Alfonsín, flores, llanto y la típica hipocresía argentina

Fue el primer presidente de la democracia recuperada. Una multitud dolorida participó en sus honras fúnebres. Se lo aplaudió y se le cantó. El último caudillo radical que había sido acompañado de manera similar fue Hipólito Yrigoyen. A la hora de los homenajes la vieja dirigencia política y sectorial portó la hipocresía de siempre y se las arregló para quedar bien, aunque se le notó la pose.

La muerte de Raúl Alfonsín mostró, como ningún otro hecho lo podría hacer, una tremenda hipocresía. En primer lugar apareció la dirigencia del autodenominado ‘campo’, es decir aquellos que están al frente de las cámaras patronales agropecuarias, que le hicieron la vida imposible al ex presidente en la década del ‘80.

Era un frío agosto de 1988 y el Plan Primavera puesto en práctica por la administración del doctor Alfonsín había enfurecido a los dueños del campo argentino, es decir a la Sociedad Rural y a las entidades similares, profundamente procesistas, que añoran los tiempos anteriores a 1916.

A pesar de la bronca de los patrones agropecuarios, Alfonsín había resuelto concurrir a esa inauguración de la exposición rural de Palermo y mientras emitía su discurso, los privilegiados hombres de campo, dueños de la Patria, o los fundadores de la Patria misma, silbaron al ex presidente hasta que sus hocicos quedaron hinchados.

Alfonsín, ante los silbidos bovinos de los ruralistas, les dijo entonces en sus narices: “Algunos comportamientos no se consustancian con la democracia, porque es una actitud fascista no escuchar al orador”.

El sector poderosamente rico que había silbado a Alfonsín fue el que había aplaudido a Juan Carlos Onganía cuando el dictador se había paseado en carroza por el predio ferial vacuno y es el mismo sector que ahora corta las rutas y es el mismo sector que el 24 de marzo de 1977 publicó una solicitada de apoyo a la dictadura de entonces.

Ahora, con la muerte de Alfonsín aparecieron los peores rostro de la Argentina, la peor dirigencia del radicalismo, las peores hipocresías de los patrones rurales que no le pidieron perdón ni siquiera cuando ya estaba muerto, las peores hipocresías de los grupos económicos que además poseen medios de comunicación, las peores caras de la dirigencia que gobernó el país en los últimos veinticinco años y apareció la peor dirigencia pejotista.

Apareció la sublimación de un hombre. La sublimación de un dirigente político que no fue corrupto, que cometió errores como tantos otros. La sublimación no ayuda a conocer más. Lo que ayuda a conocer más es la crítica.

Sin embargo, ese hombre de los aciertos y errores fue despedido con calor popular, se le dijo adios con rosas rojas y blancas, con lágrimas y hasta el cielo derramó un doliente aguacero desde su negros y acongojados nubarrores.

Ese hombre fue despedido con calor popular. El último caudillo radical que tuvo semejantes honras fúnebres fue Hipólito Yrigoyen. Luego la congoja popular se expresó al decirle el último adiós a Juan Domingo Perón.

En el haber de Alfonsín está anotado haber respondido con un rotundo no a la ley de autoadmistía que había preparado la dictadura en su retirada y en su haber se cuenta también haber impulsado el juzgamiento a las juntas de represores de la dictadura.

También se pueden contabilizar a su favor haber retado a los patrones rurales en su propia cara y decir que fue víctima de un golpe del sacrosanto mercado hacia fines de los ochenta. El resto es historia conocida.

“Alfonsín querido el pueblo está contigo”, fue el estribillo más repetido en la triste tarde en que una multitud lo acompañó en el último adiós.
HRC

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