Experiencias de la resistencia

AUNO consultó a músicos locales sobre los cambios introdujo Cromañón en los rituales del rock en el sur, cómo se modificaron las condiciones que imponen quienes manejan los escenarios del conurbano sur y cómo se resiste y organiza la escena para sobrevivir a la tragedia.

Andy González, cantante de “Tracy Lord”: Siendo frío y dejando de lado el tema puntual de las víctimas, para nosotros Cromañón fue un problema. Tocábamos de jueves a domingo y dejamos de tener laburo porque el gobierno porteño sólo permitía shows de tango. Además, lo sufrimos como artistas: era obvio que siguiendo la cultura de las bengalas, que no compartimos, iba a suceder. Era una movida muy peligrosa. Ahora, el rock no es rebelde, eso sería hacer quilombo, y lo cierto es que está estancado dentro de lo que se hace para vender. Las novedades que hacen algún quiebre son movidas distintas e independiente, pero el rock ya no está en ese camino.

Vladimir Mazurok, cantante de “El Abuelo”: Para nosotros, Cromañón fue muy doloroso; se han ido chicos que nos venían a ver, y gente amiga. Eso es lo primero que nos pega cuando recordamos lo que pasó en Once. En cuanto a las consecuencias para nuestra banda, recuerdo que al mes nos llamaron de una revista porque pensaban que éramos una de las más perjudicadas. Éramos optimistas, creíamos que no iban a cambiar mucho las cosas, pero nos dimos cuenta de que las reglas del juego se complicaron mucho más. Nunca más pudimos volver a armar una fiesta, porque antes armábamos todo nosotros. No fue un amague, realmente las cosas cambiaron.

Joaquín López García, cantante de “Caníbal Can”: El incendio de Cromañón generó una conciencia de lo que implica tocar en vivo, sobre todo en lo relativo a cuestiones de seguridad. Se redujeron las facilidades para tocar, se cerraron un montón de posibilidades, y tanto en el Gran Buenos Aires como en Capital ahora hay pocos lugares para subir a un escenario. Pero hay otro tema: en la gente que está fuera de la movida del rock se acentuó el prejuicio de peligrosidad y rebeldía.

Jason Cruses, cantante de “Borregos Border”: Para el underground, Cromañón fue una vuelta de página. Es más, ahora no hay más under. Los músicos aprendimos a los golpes que la gente no tiene que correr peligro. Desafortunadamente, fue la única manera de aprenderlo, porque fue inesperado. A Cromañón lo sobrevino un período de búsqueda y de cambio mental, porque había que fijarse dónde caer, ya no se podía tocar en cualquier lado. Ir a hacer un recital hoy ya no es colgarse la guitarra nomás. Esto cambió esa concepción del rock: hoy ya no se puede estar con una trampa en la cabeza y por suerte se paró la pelota.

Ringo, cantante de “Botasucia”: Siempre hubo quienes quisieron matar nuestra libertad de expresarnos a través del arte o la música en épocas de dictadura, represión y tortura. Pero después de Cromañón, el espacio del rock cambió mucho y para mal. Hace 15 años había algún que otro tipo queriendo organizar fechas entre bandas y hacerles vender entradas para sacar su ganancia gracias a ellas. Y los pibes quieren tocar y se olvidan de que hay que estudiar y ser prolijos y respetuosos a la hora de hacer música. Ninguno de nosotros era consciente cada vez que iba a tocar de las condiciones del lugar; lo hacíamos en cualquier lugar sin saber si las instalaciones eléctricas estaban bien hechas o si había una llave térmica. Cromañón cambió eso.

Gustavo, cantante de “Pendusa”: Después de la tragedia de Cromañón, a las bandas under de rock se les complicó hacer conciertos, se cerraron muchas puertas, sobre todo a las más chicas. Ahora piden el requisito de llevar un demo para escuchar, se les pregunta qué estilo de música hacen, en qué otros lugares tocaron y cuánta gente podrían llevar. Y en todos lados te cobran un permiso para tocar, que es de 200 pesos para arriba. Eso antes no existía y demuestra que los dueños de locales buscan hacer su negocio con lo que pasó.

Ezequiel Visconti, cantante de “Androide Mariana”: El rock pertenece a la era de la industria cultural, es una mercancía y como tal funciona según las leyes de la oferta y la demanda. Con la clausura sistemática de un importante número de locales en donde los artistas podíamos expresarnos, la oferta se reduce pero la demanda (de artistas y público) sigue intacta. El precio del rock sube como las pretensiones de los dueños de los locales y evidentemente vuelven a surgir ámbitos no del todo legales. Se trata una contradicción entre los intereses de los lugares habilitados y los de los artistas o consumidores. Es lo que pasa cuando el rock sale caro. Y Cromañón salió caro.

Nantuko, baterista de Von Braun Rocket: Sobrevivir a Cromañón, como joven y como músico, supone organizarse. Del contacto con otras bandas, en recitales, boliches y bares, unos 5 o 6 grupos lomenses formamos una especie de cofradía: cada banda va al recital de la otra, los equipos de audio se prestan, los datos de lugares para tocar se comparten, los músicos se intercambian y los equipos se suben entre todos al auto de quien fuere. Los lugares en los que una banda chica, como la nuestra, puede tocar no alcanzan de ninguna forma las medidas de seguridad básicas, pero son los únicos espacios que tenemos permitidos. En ese camino, contamos con el apoyo de algunos pocos lugares donde podemos expresarnos entre amigos. Pero con cuidado.

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