El mayo cordobés

Se cumplen cuatro décadas del Cordobazo, una rebelión de trabajadores y estudiantes que conmovió a la sociedad argentina e inició un estado de movilización popular que se prolongó durante la primera mitad de la década del setenta. Un hecho que determinó que muchos jóvenes militantes abrazaran la causa revolucionaria, en tiempos en los cuales parecía que el Cielo podía tomarse por asalto.

Hace 40 años, una rebelión de trabajadores y estudiantes ganó las calles de la ciudad de Córdoba y despertó un sentimiento de cambio en una generación de militantes que decidió abrazar la causa revolucionaria. Se trató del Cordobazo, un estallido social que puso en jaque a la dictadura de Juan Carlos Onganía y sacudió las estructuras sociales de la Argentina de fines de los años sesenta. Agustín Tosco, Elpidio Torres, Felipe Alberti y Atilio López fueron algunos de los dirigentes gremiales que protagonizaron una jornada que marcó un hito en la historia de las luchas obreras del país.

En 1969, Córdoba era el epicentro fabril de Argentina, donde se encontraban radicadas las principales industrias automotrices y metalmecánicas. La provincia tenía 150 mil trabajadores sindicalizados, que disponían de los mejores convenios laborales y salariales del país.

Los industriales comenzaron quejarse del elevado costo de la mano de obra que existía en Córdoba, y a modo de concesión, el ministro de Economía del gobierno de Onganía, Adalbert Krieger Vasena, decidió derogar, a principios de mayo, la ley del sábado inglés, una norma laboral que establecía que cada hora trabajada después de la 13 del sábado debía pagarse doble, como si se fuesen extras.

La ley estaba vigente en varias provincias, además de Córdoba, y el pretexto que utilizó la dictadura para derogarla fue el de la inconstitucionalidad. Un argumento expuesto por un presidente que había llegado al poder tras encabezar, tres años antes, un golpe de Estado que derribó al gobierno constitucional de Arturo Humberto Illia.

La reacción del movimiento obrero no se hizo esperar y se realizaron movilizaciones y huelgas por todo el país, y Córdoba se convirtió en el epicentro de las protestas que unificaron a las dos centrales sindicales de aquel entonces: la CGT Azopardo, liderada por el metalúrgico Augusto Timoteo Vandor —un peronista ortodoxo, partidario de una línea conciliadora con la dictadura— y la CGT de los Argentinos, encabezada por el gráfico Raimundo Ongaro —también peronista, pero de tendencia más combativa—.

En Córdoba, la mayoría de los gremios estaban encuadrados en la CGT de los Argentinos, cuya conducción correspondía a Agustín Tosco, secretario general del sindicato de Luz y Fuerza, un dirigente clasista, de izquierda y férreo opositor al régimen militar.

El viernes 16 de mayo, las dos centrales cordobesas decretaron un paro general que tuvo un altísimo acatamiento. El gobernador, Carlos Caballero, optó por desoír los reclamos y subió la apuesta: otorgó un aumento a todos los efectivos de la Policía provincial.

Al descontento obrero se le sumó el estudiantil. El barrio Clínicas, donde residían la mayoría de los universitarios de la ciudad se transformaba poco a poco en una especie de gigantesca asamblea.

El miércoles 21, en un plenario de las dos cegetés, se decidió convocar a un paro activo para el jueves 29, que incluía una gran movilización desde el cordón industrial hacia el centro de la ciudad. El objetivo era desafiar al gobierno con una gran demostración de fuerza.

Pero para llegar al centro, los manifestantes debían sortear antes un importante obstáculo: los puentes sobre la Cañada del río Suquía, que atravesaba la capital provincial.

La Policía había establecido retenes de contención en los quince puentes ubicados sobre el río. Quedó claro entonces que la única forma de pasar que tendrían los huelguistas era llegar de forma simultánea con todas sus columnas y caer sobre la Cañada. Y así lo hicieron.

LA CIUDAD TOMADA

La mañana del jueves 29, Córdoba amaneció ocupada por la Policía. La táctica era simple: cortar los accesos y dispersar las columnas para luego perseguirlas y reprimirlas. Las columnas de obreros y estudiantes se concentraron desde temprano, y cuando se inició el paro, a las 11, la ciudad estaba literalmente llena de manifestantes.

Desde Santa Isabel, Villa Revol, Ferreyra, Alta Córdoba, los obreros marchaban a paso redoblado con un solo objetivo: llegar al centro. Los universitarios llegaban desde el Clínicas con gran decisión.

Uno a uno, los puestos de contención se vieron superados por la multitud. Los gases lacrimógenos y las ráfagas de FAL no pudieron hacer retroceder a la movilización, y a las 13, la Policía quedó desbordada, y se replegó.

Caballero pidió auxilio a Buenos Aires y Onganía decidió mandar al Ejército a retomar el control. Mientras los aviones de la Fuerza Aérea sobrevolaban la ciudad, el jefe del III Cuerpo, el general Elidoro Sánchez Lahoz, inició la operación cerca de las 17.

Hasta entonces, Córdoba estuvo bajo un inorgánico y descentralizado control popular.
Fogatas, piquetes, detonaciones y francotiradores se tornaron escenas habituales del paisaje de la capital mediterránea que parecía un territorio liberado.

“Soldado no tires contra tu pueblo”, era una de las consignas que aparecían pintadas en las paredes mientras las tropas avanzaban. Al anochecer, toda la metrópoli quedó a oscuras y se levantaban barricadas que buscaban contener a los militares.

No obstante, el Ejército evitó el combate nocturno y prosiguió con su operativo en el amanecer del viernes 30. Los manifestantes se fueron replegando con la intención de evitar detenciones, pues estaba vigente la Ley Marcial. Lentamente, la dictadura restableció el control barrio por barrio mientras dispersaba a los últimos focos insurgentes.

Tosco estaba reunido con el Comité Ejecutivo de Luz y Fuerza en la sede del gremio, y fue apresado por efectivos de Gendarmería, sometido a Consejo de Guerra y trasladado a la cárcel de Devoto, en Buenos Aires.

Lo condenaron a ocho años en un trámite sumarísimo que se asemejó más a una parodia que a un acto de justicia. La misma suerte corrieron el dirigente mecánico Elpidio Torres, el transportista Atilio López y el lucifuercista Felipe Alberti, al igual que otros sindicalistas. Pero diecisiete meses después, todos recuperaron la libertad.

EL SALDO FINAL DE LA REBELION

Aunque nunca pudo establecerse con certeza, el Cordobazo dejó más de 30 muertos y varios centenares de heridos, y una cifra de 12 millones de dólares en concepto de daños a las instalaciones de la ciudad.

El 4 de junio, Krieger Vasena renunciaba a la cartera de Economía y el precio del dólar se disparaba como consecuencia de una devaluación que encarecía el costo de la vida de los asalariados. Las luchas sindicales y el descontento se profundizaban en medio de un proceso de radicalización de los sectores populares.

Un año después, surgían las agrupaciones guerrilleras ERP, FAR y Montoneros. Onganía era desplazado por un golpe palaciego impulsado por el Jefe del Ejército, Alejandro Lanusse, y Roberto Levingston asumía en su reemplazo.

La chispa iniciada en aquel mayo cordobés propagaría un fuego que alumbraría a Argentina durante la primera mitad de los setenta. Tiempos en los cuales la Revolución parecía un sueño posible y existía la creencia de que el Cielo podía tomarse por asalto.

AUNO-28-05-09

LDC

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