro que condensa vivencias, pérdidas y sueños compartidos.

La obra, disponible para su venta online en Tienda Orsai, no solo tiene como eje central esta amistad atravesada por el tiempo: también narra historias de amor, familia, fútbol y tristeza, anécdotas y duelos que encontraron en la literatura una forma de canalizarse.

Según cuenta Luis a AUNO, la idea del libro comenzó a tomar forma durante la pandemia, cuando él escribía “historias en un drive” mientras Norberto las ilustraba. Aunque ese primer intento quedó inconcluso, ambos coinciden en que allí nació el “verdadero” proyecto.

Tanto Luis como Norberto son egresados de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora (UNLZ), un espacio que también forma parte de esa historia compartida que atraviesa el libro. Aunque Luis estudió Relaciones Públicas y Norberto Administración de Empresas —carreras que, en principio, parecen alejadas del universo literario— ambos encuentran en su paso por la universidad una marca clave de su recorrido personal y creativo.

La escritura como proceso de sanación

De los relatos que componen la edición “muchos parten de vivencias propias o cercanas”, aunque están “intervenidas con elementos de ficción”, explican los autores a AUNO. Esa combinación entre lo vivido y lo imaginado es uno de los ejes centrales de la obra.

Por otra parte, el libro juega con las múltiples lecturas, a través de una premisa clara: no sobreexplicar las historias. Luis reconoce que, en sus inicios como escritor, sentía la necesidad de guiar al lector en cada interpretación, pero con el tiempo entendió que eso podría limitar la experiencia. Hoy, su escritura busca «sugerir más que imponer» y “no dejar todo dicho”.

Esa misma lógica atraviesa las ilustraciones de Norberto. Su objetivo no es representar literalmente el texto, sino acompañarlo desde lo simbólico. “La idea es generar una puerta abierta”, explica. La portada del libro, un rompecabezas incompleto, sintetiza esa intención: “La pieza que falta la pone el lector”.

Pero en ese proceso creativo, también interviene el dolor. A los 16 años, Luis recibió una noticia que lo “marcó para siempre”: la muerte de su padre. En ese momento, decidió alejarse del periodismo —una vocación que lo apasionaba desde joven— y tomar otros rumbos laborales. Sin embargo, “el sueño de escribir no se iba”, admite.

Décadas después, ese impulso volvió a cobrar fuerza a través de una serie de señales: una pluma blanca que sintió como un mensaje de su padre, un bono inesperado en el trabajo y, finalmente, la reaparición de una antigua foto de su papá de joven en una clase. “Eso me motivó a seguir. Me convenció que él me acompaña a todas partes”. Esa experiencia quedó reflejada en uno de los relatos más fuertes del libro: Mi viejo muerto se me apareció en una clase.

Por su parte, Norberto asegura que el arte siempre formó parte de su vida, incluso cuando su recorrido profesional tomó otros caminos. Para ambos, el libro significó también la materialización de una búsqueda compartida. Y coinciden en que el vínculo entre los dos fue fundamental durante el proceso creativo: “Cuando hay química, todo es más sencillo”.

De los primeros textos al libro publicado

Los primeros escritos de Luis comenzaron a circular entre blogs y redes sociales. “Los publicaba con la intención de hacer sonreír”, recuerda. En una de esas publicaciones recibió incluso un mensaje desde Rusia. “Fue una locura linda”, cuenta entre risas.

El punto de inflexión llegó cuando el escritor Luciano Olivera leyó algunos de sus textos en Facebook y lo invitó a participar de sus talleres literarios. Ese momento, asegura, fue “inigualable”. A partir de entonces comenzó un camino de formación y también una relación cercana con Olivera, quien además escribió el prólogo de Todo eso que nos queda.

Luis también destaca la influencia de Revista Orsai, el proyecto dirigido por Hernán Casciari, a quien considera uno de sus referentes. Allí publicó el relato Mi viejo muerto se me apareció en una clase y asegura que fue un espacio donde terminó de entender “qué se necesitaba” para escribir.

La publicación del libro representó para ambos la concreción de un sueño largamente postergado. Luis recuerda que a los 18 años había intentado publicar por primera vez, aunque sin éxito. “Fue un rotundo fracaso”, admite hoy, pero lo entiende como parte del aprendizaje. Con los años, la formación y la experiencia, sintió que finalmente estaba preparado.

La respuesta de los lectores fue otro de los momentos más movilizantes del proceso. “Me sorprendió que la gente se sienta representada o emocionada. Es algo hermoso”, confiesa.

El título Todo eso que nos queda resume, para los autores, el espíritu de la obra. Según explican, habla de la vida misma: del pasado, de los caminos recorridos y también de todo aquello que todavía queda por delante. “Queríamos que funcionara tanto para atrás como para adelante”, concluyen.

7-5-2026
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