Falleció Fermín Chávez, pero sigue vivo en su obra.

Nace en Nogoyá, Entre Ríos, en 1924. Militó en el peronismo; fue historiador, periodista, poeta y ensayista. Investigó la ideología de la fórmula sarmientina “civilización y barbarie”. Publicó exhaustivos estudios del Martín Fierro, acerca de José Hernández y los caudillos federales.

Se nos fue alguien que propone otra lectura de la cultura argentina. Y sólo físicamente, porque seguirá viviendo en sus obras. Y por eso el “propone”, en presente.
Si bien todas sus creaciones fueron y son importantes, “Historicismo e iluminisno en la cultura argentina” (1982) es una obra clave, precedidas por otras también importantes: “Civilización y barbarie. El liberalismo y el mayismo en la historia y la cultura argentina” (1956) y “Civilización y barbarie en la cultura argentina” (1955).
Con esa ensayística, don Fermín Chávez se mete con una de las cuestiones fundamentales y fundacionales de la historia y la cultura de la Argentina. Ahonda en lo que él acertadamente llama “la ideología de la dependencia”.
Se trata de un trilogía de estudios de la historia y la cultura nacional, que tienen como meta esencial demostrar la falsedad de la fórmula “civilización y barbarie” (“institucionalizada” por Sarmiento en su “Facundo” a partir de 1845) y destacar los efectos provocados entre la dirigencia argentina.
Chávez corrobora que en realidad la ideología iluminista tácita en los primeros años la revolución de Mayo, comienza a tomar formar combativas a entre 1815 y 1820, a través del altoperuano José Pazos Silva (Pazos Kanki).
Este aymará –explica en la primera de las obras- estuvo en Londres, dejó la sotana, se convirtió al protestantismo en Inglaterra, llegó al Plata en 1816 y desde el periódico La Crónica Argentina difundió la ideología iluminista.
Esa fórmula fundacional trágicamente después se habría de convertir en “civilización o barbarie”, que implica la eliminación física del otro. Esta dicotomía fundacional informó a la política argentina del siglo XIX y aún sigue vigente.
En el proemio de aquel primer libro dice Chávez: “La ideología de la dependencia lleva entre nosotros el nombre de Iluminismo, esto es, de una ideología ahistórica”. Postula en la obra que el iluminismo es una utopía antigua en el desenvolviendo de la cultura.
Allí analiza certeramente los efectos que genera el credo iluminista entre los argentinos: “La clase dirigente argentina, que lo hace suyo, concibe un país geopolíticamente insular, sin conexión alguna con la América continental, que sólo atiende mercados transoceánicos y prescinde del mercado interno”.
Y que frente a la vieja utopía iluminista ahistórica, la inteligencia argentina y continental debía apropiarse del historicismo, como “única idea factible y adecuada al proceso de desarrollo de nuestra autoconciencia nacional”.
Don Fermín Chávez militante peronista, historiador, ensayista y poeta pertenece a ese universo del revisionismo histórico y cultural, especialmente marcado por la persecución tras el derrocamiento de Juan Domingo Perón por el golpe de Estado de 1955.
Pero nuestro ensayista también se metió con otras personalidades –olvidadas o desfiguradas- por la historiografía oficial. También escribió la biografía del general riojano Angel Vicente Peñaloza: “Vida del Chacho” y una obra sobre aspectos desconocidos –o ocultados- de José Hernández.
Chávez nos explica en esa obra que el “Chacho” como su comprovinciano Ricardo López Jordán fueron víctimas del odio del Sarmiento hacia los federales: “Sarmiento y Mitre manipularon la historia para mostrarnos como forajidos a aquellos líderes que representaban a las masas del interior, identificando a estas con la barbarie, en tanto el capital extranjero y sus agentes eran mostrados como representantes de la civilización”.
Esta zoncera, la mayor de todas según don Arturo Jauretche, ha subsistido hasta nuestros días.
Allí, Chávez destaca como nuestro “educador” Sarmiento festejó el asesinato del Chacho: “He aplaudido la medida, precisamente por su forma. Sin cortarle la cabeza a aquel inveterado pícaro y ponerla a la expectación, las chusmas no se habrían aquietado en seis meses”.
Es decir, la eliminación del otro y su posterior celebración, una práctica fundacional que trágicamente acompaña a un sector de la sociedad argentina. En ese libro, Chávez incluye el bello poema de homenaje: “Y estaba el Chacho”.
Como no podía ser de otra manera, Chávez también se dedicó a refutar, con documentación exhaustiva, aquella otra pavada de la crítica culta, según la cual el Martín Fierro es una obra que “supera” al autor. Zoncera que tenía el fin de ocultar la actuación política e intelectual de José Hernández.
Por eso publicó en 1959 “José Hernández, periodista, político y poeta”. El libro revela la actuación desconocida del autor del Martín Fierro y saca a luz lo que Hernández escribió en el diario rosarino La Capital.
En 1961, publicó su “Alberdi y el mitrismo” (Arturo Peña Lillo editor), cuyo eje central es el enfrentamiento entre el autor de las Bases y el partido mitrista, y donde también se destaca las profundas diferencias entre Alberdi y Sarmiento. Es un libro destinado a rescatar la obra del tucumano sumida en la confusión por sus antagonistas.
Tras estudiar filosofía, teología y derecho canónico, en 1950 se encuentra como redactor del órgano oficial de la CGT, aunque en 1941 un diario porteño publica sus primeros versos y en 1947 ingresa al periodismo.
Chávez escribió en 1962 “Poesía rioplatense en estilo gaucho”; en 1975, “Un nuevo diálogo gauchesco sobre Rosas”; en 1973, “La vuelta de José Hernández”.
Más recientemente, publicó “Otra vuelta con Martín Fierro” (1999, Ediciones Theoría). Allí, se integran materiales inéditos y dispersos; ingredientes de la cultura de Hernández. Entre ellos, se destacan la analogía entre Martín Fierro y la Égloga IX de las Bucólicas de Virgilio, cuyo tema central es el despojo de las tierras.
También hay en esa obra un análisis de las relaciones entre la literatura regional de Río Grande do Soul y la gauchipoética argentina; otro sobre “Los primeros hernandistas”; la crítica al Martín Fierro del intelectual boliviano Pablo Subieta, hecha en 1881, mientras estaba radicado en Salta; y la “Gauchesca de Entre Ríos”, entre otros escritos.
Entre sus obras también se destacan “Perón y el peronismo en la historia contemporánea”, “Eva Perón en la historia”, “Eva Perón sin mitos”, “Historia del país de los argentinos” “La chispa de Perón” y “Poemas con matreros y matreras”.
Uno de sus mayores trabajos recientes es “Historia y antología gauchesca” (Francisco Montesanto editor, 2004). Allí, figuran cielitos de Hidalgo, poemas del “Antonio Chimango” (1915) del brasileño Amaro Juvenal, de Hernández, de Antonio Lussich, de Ascasubi y payadores del siglo XX, entre otros.
Chávez, que se definía como un campesino del norte de Nogoyá, estudió filosofía en el convento porteño de Santo Domingo, luego teología en el Colegio Dominicano del Cuzco, en Perú.
Fervoroso estudioso e investigador del Martín Fierro, Chávez aseguró el año pasado en Clarín ( 6-6-05) que nuestra obra máxima “es parte de nuestra identidad, ni más ni menos. Tenemos que releerla hoy para comprobar cómo su espíritu reaparece en el tango cuando el gaucho de las orillas urbanas se transforma en el compadrito, pero también en la música joven hecha aquí. El rock retoma la tradición gauchesca ligada a la denuncia social y política, además de las historias de amor, la picardía, el humor ácido y la crítica de la vida cotidiana”.

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