El solitario final del represor

El dictador Emilio Eduardo Massera murió en prisión domiciliaria. Aunque por su estado de salud no pudo ser juzgado por todos los delitos que cometió, la historia le reserva en sus páginas más negras, el lugar del protagonista e ideólogo del genocidio que llevó a cabo la última dictadura.

Emilio Massera murió por “un paro cardiorespiratorio no traumático”. Justo él, el mayor ideólogo de las muertes traumáticas de una generación de argentinos que se opuso a la instauración de un modelo político y económico salvaje.

Pero no importa su manera de partir, sino que el juicio de la historia ya le haya dedicado para siempre buena parte de las páginas más negras, esas que ya nunca podrán blanquearse.

Por más que diarios como Clarín sólo ubiquen a la noticia en un recuadro de tapa y que una de sus notas principales haya sido: “Hay nidos de pájaros en la ESMA, el lugar donde Massera alojó el horror”.

Ni que La Nueva Provincia de Bahía Blanca —ciudad cuna de marinos— publique: “Massera no fue, demás está decirlo, la mezcla de Maquiavelo y asesino serial que han pintado sus enemigos, tan feroces a la hora de enjuiciarlo con la pluma, como lo habían enfrentado antes en esa tremenda guerra civil en la cual ellos llevaron la peor parte”.

El oscuro almirante representó a las mil caras en que puede dibujarse el terror. Fue el mentor de Alfredo Astiz con su infiltración entre las primeras Madres de Plaza de Mayo y las monjas francesas. El inventor de los “vuelos de la muerte”, cuando aviones de la Armada tiraban cuerpos de desaparecidos que aún permanecían vivos.

El constructor de ese monumento del horror que significa la Escuela de Mecánica de la Armada, hoy convertida, con estricta justicia, en un Museo de la Memoria. El perseguidor en el exterior de aquellos encargados de la supuesta campaña “antiargentina” y el matador del periodista Rodolfo Walsh.

Ahora queda más claro que cada uniformado que nos perseguía por aquellos días estaba representado en la imagen siniestra de un hombre peinado a la gomina y cejas tupidas.

Allí estaba en cada marcha que se organizaba en contra del proceso, en cada persecución a estudiantes, trabajadores e intelectuales. En esos profesores venidos de la Armada, o de otras fuerzas, o en cada plan de estudio que quería hacer creer que la filosofía se debatía sobre todo entre platónicos y aristotéĺicos y concluía con el alemán Immanuel Kant.

O que la historia argentina se enaltecía con Julio Argentino Roca y terminaba en Félix Uriburu, líder del primer golpe de Estado en la Argentina. En cada libro que no pudimos leer, en cada película censurada, en aquellos cantantes que no pudimos escuchar y en tanto oscurantismo.

Massera quiso seguir una carrera política luego del Proceso, tras la debacle de Malvinas, pero las luchas populares ya lo habían condenado para siempre.

Es que como escribió Mario Benedetti en el “Sur también existe”: “Aquí abajo, abajo, cerca de las raíces, es donde la memoria ningún recuerdo omite”.

AUNO 10-11-10
DC – EV

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