Borges: peronismo y literatura

En este agosto se cumplió un nuevo aniversario del natalicio de Borges. Un relato suyo cuenta una puesta en escena ocurrida en Chaco. Alude al peronismo, al que califica como “la cifra de una época irreal”. Como en otros escritos, allí vuelve a incursionar en política. Esta vez para parodiar las honras fúnebres a Evita pero cuando ese sector estaba proscripto.

Horacio Raúl Campos

Lomas de Zamora, ago 26 (AUNO) – “En uno de los días de julio, de 1952, el enlutado apareció en aquel pueblito del Chaco”. Así empieza Borges el relato ‘El simulacro’, que apenas hiende una página de su libro El hacedor (1960) que incluyó en el v. 2 de sus Obras Completas, pág. 178 (1974).

Sin demasiadas metáforas y a muchos años de sus manifiestos ultraístas en los que anuncia el uso de curvas verbales finitas, nuestro escritor vuelve a incursionar directamente en la política y en apenas en poco más de veinte líneas el peronismo vuelve a ser motivo de su escritura. Recordemos que uno de los procedimientos favoritos de nuestro escritor es la brevedad.

Como no puede ser de otra manera, Borges ubica a ese movimiento político en la vereda –sería mejor escribir en la calle- de la barbarie pero por medio de referencias a sujetos sociales que en otros textos suyos son puesto en ese lugar de esa falsa pero cada tanto regada antinomia.

Los juegos, las representaciones y las alusiones están allí satisfactoriamente constituidas. Escribe: “Era alto, flaco, aindiado, con una cara inexpresiva de opa o de máscara; la gente lo trataba con deferencia, no por él sino por el que representaba o ya era”.

En forma literal alude a un delegado de Perón o un farsante que se hacía pasar por tal, aunque el fundador del justicialismo era también de facciones aindiadas.

Llevaba la ‘máscara’ de Perón; es un doble en la ficción. Aunque todos los calificativos con que es revestido el personaje que no merece, según Borges, tener un nombre conforman un corpus descalificador y esa es la intención al describir su rostro “aindiado” porque en este caso es un problema del autor del relato que intenta descalificar así.

El de rostro aindiado “eligió un rancho cerca del río; con la ayuda de unas vecinas armó una tabla sobre dos caballetes y encima de una caja de cartón con una muñeca de pelo rubio. Además, encendieron velas en candelabros altos y pusieron flores alrededor”.

La improvisada obra teatral para engañar incautos con la muerte de Evita estaba lista: “Una alcancía de lata recibía la cuota de dos pesos y a muchos no les bastó venir una sola vez”. Elidida aparece allí la sublimación según la cual Evita era ‘santa’.

A Borges no le importa mucho que ello haya existido o no o que se trató de una farsa a cargo de un impostor. El centro básico de su preocupación es que en esa –podríamos poner ‘representación’- puesta en escena de una escuálida teatralización “está la cifra perfecta de una época irreal y es como el reflejo de un sueño o como aquel drama en el drama, que se ve en Hamlet”. Claro. Es el drama ficcional de un drama político real, según la visión de mundo del autor del texto.
[En ‘Hamlet’ una parte de las acciones se consume en los ensayos de una obra de teatro para su representación en una corte. Se trata de un procedimiento muy común en el contexto isabelino y es así como se lee allí una sutil frontera entre la realidad del espectador y el mundo ficcional del drama].

Borges sueña con el peronismo

Después asegura: “La historia es increíble pero ocurrió y acaso no una vez sino muchas, con distintos actores y con diferencias locales”. Esto último es muy importante porque sale de la ficción del relato para aludir al peronismo en tanto presencia nacional en cualquier localidad porque no olvidemos que en la “farsa” –supuesta o no- está “la cifra perfecta de una época irreal”. Y dice “irreal” porque Borges sueña con el peronismo.

El título del escrito ya es una cifra de la “irrealidad” y que a Borges lo llena de espanto. Se pregunta: “¿Qué suerte de hombre (me pregunto) ideó y ejecutó esa fúnebre farsa? ¿Un fanático, un triste, un alucinado o un impostor y un cínico? ¿Creía ser Perón al representar su doliente papel de viudo macabro?”. Lo que está diciendo en realidad es que el peronismo como hecho político de la realidad argentina es una “fúnebre farsa” y es a Perón real que le dice “fanático”, “triste”, “alucinado”, “impostor” y “cínico”.

Borges nuevamente se sirve del peronismo para tejer un entramado en el que las fronteras de la realidad y la ficción se borronean aunque sin que se difuminen las fuertes referencias políticas del mundo de la experiencia real aludidas.

Para aminorar su espanto, escribe que “el enlutado no era Perón y la muñeca rubia no era la mujer Eva Duarte, pero tampoco Perón era Perón ni Eva era Eva sino desconocidos o anónimos (cuyo nombre secreto y cuyo rostro verdadero ignoramos) que figuraron, para el crédulo amor de los arrabales, una crasa mitología”.

Es una obviedad haber escrito “crasa mitología” por más que sea casi imposible de ser disculpada. Hubiera puesto “negra mitología” o “sombría mitología” que es más musical que lo que escribió y de paso le habría salido una perfecta descripción de las alusiones políticas que realiza en ese escrito casi ‘olvidado’ tal vez evitado por la crítica académica universitaria tan afecta a intentar despolitizar a la literatura.

Así fue como Borges, como tantas veces lo hizo apelando a diferentes géneros discursivos, parodia las honras fúnebres en honor a Evita.

AUNO 26-08-12
HRC

Fuente: Horacio Raúl Campos

0 comentarios en «Borges: peronismo y literatura»

Dejar una respuesta