Luz roja, acción

Se los ve en las esquinas, dando color y movimientos alegres. Son chicos que hacen swing y malabares. Una actividad de tradición antigua que de se un espectáculo propio de la arena circense pasó a ser una demostración cultural y de resistencia. Son personas “que quisieron empezar a mostrar quiénes son realmente, entonces salieron a la calle a ofrecer su arte”, define uno de ellos.

El trabajo comienza cuando la luz roja del semáforo se pone durante 45 segundos, tiempo suficiente para mostrar un tipo de arte que se desplazó del circo a las calles urbanas. “Las personas quisieron empezar a mostrar quiénes son realmente, entonces salieron a la calle a ofrecer su arte”, cuenta Aníbal que lleva algunos años laburando de malabarista en varios países. Catrina, otra artista, comenta que el swing, los malabares y el teatro pasaron de ser actividades netamente circenses a mostrarse como una “forma de vida” con la que “se puede subsistir tranquilo, siempre amoldándose” a las circunstancias.

Una senda peatonal se transforma en “un lugar de trabajo” para muchos chicos y chicas de Conurbano sur. Catrina, que trabaja en las esquinas de Turdera, en Lomas de Zamora, resalta un error muy recurrente: “Todos piensan que el que está haciendo malabares en un semáforo está pidiendo limosnas, pero no es así; ofrecemos arte, el que quiere pagarlo, bien, el que no, también”.

Este tipo de empleo no deja mucho dinero, pero sí “permite tener libertad de hacer lo que uno quiere” sin depender económicamente de un empleador, opinó la joven de 24 años. Aún así, asegura que “la calle cansa mucho”, pero siempre “permite tener horarios propios, ser el jefe y no estar subordinada a nadie”.

Para Natalia, que tiene 23 y trabaja hace un año entre las veredas de Claypole y otros barrios afirma que mostrar este tipo de arte y vivir de él permite “no depender tanto del sistema capitalista”, lo que “posibilita alegrar a las personas y mostrarles otra realidad”.

Aníbal asegura que para la mayoría de los malabaristas “el semáforo es la antesala de lo que se hará en un futuro, ya que el público varía a cada minuto”. Esto les posibilita “tener más experiencia en cada tiempo (de luz roja), y es ahí cuando uno se va curtiendo para trasladar todo eso a un trabajo posterior” como artista.

A pesar de su presencia en la mayoría de las calles de Buenos Aires, el malabarismo es una tradición muy antigua que se inició en Egipto, pero que más tarde tuvo su apogeo en los circos durante el siglo XVII. Pareciera que también las crisis económicas y las formas de buscar alternativas de vida hicieron que muchas personas se lanzaran hacia el arte callejero como una forma de vida.

“Acá uno aprende mucho más que adentro de una institución. Laburar en la calle es aprender de la situación del país, es conocer la realidad; en cambio, las instituciones siempre mienten”, argumentó Natalia o “Pequita”, como prefiere que la llamen.

Las responsabilidades, aseguran los artistas, son siempre las mismas. “Se puede vivir tranquilo de esto, sólo hay que amoldarse a ciertas circunstancias”, aseguró Lucia o “Lupita”, su nombre artístico, que siempre está entre los cordones aguardando que se apague la luz verde. Cuando algún peatón o automovilista le pregunta “por qué no te vas a trabajar en vez de hacer esto”, ella siempre responde: “Acá también nos cansamos, esto es un laburo como cualquier otro”. A tal punto que también hay que esta precavidos, porque “en los días de lluvia no hay qué hacer”. Es entonces cuando hay hacer otro tipo de malabares y hallar una solución para tener siempre en la heladera algo que picar.

Este tipo de empleo le permitió a “Pequita” descubrir que “las personas que más plata tienen no te dan nada, y las que no tienen, sí”. Catrina recuerda que una vez “frenó un Falcon todo roto con unos diez niños adentro que entre todos juntaron 2 pesos, y al lado un súper auto que no dejó ni 20 centavos”.

“Esto sucede porque algunas personas se piensan que nosotros vamos por ‘la monedita’, ya que están creídos de que estamos pidiendo”, cuando sin embargo “estamos ofreciendo arte”, afirmó Catrina.

Aníbal estima que “en las provincias te tratan como un verdadero artista; en cambio, en Capital Federal, (el jefe de gobierno, Mauricio) Macri, trae al Polo Circo de Francia y se dice fomentador del arte”. Y se plantea una pregunta y con respuesta crítica: “¿Qué arte?, el arte extranjero, si acá (en Argentina) estamos llenos de artistas de la puta madre”.

Estos jóvenes, como tantos otros que trabajan al aire libre, crean su propio escenario virtual sobre las sendas peatonales, donde muchos niños también encuentran un trabajo que ellos creen que los priva de otras cosas: “Hay chiquitos que son buenos haciendo malabares pero, pucha, no pueden ir a la escuela porque se toman esto sólo para conseguir plata, sin verle el lado artístico”, opinó “Lupita”.

Es entonces cuando Aníbal sólo encuentra dos causas con las que explica esa realidad: “Un nene está en la calle, o porque no tiene padres o porque el padre es un hijo de puta que lo manda a laburar…”

“No podemos hacer la entrevista ahora”, se anticipó a la charla un niño de unos 7 años que estaba en una de las esquinas de Adrogué, Almirante Brown, que terminó con una frase a modo de explicación: “Tenemos que hacer plata”.

PL-AFD
AUNO-04-12-09
aauno@yahoo.com.ar

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