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FUNDACIÓN LEER

Los voluntarios, la nota destacada de la Maratón Nacional de Lectura

Fueron cerca de 270 mil en todas las etapas de organización del evento, en el que participaron cerca de tres millones y medio de chicos.

La décima Maratón Nacional de Lectura, organizada por la Fundación Leer a fines del mes pasado, se realizó en más de 12 mil escuelas, con un total de 3.678.853 chicos participantes. Y la nota destacada fueron los voluntarios: en el evento trabajaron cerca de 270 mil.

Llamando a las escuelas, preparando los materiales para el festejo o colaborando en la organización de la Maratón, una cifra inédita de voluntarios participó este año de la iniciativa. Por ejemplo, en el evento del Zoo de Buenos Aires, hubo más de 100 voluntarios de los colegios Pestalozzi, San Javier y Washington.

Algunos de los jóvenes fueron encargados de postas y otros acompañaron a los niños de las escuelas en el recorrido.

Los voluntarios corporativos también estuvieron presentes en la Maratón. En distintos puntos del país, las empresas sumaron a su personal: fue el caso de Dow en Bahía Blanca, Tecpetrol en Aguaray o Cencosud en Córdoba. En el Zoo, las postas corporativas tuvieron la participación de voluntarios de Bayer, BGH, Cencosud, EMC, Falabella, Tecpetrol, Santander Río, Entre mujeres, Interbanking y Total Austral.

La Fundación Leer (www.leer.org.ar) es una organización sin fines de lucro creada en 1997 con la misión de incentivar la lectura y promover la alfabetización de niños y jóvenes. Desde su creación, desarrolló programas en todo el país, con 1.327.286 niños participantes.

“Hoy Casa Manu es un proyecto comunitario muy grande”

El pasado 4 de octubre, Casa Manu cumplió diez años en la tarea de acompañar a niños y niñas con VIH y en situación de riesgo. En diálogo con Auno-Tercer Sector, la directora del Hogar, Silvia Casas, hizo un repaso por los principales logros y los obstáculos que surgieron a lo largo de esta década.

Casa Manu comenzó con un pequeño hogar y de a poco se convirtió en un proyecto que involucró a toda la sociedad, ¿cómo se dio ese cambio?

Al principio el hogar tuvo un objetivo asistencial, para los chicos que llegaban con necesidades afectivas y de asistencia médica. Hoy Casa Manu es un proyecto comunitario muy grande, en donde además de ese cuidado realizamos capacitaciones. En este camino tuvimos la suerte de contar con la colaboración del Municipio (Esteban Echeverría) y con el Ministerio de Desarrollo Social de la Nación. En esa línea pudimos llevar a cabo un proyecto de Salud Comunitaria en 4 CIC del distrito, en donde capacitamos a 60 manzaneras sobre el VIH/Sida, salud sexual y reproductiva, y el tema de la nutrición como eje transversal. También contamos con el apoyo de la Dirección Nacional de Sida y algunas empresas que realizaron su aporte a lo largo de estos diez años. Lo bueno de todas las actividades que salieron de Manu es que se fueron haciendo conocidas y eso no es bueno sólo para el hogar sino para que más instituciones, más organismos y más empresas estén al tanto de la problemática y nos ayuden a transmitir formas de prevención y a desmitificar todo eso que se dice sobre el VIH/Sida.

Hace algunos años usted hablaba de lo difícil que era llegar a las escuelas para hablar sobre estos temas, ¿considera que hay una mayor apertura?

Todavía sigue resultando difícil, pero no es por los chicos. Ellos no discriminan. El problema muchas veces son los padres que, cuando su hijo llega de la escuela diciendo que tiene un compañerito de Casa Manu, inmediatamente ese papá va a hablar con las docentes porque en algunos casos consideran peligroso que un niño con VIH asista a la misma escuela que su hijo. Ante esta situación no todos los docentes pueden responder porque no todos están informados y no todos hablan sobre el tema. Entonces no creo que esto sea algo que nosotros como institución debamos hablar con los chicos o con los padres. Creo que el punto está en capacitar a los docentes para que sean ellos quienes enseñen a los chicos, porque son quienes pasan horas con ellos y son ellos en quien confían. Es importante saber, por ejemplo, que de un argentino que sabe que tiene VIH y recibe tratamiento, hay nueve que no lo saben. Veamos entonces la fuerza que toma esta situación en la que un padre se queja porque en la escuela a la que va su hijo hay un chico con VIH. Es de gran importancia que ese chico lo sepa, hay muchos que no lo saben y además están en peligro.

Otro problema frecuente en todas las OSC es la cuestión económica, ¿con qué recursos cuentan actualmente?

Fundamentalmente hay mucho trabajo de la comunidad, que siempre nos da una mano. También nos sostenemos con las ferias americanas y diferentes actividades que realiza el hogar. Es muy difícil mantener un hogar, sobre todo cuando hay un gobierno provincial ausente que cuando envía fondos, nos encontramos con que son irrisorios para el tipo de actividad que realizamos. Actualmente tenemos a 18 chicos viviendo aquí, dos de ellos con capacidades diferentes. Contamos con una casa hecha a partir de mucho esfuerzo, pero es una casa que tenemos que mantener, que representa un gasto muy grande. Lo que hicimos y lo que continuamos haciendo tiene que ver con la colaboración de todos, después de diez años puedo decir que todo esto se construyó con comunidad.

Hace poco se les cedió en comodato la calesita de la Plaza 25 de Mayo, de Luis Guillón. Más allá de ser un símbolo de la infancia, ¿qué importancia cobra el hecho de que ustedes puedan estar ahí como institución?

Por una parte, la calesita nos dejará alguna ganancia, ya que todo lo que ingrese por la venta de las fichas servirá a Manu como una entrada más para seguir sosteniéndonos. Pero por otra parte, el hecho de que seamos nosotros los que estemos ahí y que además lleve nuestro nombre implica que la gente se entere de qué se trata. Necesitamos que la gente se entere y que además se involucre, que difunda que existe un hogar para chicos con VIH en su comunidad y que además es el único en el país con estas características. Enterarse de la existencia de Manu derriba un montón de barreras que tienen que ver con la discriminación y con la posibilidad del entendimiento y la inclusión.

MONTE GRANDE

Arte colectivo y solidario para representar el trabajo de Casa Manu

A través de una iniciativa que involucra a artistas plásticos, voluntarios y vecinos, la entidad abocada al cuidado de chicos y chicas con VIH tendrá un mural que celebrará el trabajo realizado desde hace diez años.

El mural de Casa Manu

“Donanos tus cositas cachadas”. Ese fue el asunto del correo electrónico que circuló durante varias semanas entre todos aquellos que colaboran con Casa Manu, la organización de la sociedad civil que en el sur del conurbano bonaerense trabaja con chicos y chicas con VIH. La iniciativa planteaba que cada uno acerque al hogar aquellos objetos de vidrio o cerámica que consideren en desuso, objetos que luego fueron reciclados en el “Árbol de la vida”, un mural creado por un grupo de voluntarios y con la artista plástica Eliana Eschave a la cabeza.

“Una vez escuché que desde una avioneta se promocionaba la Feria Americana de Casa Manu. Yo no sabía lo que era y empecé a buscar información. Ahí me enteré que estaba acá, en Monte Grande, lugar en donde yo vivo, y me pareció que tenía que hacer algo por ellos”, explicó Eschave, que si bien ya realizó murales en otras instituciones, nunca lo había hecho en una de su propio barrio, motivo que le dio un valor extra a la tarea que realiza en forma solidaria.

El proyecto fue recibido con entusiasmo, por lo que además de la campaña impulsada por el Hogar para recolectar objetos que se puedan reciclar (ya que Eschave realiza murales con la técnica de reciclado de cerámicos y vidrios), la muralista comenzó una campaña por Facebook, invitando a sus conocidos a participar, lo que sumó gente al proyecto. Así se conformó el grupo de trabajo que todos los fines de semana se acerca a “la casa de Weiman” para trabajar sobre una de las paredes.

El dibujo era simple pero decía mucho: “Árbol de la vida”, como fue titulado, está compuesto por un inmenso arbusto en tonos de verde y marrón, un cielo con diferentes tonalidades de azul y, entre ellos, los niños y niñas que, sentados en algunas ramas, pescan corazones que se encuentran dispersos a lo largo de toda la pared.

“Ellos están pescando algo, como los 18 niños que hoy están acá y los 54 que pasaron a lo largo de estos diez años. Pescaron la posibilidad de un destino diferente a partir de todo lo que sabemos sobre el VIH y las formas de vivir como lo hace cualquier persona”, expresó la directora de Casa Manu, Silvia Casas, a la hora de hablar de la carga simbólica de la obra.

“Árbol de la vida” no tiene fecha de finalización, ya que al tratarse de “arte colectivo” desde la forma en la que se recolectan los materiales hasta la manera en que se va construyendo la imagen sobre la pared, todo dependerá de la cantidad de cerámicos, botellas, tazas y platos que vayan llegando al hogar. Mientras tanto, Casas asegura: “Cada pedacito de cerámica que le agregan representa mucho, porque ahí va una parte de la sociedad, que es la que siempre nos acompaña y nos respeta”.

Teatro

Cumple 20 años el "Titiritero de Banfield"

Sergio Mercurio, un artista cuya obra es reconocida en distintos países, festejará sus 20 años de carrera en su ciudad natal con presentaciones de viejos espectáculos, estrenos y actividades para todo el público durante todo un mes.

Sergio Mercurio

Lomas de Zamora, octubre 22 (AUNO).- El titiritero de raíces banfileñas Sergio Mercurio, quien conquistó con sus títeres tanto a espectadores de su país como de varios países de América y hasta a la crítica europea, celebrará durante todo un mes sus 20 años de carrera artística con obras estreno, algunas de sus obras más conocidas en el ambiente y talleres de teatro en la localidad que lo vio nacer.

El sueño del “Titiritero de Banfield” y director de “El Garrafa, una película de fulbo”, la película que homenajeó al futbolista “Garrafa” Sánchez era recorrer Latinoamérica y llegar a México con su innovadora y madura propuesta de teatro con títeres, lo que, casi sin querer, lo llevó al reconocimiento en América y hasta en diferentes festivales de teatro europeos.

La celebración del cumpleaños artístico del titiritero, que comenzó el viernes y finalizará el 17 de noviembre, incluye el estreno de la obra “Viejos”, una serie de cortos que relatan en aproximadamente siete minutos historias de vida y de barrio de doce ancianos banfileños.

De aquel pretencioso viaje que dio inicio a la carrera artística de Sergio Mercurio pasaron 20 años, motivo por el que el artista eligió Banfield, más precisamente el teatro “El Viejo Varieté” (Maipú 540), para festejar.

El cronograma de la fiesta aniversario también contará con un taller abierto a todo el público que se desarrollará en dos etapas y la puesta en escena de algunas obras que cumplen casi tanto años como la trayectoria de Mercurio y que lo llevaron a su consagración.

Un viaje es apenas un punto de partida y para Sergio, a quien sus vecinos solían reconocer por la calle como “el profesor de educación física”, fue una carta que marcó su destino, ya que, reconoció, jamás pensó que se convertiría en titiritero y “mucho menos estar hace ya 20 años trabajando de esto”.

Pero recorrer el mundo también significa regresar y, según resaltó Mercurio a AUNO, alejarse del lugar en el que creció le creó “una conexión mucho más fuerte con Banfield, tanto con el lugar como con la gente”, motivo que le bastó y le sobró para haber elegido a su ciudad como escenario de los festejos de su aniversario artístico.

Para este artista, volver a sus raíces es sinónimo de reencuentro, no solo con quienes lo conocieron como “el pibe que siempre andaba dando vueltas por ahí”, sino también con toda una nueva generación que ahora tiene entre 20 y 25 años y cuyos padres, en los comienzos de Mercurio, no llevaban a ver sus obras porque decían que eran “para adultos”.

En los festejos del artista de banfileño, todos los socios del Club Atlético Banfield que tengan su cuota al día tendrán un 20 por ciento de descuento en el valor de las entradas.

GRG-AFD
AUNO-22-10-12

Cine documental

Un documental que rompe estructuras

En una hora y media, “A la tolva” retrata la lucha de los trabajadores despedidos de la ex Terrabusi en 2009. Tras recibir una mención de honor en el Fecico, sus realizadores hablaron con AUNO sobre el desafío de combinar la protesta social con el arte.

Trabajadores de Kraft

Por MARINA PANDOLFI y DANIELA ROVINA

Lomas de Zamora, octubre 22(AUNO).- En julio de 2009, los trabajadores de la empresa norteamericana Kraft Foods se movilizaron adentro de la planta ubicada en General Pacheco en reclamo de mayores medidas de higiene por la epidemia de la Gripe A. Un mes y medio más tarde, 158 telegramas de despido dejaron en la calle a varios, incluidos cinco de la comisión interna. El “despido por causa justificada por actos de indisciplina” fue el puntapié inicial de una de las luchas obrero-industrial más persistente de la última década. El grupo de documentalistas “Mate Amargo” registró los noventa días del conflicto en “A la tolva”, una producción que retrata la cotidianeidad de la protesta sin caer en el partidismo político.

Ezequiel Odone y Daniel Waisberg son dos de los integrantes del grupo surgido en 2007 entre estudiantes de la carrera de Diseño de Imagen y Sonido de la Universidad Nacional de Lanús (UNLa). El año de la protesta, Daniel era presidente del centro de estudiantes del Partido Comunista Revolucionario (PCR) y cuenta que un día recibió un llamado pidiendo la adhesión de los estudiantes al reclamo de los despedidos de Kraft. Entonces, se puso en contacto con Ezequiel y otros compañeros, con quienes emprendió una hazaña algo azarosa: “El primer día no conocíamos nada. No teníamos pensado grabar. Hubo una parte que fue buscada y la otra no. Sabíamos que esto iba a ser grande y (encima) en esa época hubo despidos en todos lados”, relataron a AUNO los realizadores.

En los trayectos de los barrios sureños hasta Pacheco hubo planteos entre los miembros de “Mate Amargo” sobre si seguir o no con el proyecto. “Recuerdo que en esa época renuncié a mi trabajo para poder ir todos los días. Después de eso, estuve ocho meses sin laburo. Fue duro para todos. Daniel también, vivía con dos mangos por día”, contó Ezequiel.

A pesar de los contratiempos técnicos y económicos, este documental de una hora y media de duración consiguió una mención honorífica en el Festival de Cine del Conurbano (Fecico), además de proyectarse en universidades, festivales y centros culturales de Latinoamérica.

-¿Cómo fue el primer acercamiento con los trabajadores?
Daniel: El primer día fuimos a ver qué estaba pasando. Los trabajadores nos pidieron que subamos material, con eso ganamos su confianza. Fuimos como una especie de cronistas sobre lo que estaba pasando: íbamos, filmábamos, volvíamos, editábamos y lo subíamos a Internet. Los videos filmados con celulares en el interior de la fábrica nos los dieron ellos.
Ezequiel: La gente que estaba afuera de la fábrica nos contaba historias de despidos de otros lados. Fue un año donde hubo muchos despidos masivos. Había muchos representantes de otras plantas que se acercaban y te contaban sus historias. Al principio estaban muy a la defensiva. Pensaron que éramos “canas” y nos preguntaban qué estábamos haciendo y para qué. Entonces nos preguntaban: “¿Quién les paga?” Nadie. “¿Y porqué lo hacen?” Por amor al arte. “O son muy hippies o son muy pelotudos”.
-¿Por qué eligieron que el documental no se convirtiera en un panfleto político y a la vez les sirviera a sus intereses y a los de los trabajadores?
E: Ahí hubo un acuerdo desde el principio: dijimos que no íbamos a hacer una película para militantes. Fue difícil de sostener pero se pudo lograr.
D: Nosotros teníamos claras dos cosas. Primero, mostrar una película que sea bastante amplia, y segundo que se vea una cuestión más humana. En las luchas, generalmente, hay de todo: en las películas muestran que los tipos son súper combativos. Después boludean. Eso es lo que sucede en la realidad: la gente hace chistes, hay risas, no solamente hablan de política todo el tiempo.
-Entonces intentaron mostrar el costado cotidiano de una protesta…
D: Hacés arte para conmover y funciona cuando terminás de ver algo y te cambió. Nosotros queríamos mostrar que eran personas comunes y, si hay algo que ellos reconocen del documental, es que se ven como personas. De hecho es lo que les decíamos cuando los entrevistábamos. Que no hablen como si fueran punteros políticos, sino como personas porque llegan mucho más. Mantuvimos el discurso del entrevistado, aún cuando no estuviéramos de acuerdo.
-¿Cómo evitaron lo panfletario si toda expresión artística es política?
D: En eso estoy de acuerdo. Nosotros entendimos que lo principal de la película es que no tenga una estructura orgánica. Tiene que haber cosas que no lo sean.
E: Es muy difícil hacer arte con más de una persona a la vez porque cada uno tiene su visión y su forma de hacer y decir las cosas. Intentamos ser objetivos en decir que contamos lo que vimos. También hay un tema de capacidad: somos dos personas con una cámara.
- ¿Con qué recursos técnicos contaron?
E: Muchas cosas se dieron por decisión. Hay gente que se queda en la fábrica y gente que sale a cortar la ruta. Entonces, ¿a quién seguís? Hay que empezar a charlar y decidir.
D: Teníamos un solo equipo de filmación y la verdad que fue una odisea. En general, Ezequiel filmaba y yo hacía las entrevistas. Una vez le pedimos a una trabajadora que nos sostuviera el micrófono mientras hacíamos las entrevistas. Eso nos sirvió para experimentar qué podía pasar. Nos dimos cuenta de que a ella le contaban más cosas que a nosotros. Si comparás las primeras entrevistas con las últimas hay una calidez totalmente distinta. Una parte de hacer un documental social es ser parte del conflicto. Es ir y estar ahí.
-Fue todo un desafío contar noventa días de lucha en una hora y media de documental.
D: Fue muy difícil definir qué cortar. Nos llevó un montón de tiempo. El conflicto es muy complejo. Hay cosas que nos quedaron afuera, como la versión de la empresa o las internas de los trabajadores. Es la historia contada por ellos mismos. No hay voces en off, nosotros no intervenimos.
E: Era un problema porque teníamos la idea de no violar el discurso del resto y por eso no cortamos muchas cosas. Elegimos una forma particular de contar las cosas. El hecho de que no hubiera narrador fue una forma muy especial de hacerlo. A nivel técnico fue complicado. Si hubiésemos optado por narrar, probablemente el documental hubiese durado menos y podríamos haber ahorrado semanas de laburo.
-¿Qué repercusiones tuvo el documental? Es difícil complacer a todos…
E: Tuvimos peleas con pibes del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS) que se metieron a romper charlas nuestras en la UBA y no sabían ni quienes éramos. Les habían dicho que éramos del PCR. En ningún momento analizaron lo que estaban mirando, simplemente fueron a romper.
D: Es re jodido. Hay peleas. Hay una parte de los militantes que son bastante cuadrados: ven solamente las cuestiones que los rodea. No importaba la división entre el PTS y el PCR. La cuestión era con Kraft y con el Gobierno. En el video, uno de los trabajadores lo dijo: “Acá hay peronistas, radicales y kirchneristas, pero lo que importa es que somos todos despedidos”. Nunca vas a llegar a todos. La idea era tener el mayor impacto posible.
-¿Qué impacto tuvo en ustedes participar directamente en la protesta?
E: Como Daniel militaba, ya estaba acostumbrado a la figura del sindicalista que es “buena gente”. En cambio, yo tenía otra imagen, el del “Gordo” que vive en una quinta. En el documental se ve la casa de Jorge Penayo (uno de los dirigentes de la protesta) y es un tipo que vive en un terreno compartido en una casa hecha por él mismo. Quieras o no, te tira un poco a la mierda la estructura que vos tenias del sindicalista argentino. Eso es lo que quisimos lograr: romper estructuras.

DR-MP-AFD
AUNO-23-10-12