“El disco ya no representa una entrada de guita para los músicos”

Trompetista desde su infancia, Gillespi invitó a *AUNO* al camarín para hablar sobre las dificultades que hoy afrontan los músucos, pero también de psicología, radio, religión y sus ganas de mudarse del barrio donde se crió y que ahora, dice, se convirtió en una ciudad que “perdió su personalidad suburbana”.

Pablo Tallón

Lomas de Zamora, abril 29 (AUNO).- Está sentado en una mesa, la única ocupada. Mira el celular, lo apoya y dice: “Bueno, ¿vamos?”. Se acerca al escenario, agarra su trompeta y así comienza la prueba de sonido. Con esa misma parsimonia, el trompetista Marcelo Rodríguez invitó a AUNO al camarín antes de tocar en Lomas de Zamora para charlar sobre todo de radio, jazz, psicología, religión. Marcelo Rodríguez es Gillespi, uno de los montegrandenses más famosos.

Iniciado en la trompeta en una iglesia evangelista de Monte Grande, a la que sólo asistía para poder tocar el instrumento, Gillespi formó parte del staff de músicos invitados de Sumo gracias a Roberto Pettinato. A partir de ese primer escalón en el reconocimiento popular, llegó a ser hombre de radio, humorista y escritor.

-Este año volviste a trabajar con Alejandro Dolina en “La venganza será terrible”. También habías estado con Adolfo Castelo en la radio y en la revista TXT. En Sumo tuviste de “jefe” a Luca Prodan. ¿Nunca te agarró miedo de semejantes personajes?
-Siempre hay situaciones que te amilanan. Te agarra miedo escénico, pero nunca fue algo que me paralizara; si no te tendrías que bajar e ir a tu casa. Nunca dije “uh, de acá no paso”. Siempre pienso que la voy a pasar. La confianza siempre la tengo intacta. Parte de poder llevar adelante tus proyectos se basa en la confianza. Tenés que ir contra todo. La confianza es lo primero que tenés que laburar. Más que las notas de una melodía o determinada canción, lo primero que laburé fue eso: laburar tu propio personaje, quién sos, tratar de ser lo más honesto posible.

-¿Esa confianza la laburaste antes de ser Gillespi?
-Cuando los chicos de mi edad, que ahora tienen 50 pirulos, empezaron a estudiar la música, decían: “Hay que estudiar, hay que imitar a los buenos”. Todo el tiempo mirando para afuera. “Pero también vean un poco para adentro. No quieras ser Clapton, porque la gente ya lo tiene a Clapton”, decía yo. Arranqué a componer antes de estudiar, soy autodidacta y tengo temas desde la época de la secundaria. Tocaba dos notas y componía un tema con esas dos notas. Y eso habla de una postura: primero quiero desarrollar lo mío, componer lo mío, y después ver el resto.

-¿Los cuatro años de Psicología en la Universidad de Buenos Aires te sirvieron para eso?
-Sí, me sirvieron para tener un tema de conversación. Para levantar alguna mina, aunque no se usaba tanto el “intelectual” en esa época. Pero me abrió bastante el bocho, aunque hubo un momento en que yo me diera cuenta de que no iba para psicólogo… Cuando empecé a ver la parte más práctica de la carrera, dije: “Pero yo no quiero estar en un consultorio, con un tipo en un diván”. No me veía. Pasó cuando empecé a agarrar la calle, la ruta con las bandas, ir a tocar. Volvía de una gira con Sumo, veníamos de Córdoba con el bondi y yo al otro día tenía que ir a la facultad, y era un boludo que me cagaban a pedos, que me sacaba un uno. Y ahí decía: “Esto no va. En la música soy algo. Y acá soy un boludo”. Entonces me bajé. Ahora es más común que alguien estudie psicología, pero antes era “sé médico, estudiá Medicina, boludo, ¿qué psicólogo?”

-Cuando decidiste estudiar Psicología, ¿qué dijo tu familia?
-Por suerte mi familia era atípica: mi viejo era relojero, todo el día sentado en una silla con una lupa, laburando con pincitas, con cosas que no se llegaban a ver. Yo no tuve esa presión del padre machista. Desde chico, cuando empecé con la música, se re copó. A mi viejo le gustaban mucho los instrumentos de viento, entonces cuando en los días patrios se hacían los desfiles de los regimientos íbamos para escuchar esa fanfarria… Mis viejos dejaron que hicieron la mía.

-Volviendo a la “intelectualidad”, ¿llegás al jazz por Cortázar?
-No pero sí. Es paralelo. Porque al toque empecé a leer Rayuela, un primo mío escuchaba jazz y yo iba a la casa. Él compraba discos de vinilo y me decía: “A ver qué hay de nuevo”. Escuchábamos los discos de un lado y del otro tomando mate y era como un concierto. Y en simultáneo aparece Cortázar que tenía un montón de menciones de jazz, de artistas, de discos y combinaba. Yo leía y decía “¿quién carajo es este tipo al que nombra?”

-Para ponerlo en el mismo pedestal que Cortázar, ¿Luca también te abrió la mente?
-Luca me abrió a otra cosa. No del palo del jazz, pero sí de la trompeta, porque él también la tocaba. La ventaja que yo tuve de entrada fue que me dijo: “Pasame la trompeta”. Cuando vino al país trajo una trompeta, pero la terminó vendiendo. Entonces, ¿qué hacía? Me pedía la trompeta a mí. Yo creo que hasta le importaba tres carajos que yo tocara con ellos, pero ahí el tenía una trompeta a mano.

-¿En el escenario no usó nunca tu trompeta?
-Nunca la mía, pero en camarines sí. Hay filmaciones y todo. En Sumo sí tocó la trompeta, y también en la Hurlingham Reggae Band. Y a partir de eso me abrió para otros lados. Por ejemplo, yo no le daba mucha bola al reggae y él machacaba todo el tiempo con la rítmica. Me acuerdo de ensayos en los que estábamos mucho tiempo tocando reggae, sin ser un tema, una base con dos acordes y él tirando frases inconexas.

-En tu primer disco, “SuperChatarraEspeshal”, hacés un cover de Inbeetwenies, ¿a Ian Dury and The Blockheads llegás por Luca o por tu cuenta?
-No, después conectó. Pero cuando iba a bailar a Monte Grande el DJ pasaba siempre los mismos temas, por ahí lo que cambiaba era el orden. Ponía Chic, Earth, Wind & Fire y ponía también a Dury, por ejemplo “Wake up (and make love with me)”, y a mí todas esas cosas me gustaban. Dury tenía una sonoridad que me atraía. Pensaba: “Esto me gusta, me agrada cómo está tocado, cómo está cantado, la actitud del chabón”. Después, cuando fui a ver a Sumo por primera vez, en el Chanteclair, vi que había mucho de ese sonido.

-Ahora que hablás del Chanteclair, hay otros pequeños lugares en los que tocó Sumo que ya no existen: el Café Einstein, el Stud Free Pub, Cemento. Después de la tragedia de Cromañón, esos pequeños lugares para la movida under tuvo un corte de raíz. ¿Cómo ves ese panorama?
-Hay muy poco bolichito para iniciarse. Pero también los tiempos cambiaron. Vivimos la era de la información total, nadie tiene la inocencia que teníamos nosotros cuando íbamos a ver a Soda Stéreo o Virus. Hoy nadie es inocente porque tiene un montón de información en la cabeza. Ahora podés tener el último single de David Bowie recién subido a Internet. Nosotros éramos unos boludones que no entendíamos nada: “Uh, mirá el sonido que hace con la guitarra, ¿cómo carajo lo hace? ¿Tiene un botón?” Ahora ponés en YouTube y te aparecen 50 yankis que te enseñan a tocar. Se perdió la capacidad de sorprenderse. Había una cierta magia que por ahí hoy no está. Esa inocencia que teníamos nosotros se perdió, como también se perdió la humildad. La juventud del rock nacional es irrespetuosa. Deben considerar que yo soy un viejo, acabado. Y vos decís: “Bueno, loco. ¿Y a ver vos? Pelá”. Te contestan: “No, que yo tengo tantas miles de visitas en Internet…”

-Mencionás a la tecnología, la juventud que no tiene lugares para tocar y que está llena de información. ¿Qué opinas de este escenario moderno para la música?
-Es complejo. Nosotros vivimos una especie de proceso darwiniano en la música, selección natural. Eso ahora no existe. Los primeros discos que grabé eran en vinilo, un formato muy caro. De 100 bandas que se presentaban a la Sony Music, ellos elegían a dos, quedaban 98 afuera que no podían grabar ‘el’ disco. Hoy, él graba su disco, yo grabo mi disco, vos grabás tu disco. Cada uno con una computadora puede tener su disco.

-¿Ves un panorama casi apocalíptico o lo bueno siempre va a sobresalir?
-No, pero lo bueno se confunde con lo malo. Y eso ni en pedo fue así antes. Antes estaba todo mucho más claro; ahora me traen pilas de discos para que escuche. Aparentemente todo es igual, pero hay que escuchar disco por disco para ver qué hay adentro.

-¿Cuál fue, entonces, el último sonido novedoso?
-El otro día escuché un disco de Lucio Mantel, un músico muy bueno. A mí me gustó porque tiene una voz muy especial, la interpretación es excelente. Cada tanto aparece alguno bueno, pero tengo que escuchar mucho. Por ejemplo, mi hija toca el bajo en una banda y la otra vez hicieron un festival sólo los de su división, y había como 12 bandas. Cantidad sobra, pero hay que ver si aparece la calidad. Yo era el único trompetista, no de mi escuela, por ahí de mi ciudad o de todo zona sur. Está bueno que hoy se tenga acceso más fácil a la información y encima gratis. Pero viendo el video no te hacés el mejor. La constancia te hace. Podés tener la discografía de Fulano, el bajo de Mengano, pero el proceso lo tenés que hacer vos.

-Decís que se tiene acceso a más cosas de manera gratuita, ¿el músico tiene que volver al vivo para poder sobrevivir?
-El vivo es la clave. En el estudio de grabación dejaste todo y después estás sólo frente al público. El disco ya no representa una entrada de guita real para los músicos. The Beatles estuvieron años sin tocar, porque sacaban un disco que no se podía duplicar. Si te gustaba un disco lo tenías que comprar. Hoy el disco se duplica, o tal vez ni existe. Entonces, tenés que salir y pelarte el orto, tocar acá y allá.

-Entonces, ¿quiénes van a sobrevivir a este panorama?
-Y, ahí tendrá que reaparecer la lógica darwiniana. Quedarán los más lindos (risas). La verdad es que no tengo idea quiénes van a sobrevivir.

-Darwin decía que perdurarían los más fuertes. En este caso, ¿los más fuertes serán los que mejor toquen?
-Yo me subí varias veces a tocar la trompeta en Jazz&Pop. Antes o después de grossos como (Néstor) Astarita, (Jorge) el ‘Negro’ González, que eran rayos láseres mirándote: “Tocá bien o bajate”. Yo tengo el curro de la radio, pero los músicos de profesión están preocupados porque les cuesta sobrevivir.

-Hablás de Jazz&Pop. ¿El jazz local está repuntando o sólo tiene mayor lugar en los medios?
-Hubo un momento mejor, ahora creo que está cayendo. Los años 2004 y 2005 fueron espectaculares para el jazz: (Javier) Malosetti hizo siete recitales en La Trastienda, yo hice cuatro en El Ateneo. Hoy no hago ni uno, y no sé si Malosetti hace siete ‘trastiendas’. Luis Salinas, Adrián Iaies también tuvieron buenos años ahí. Hoy por hoy, cri-cri, grillos. Ese auge efervescente de la época en que existía Buenos Aires Underground Records (BAU) y un montón de sellos, la EMI tenía S’Jazz, todo eso se terminó. Los músicos de esa época seguimos estando pero no con la convocatoria de esos años. Si no es en festivales gratarola, yo no sé cuántos ponen la tarasca para ir a ver jazz. La gente va fluctuando y ese veranito de “yo escucho jazz, porque soy un yuppie y tengo un Audi en el que pongo el disco de Valentino” se terminó. Sobrevivimos un poco, pero la bocha está pasando por otro lado. El cardumen consumista va para otro lugar. Son de otro palo, pero “Las pastillas del abuelo” es una de las bandas más convocantes, pibes que se rompieron todo y la pelearon desde cero con un convencimiento increíble. Ese es el point. Y ahí volvemos a lo del principio, la confianza: nadie tiene la autoridad para decirte si lo tuyo está bien o está mal.

-Sos uno de los representantes más conocidos de los vientos, una clase de instrumentos que no suele destacarse por la cantidad de gente que los toca. ¿Ves que hay pibes estudiando trompeta, saxo o trombón?
-Sí, y hay flacos que tocan recontrabien, son estudiosos. Hay muy buenos músicos jóvenes, muy serios, que tienen formación, escuela. Pero, hay que hacerle un seguimiento: hay que tocar, hay que sacar discos, hay que tener una banda, hay que poner la caripela. Tenés que ser perseverante en todo, hasta con el repertorio, porque si no la gente no sabe lo que va a ir a ver. Yo tenía un sello que se llamaba Ultradeforme y por ahí me caía un flaco para grabar algo. “¿Qué tocás?” le preguntaba yo, y el tipo me decía que “de todo un poco”. Pero, ¿cómo hago yo para grabar algo así? ¿En qué batea te meto? Podés tener influencias, pero esa gente no trabajó lo que decía antes: ¡¿Quién es?!

De repente, la charla interrumpe: el plomo de la banda entra al camarín para acercarle un par de hojas y un fibrón rojo, materiales necesarios para armar la lista de temas. Sin pensar demasiado, en tan sólo un instante, lo que escuchará el público queda plasmado.

-Acabás de hacer la lista de temas de una manera muy rápida, ¿tenés algún criterio a la hora de la selección?
-En este caso, los primeros tres temas tienen una secuencia que van de lo más minimal a lo más zarpado. Tienen una sonoridad. Después aparece un blues, algo de improvisación con (el pianista Carlos) “Patán” Vidal, más jazzístico. Luego, volvemos a algo más parecido a lo del comienzo, pero más quemado, como prendiendo fuego las naves para abandonar el escenario y que la gente se quede con una buena impresión (risas). Son pocos temas pero duran un montón, encima todo instrumental, cero cantante.

-¿Nunca intentaste iniciarte como cantante?
-Todavía no, pero voy a ver.

-¿Es la faceta que te falta para completar al hombre de radio, televisión, humorista, escritor, músico?
-Te desnudas de una manera a la que todavía no la tengo aceptada. Para mí, cantar es sentir como una vergüenza, es terrible. Es como que quedo en pelotas, me expongo demasiado. Además, tiene que haber una letrística.

-O sea que te falta laburar la confianza en ese aspecto.
-Sí, es todo un círculo y siempre está el tema de la confianza flotando en el aire. Pero creo que en el próximo disco algo voy a hacer. No como un tema, sino como un bonus track.

-Parte de la confianza se logra siendo constante. Te lo llevo para otro lado: viviste toda tu vida en Monte Grande, casi ni saliste de ahí…
-(Risas) Pero me voy a ir en cualquier momento. Monte Grande antes era una cosa y ahora es una ciudad. Se perdió esa cosa suburbana. Ahora es una típica ciudad de conurbano, que no tiene ninguna personalidad. Una mancha de gente que va a tomar el tren, boludos de clase media que están todos en el lavadero de autos el sábado a la mañana tomando café, que pasean el domingo a la tarde.

-De la vida del pastor evangelista al que le compraste la trompeta y después abandonaste la iglesia, ¿sabés algo?
-Se murió. Pero al que veo cada tanto es al hijo, que también es pastor y tiene una iglesia en Ezeiza. Me gustaría ir a pacificarme (risas).

-¿Llegó a ver en lo que te convertiste?
-Sí, cada tanto me mandaban a alguno que me tocaba el timbre y me decía: “¿Por qué no vas a la iglesia? El pastor pregunta por vos”. No volví, pero tenía la mejor onda. No es que soy un demoníaco, sólo no pude sostener una vida espiritual.

PT-AFD-EV
AUNO-29-04-13

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