Mirábamos esa luna que, como nosotros, era redonda

“Quisiera que sepan que hubo varios recitales del Indio contenidos en uno solo y que flotaron entre las pasiones y deseos”, pide la autora de esta nota. El pulso íntimo de un viaje que empezó en un micro feliz y terminó lleno de preguntas.

Anabella Belén Checa

El micro que salió de mi barrio, Remedios de Escalada, partió con más de 20 sonrisas, con el entusiasmo de ser parte de uno los hitos del rock nacional, con nervios por todos los enigmas que contiene la misa ricotera.

En el viaje de ida los ojos estaban abiertos, expectantes del porvenir, del ser parte. Coreando temas, compartiendo algo con el colega, ese que entendía cada una de tus emociones. Entre miradas cómplices y versos de canciones que erizan la piel llegamos a Olavarría.

Un viaje de casi 10 horas que nos llevó adonde realmente queríamos estar. La lluvia nos asustaba un poco, nos cebaba por demás. Las horas de espera desde que bajamos del micro hasta empezar a marchar hacia la ceremonia fueron de risas, de comida, de beber algo, de compartir. Cada uno con su propia singularidad visualizaba una experiencia colectiva fascinante. Hablábamos de lo que había pedido el Indio, de cuidarnos, de cuidar al desconocido, de los aguafiestas que nos podían cagar la maravillosa experiencia.

Caminamos cientos de cuadras, no sé decir cuántas, para llegar a la entrada que buscamos. El lugar tenía apenas algunas señalizaciones que entre el mar de gente eran difícil de identificar, pero más difícil era moverse en el mar de gente. Reflexionábamos al pasar sobre el movimiento de las masas, el comportamiento masificado, lo difícil que era elegir otro camino.

Caminábamos pocos pasos y parábamos, mirábamos hacia atrás y hacia adelante. Estaban nuestrxs amigxs, entonces sonreíamos y seguíamos. Nos cruzábamos con algún borracho que, como siempre, machista, quería aprovechar del apriete de gente. Entre amigas nos cuidábamos y respirábamos profundo para que eso no fuera motivo de cambios en nuestro humor. El horizonte era la misa.

¿Cómo explicar el momento en el que entramos? Éramos parte. Estábamos ahí. Lo habíamos logrado. Nos abrazábamos. Nos reíamos. Brindábamos “por los rayos de la luz que –nos- alumbra hoy”.

Había 300 mil personas, supe después. Solo veía miles de devotos. Sin culpabilizar a las víctimas, veíamos algunxs que no creíamos fueran parte de esa fiesta, porque estaban en las últimas antes de entrar.

Comenzó el show, sus palabras de presentación, invitándonos a una fiesta que jamás vamos a olvidar. Saltamos, gritamos al cielo, mirábamos a esa luna que, como nosotros, era redonda.

Hasta que el Indio lo interrumpió y pidió auxilio por una avalancha de gente que veía desde el escenario. Nosotros lejanos al epicentro del peligro nos preguntábamos qué pasaba, sabiendo la respuesta. Nos llama la atención lo prolongada que era la pausa. Esperamos, sabíamos que había más.

Cada estrofa entraba por nuestro oído y recorría cada órgano, resignificandose en nuestra individualidad, reforzando cada uno de nuestros principios, generando una ideología colectiva.

Continuó. Lo festejamos, lo hicimos una vez más. “Esto no ocurre en otra parte del mundo”, supo decir entre tema y tema. Y mis amigxs, los que estaban a mi alrededor, yo, sabíamos que eso era cierto y que si, que nosotrxs eramos parte. Nosotros hacíamos ese hito.

Terminó el show con el desconcierto que genera que se acabe algo que esperabas mucho, con el desconcierto que genera haber estado coreando “Ji,ji,ji” y “Mi perro dinamita” en los últimos instantes de la misa.

Salimos y vimos apretujones, vimos desorientación, intentamos escapar de eso, viendo y cuidando al de al lado. Caminamos varias cuadras hasta donde estaba nuestro micro. Encontramos a un par que ya habían llegado y de a poco llegaron los demás. Nuestras almas estaban exhaustas así que de a poco nos fuimos acomodando para volver y dejarnos descansar. Estábamos todxs y podíamosemprender la vuelta. Una vuelta congestionada pero tranquila. La mayoría dormíamos. Fueron tantos los sentimientos, las emociones que necesitábamos de todas esas energías que se habían quedado allí.

Nos despertamos con llamadas y mensajes de familiares y amigxs, que preocupados nos preguntaban cómo estábamos. Nuestras respuestas fueron tranquilizando a medida que generaban en nosotros más y más dudas sobre qué era concretamente lo que pasaba. Empezamos a leer portales, a cruzar información que nos daban, a leer opiniones baratas por redes sociales.

Nos queríamos matar porque contaban nuestra historia de una manera totalmente falsa.
Separaría la misa. Lo que fue de lo que los medios contaron. Hubo personas asustadas, tal vez nunca habían ido ¿No sospechaban que el Indio mueve miles de personas? Lo sabíamos todos. Siempre las entradas y salidas son complejas en los actos multitudinarios. Hay cosas cuestionables como la venta de alcohol en el predio, además de la venta por fuera del mismo, y la falta de puestos de hidratación. Hubo desidia en varias normas de seguridad. Hubo un Estado y una organización cuestionable. La hubo. Pero volver a culpar a los músicos, no.

El Indio pidió antes del show que supiéramos cuidarnos y parece que el que se clavó tres pepas o el que se consumió una bolsa de merca no quiso escucharlo. Creo que el que fue con criaturas, tampoco. Ni el que se tomó hasta el agua del florero. Todxs podemos hacer todo pero todxs debemos ser responsable de cada uno de los actos que llevamos a cabo; de las responsabilidades individuales, aunque no hayan sido las únicas.

Quiero hablar de la magia que fue el recital, que comenzó con el viaje y culminó en el hogar. Quiero que se sepa que no es el espíritu del encuentro hablar de las muertes. La justicia definirá de quien será la “responsabilidad” o quien deberá pagar por lo que ocurrió

Teníamos que cuidarnos, entre nosotros y nosotras, entre ese que no conocías y el que vivía en Olavarría. No creo que ninguna ciudad esté preparada para recibir 300 o 400 mil personas (no hay datos concretos). No creo que la intensidad de un fanático sea tan incontrolable como para hundirse en los excesos y dejarse morir. Algo hay que replantearse y reflexionar, pero no hablo de cuestionar y criticar puntualmente este hecho, sino algo más social.

Respirar y preguntarnos sobre la virulencia de nuestra sociedad a la hora de medir las consecuencias mortales. El individualismo que atraviesa cualquiera de las acciones de los miles que hacen pogos desenfrenados empujando hasta morir al otro, de los que empujaban pensando “primero yo, después yo también”.

Yo me sentía totalmente segura, estaba rodeada de amigxs, de la mano, del brazo, de la cintura. Siempre ellxs conmigo y yo con ellxs.

No quisiera que se queden con el sinsabor de las noticias y comentarios, en muchos casos, de gente que no estuvo, que no fue parte, que ni siquiera sabe el por qué de tanta mística. Sin embargo es menester para ellxs señalar, acusar, criticar, estigmatizar. Un vez más, no me sorprende.

Quisiera que sepan que hubo varios recitales del Indio contenidos en uno solo y que flotaron entre las pasiones y deseos que cada unx supo manifestar.

Pero como él, anticipándose una vez más a cada uno de nuestras emociones, supo decir: “¡Gracias a dios! uno no cree en lo que oye”.

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