Casa tomada, metáfora del país estancia*

Hay una vasta literatura a favor y contra el peronismo. La última tiene como rasgo casi común ser odiosamente racista. Cortázar escribió varios textos, no inscriptos en la cultura popular, contra ese movimiento político.

Horacio Raúl Campos

Lomas de Zamora, agosto 26 (AUNO).- Es muy común observar a peronistas deshacerse en homenajes a Cortázar sabedores de que a ese escritor el peronismo le resultaba abominable. ¿Será producto de la famosa reconciliación nacional? Entre los relatos de ese escritor figura ‘Casa tomada’, el más famoso de ese género.

Escribió también otros de esa misma índole: El pésimo y desgraciado poema ‘Patria’ y los relatos ‘Gardel’, ‘Cada cual’, ‘Las puertas del cielo’, ‘Los premios’, ‘Ómnibus’, ‘Las babas del diablo’, ‘El veneno’ y ‘La banda’; y la novela vergonzosamente discriminatoria El examen, escrita en 1950, pero publicada en 1986. Entre otros.

El cuento ‘Casa tomada’ se lo debe leer como una metáfora del país estancia, que el peronismo ‘toma’ y pone en peligro a partir del 40-50.

Se trata de una casa colonial patricia, un poco venida a menos: “Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos (…)” y después bosteza: “Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia”. El silencio fue roto por el bárbaro ruido del peronismo.

Cachaciento, Cortázar metaforiza y se lee la Argentina agroexportadora; el país como inmensa estancia, silenciosa y limpia. Porque el país sencillamente después del 45 se empieza a ensuciar con la presencia de ‘negros’.

Vivían allí, solos, el narrador y su hermana Irene, “una chica nacida para no molestar a nadie”. Pasaban sus días sólo entretenidos con la limpieza de la casona, cocinando, ella tejiendo y él yendo a comprarle madejas para ese cometido y de paso se daba una vuelta “por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa”.

Los personajes son dos parásitos que viven de la renta de la tierra: “No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba la plata de los campos y el dinero aumentaba”. Lo último es una obviedad a lo largo de la historia argentina.

“La casa era muy grande”, escribe después. En ella hay una biblioteca, una sala con gobelinos, pianos y muebles en general; mármoles, zaguán con mayólica, living central y ambientes divididos por gruesas puertas de roble.

“Era hermoso”, recuerda. Claro, con esa vida a costa de las rentas de la tierra del país pastoril, cómo no va a ser hermoso.

Cerrojo contra el peronismo

Pero la plácida política dictada por las vacas y los granos una vez llega a su fin: “(…) daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo (…)”. Es “un ahogado susurro de conversación”.

Ante ese ruido, que no son palabras, porque la barbarie no habla sino que susurra o balbucea, “me tiré contra la puerta antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el cerrojo para más seguridad”.

Es tarde para cerrojos. Así la oligarquía y sus intelectuales voceros se guarecen en una parte del país que les queda. Tienen razón de sentir horror porque son los propietarios de la casa-país-estancia y porque ahora “han tomado la parte del fondo”.

“Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca”. Pena y también tristeza sienten ante la toma de la casa.

Ante ese hecho político, aludido en la ficción, de todas maneras, ellos sienten alivio porque así tenían más tiempo para sus quehaceres domésticos.

“Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar”. Qué otra cosa puede producir la barbarie invasora. No se puede vivir sin pensar, pero el odio de los personajes ante la incautación sorpresiva de la casona colonial hace que maten su razonar. Los ocupas les anulan la razón.

“Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor”, escribe luego. Si hubiera escrito “mis pesadillas” le habría dado más fuerza al relato. Soñaba con el peronismo que, para la visión de mundo de Cortázar, se trata de una pesadilla.

El lugar de los negros

Después los furtivos ocupantes pasan del fondo de la casa, grande como toda casa del patriciado que sueña con el siglo XIX, a otros espacios: “Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo, casi al lado nuestro”.

“Los ruidos se oían más fuertes pero siempre más sordos, a espaldas nuestras. Cerré de golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán”, relata después.

-“¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? – Le pregunté inútilmente.

– No, nada. Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora, dice el narrador.

El relato termina así: “Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que estaba llorando) y salimos a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada”.

Una de las principales preocupaciones del narrador es poner llave y cerrojo para evitar la intromisión del ‘aluvión zoológico’, como dijo un demócrata diputado radical.

La indignación tiene sus fundamentos. Los que toman la casa expropian el dinero de la renta de la tierra, para poder decir también años después: Era hermoso. El baño y la cocina son los lugares de donde los negros no deben salir.

Las últimas líneas del texto aluden a que siempre será mejor que un pobre diablo incapacitado para organizarse políticamente entre a robar, antes que la chusma que sigue a un coronel, que tiene el tupé de casarse con una actriz de tercer orden, quien a su vez se transforma en un ‘látigo’ para las damas de beneficencia.

Entonces, los dos abandonan voluntariamente la casa. Es la conducta que Cortázar adopta en la vida real, que se va a vivir a París. Francia es la patria espiritual de muchos escritores argentinos y la Argentina es para ellos la chacra donde pueden tomar leche fresca.

Tacho de basura y cocineras

Cortázar deja de metaforizar en el poema ‘La Patria’ y pasa al combate y a la diatriba: “(…) tacho de basura que se llevan sobre una cureña envuelto en la bandera que nos legó Belgrano, mientras las viejas lloran en el velorio (…)”. La alusión cobarde sobre la muerte de Evita es obvia.

Después se compadece de los ocupas de la casa: “Pobres negros que juntan las ganas de ser blancos, pobres blancos que viven un carnaval de negros”. Claro que la indignación del escritor afrancesado es más por lo último que por lo primero. El racismo en todo su esplendor.

Otro relato tilingo-burlesco contra el peronismo es el que tituló ‘La banda’ incluido en Final del juego (1956). En esta ocasión la indignación está en boca del personaje Lucio Medina, que a raíz del peronismo renunció a su profesión y se fue del país. Es un alter ego de Cortázar.

Ocurre que Medina, patriarcal y eurocéntrico como su creador, va al Cine Opera. Una vez allí, mientras lee Crítica, nota que “había algo ahí que no andaba bien, algo no definible. Señoras preponderadamente obesas se diseminaban en la platea, y al igual que la que tenía al lado aparecían acompañadas de una prole más o menos numerosa”.

Escribe después que a Medina “le extrañó que gente así sacara plateas en el Opera, varias de cuyas señoras tenían el cutis y el atuendo de respetables cocineras endomingadas (…)”. Se suman “grupos de señoritas venidas con lo que en Villa Crespo o el Parque Lezama estiman elegante”.

El que dirige la banda de música que toca en el cine tiene “un aire de coleóptero”. Pero a Medina no era eso lo que lo irritaba sino que “había otra cosa más profunda”.

Los efectos de las políticas sociales del peronismo: “Una serie de elementos anómalos sueltos, los espectadores inapropiados”. Se trata de otra versión de casa tomada. Pero como el relato es escrito en el 56, entonces festeja el 55: “Por suerte era otra vez Lucio Medina”. La pesadilla quedó atrás.

Ese rencor lo había suavizado en 1973. Aunque menos europeizante y más latinoamericano, Cortázar en 1984 seguía teniendo las mismas prevenciones.

Bibliografía
-Cortázar, Julio, ‘Casa tomada’, en Perón Vuelve, (Sergio S. Olguín, compilador.), Buenos Aires, Norma, 2000, pp. 21-28.
—————— ‘La banda’, en Final de juego, Buenos Aires, Punto de Lectura, pp. 107-113.

—————— ‘La Patria’, en La vuelta al día en ochenta mundos, México, Siglo XXI, 1967.

*Nota publicada originalmente por la Revista El Cruce de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, año 5, número 33, octubre de 2013.

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HRC-SAM

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