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Un ritual para todos los sentidos

Fecha de publicación: 19 julio, 2018

Velas rojas, gallinas y un gran banquete. Esa fue la oferta con la que se encontraron dos periodistas de esta Facultad que presenciaron un rito umbanda en uno de los 500 templos que hay en el conurbano bonaerense. Espectadores de un culto ajeno, reviven su experiencia umbandista en esta crónica.

Umbanda

El viernes es un día de alegría para los trabajadores que están por comenzar el fin de semana: también lo es para los practicantes de la religión umbanda. Son aproximadamente las 22 cuando llegamos a un templo umbandista de Tapiales, uno de los más de 500 registrados por la Secretarìa de Cultos de la Nación. No es más que una sencilla vivienda de paredes blancas con una puerta grande de color rojo, bastante rústica. El ruido de los tambores (atabaques) comienza a interrumpir la tranquilidad de los vecinos que miran con desconcierto y temor a las personas que entran al templo.

Es un lugar sombrío con manchas de humedad en el techo y paredes. Con el correr del tiempo, el ambiente comienza a ser un poco más cálido, no porque sea acogedor sino por la cantidad de gente que va llenando el espacio. La enorme cantidad de velas rojas ayuda a que el lugar vaya cobrando un aspecto lúgubre, plagado de esoterismo. Durante toda la ceremonia se preparan para recibir “como se debe” a los Orixás (dioses de la abundancia, de la riqueza), quienes serán los verdaderos protagonistas de la noche cuando se hagan presentes en los cuerpos de sus fieles.

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“Yo ya tengo 30 hijos”, dice Zulma, orgullosa, mientras enciende más velas rojas. La mujer de unos 50 años está vestida totalmente de blanco con collares rojos y verdes que le cuelgan hasta la cintura. ¿30 hijos? Solo queda pensar en una explicación alejada de lo biológico. Sentimos un extraño escalofrío que nos recorre el cuerpo como cuando nos la damos de guapos y ponemos una película de terror en la soledad de nuestra casa. Ella se está refiriendo a sus “hijos de religión” porque Zulma es madre, mai, una suerte de “cacique umbanda”, aunque muchos en el barrio se refieren a ella como “la bruja”.

El templo está lleno de estampitas de “santos” y de imágenes de yeso y cerámica con vestimentas verdes y rojas. Muchas son esqueletos vestidos. Las velas rojas, blancas y negras abundan por toda la habitación generando un clima un tanto tétrico. Hierbas de todo tipo inundan la habitación en forma de humo que despide una mezcla de aromas silvestres con los que buscan purificar el ambiente. Unas 40 personas esperan en silencio, todavía no se sabe bien qué cosa. Muchos de ellos son invitados. Los participantes de la ceremonia son hombres y mujeres vestidos con uniformes blancos, rojos y verdes con túnicas de raso y collares de colores colgando de sus cuellos. No hablan entre ellos ni se ríen. De repente, se escucha un murmullo que llena los oídos. Como el ruido de un enjambre de abejas que persiguen al que rompió su panal. Las plegarias llenas de emoción se hacen cada vez más intensas.

Irrumpe en escena el Pai. Un olor se apodera del lugar interrumpiendo los pensamientos de cualquiera. El Pai utiliza abundante humo para “purificar” las energías de los presentes y hacer que estas no interfieran con la comunicación con los espíritus. El menudo ruido de los tambores, que tanto se escucha en las frías noches del conurbano más profundo se detiene junto con las plegarias dejando un tinnitus molesto. Un hombre fornido, alto y de pelo castaño claro, como salido de una película de superhéroes de Disney, pega un grito en portuñol. Quizás sea ese el momento donde las dudas mezcladas con terror comienzan a surgir nuevamente. ¿Fue realmente una buena idea haber asistido a ese ritual?

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La ceremonia comienza con cánticos y lamentos indescifrables de los participantes, todos descalzos. Los ayudantes de la Mai cantan alabanzas e invocan a entidades espirituales. Los miembros de la “familia” aparentan experimentar transformaciones que los hacen hablar en otro idioma. Algunos se tiran al piso, otros se sacuden todo el cuerpo. La mayoría gira en su eje de forma frenética como lo hace el Pai, todos al unísono del sonido de los benditos tambores, en una especie de trance que los hace actuar y hablar de forma extraña de acuerdo con el espíritu que los poseyó. Forman trompos humanos que dan la sensación estar cavando pozos. Esos cuerpos poseídos son los encargados de comer las ofrendas. Carne vacuna, naranjas, manzanas, entre muchas otras comidas. Es una celebración a lo grande. Hay licores, champagne, whisky y hasta una gran torta decorada. Es el hambre y sed de sus dioses.

“No te asustes”, me dice Sandra. Sus ojos denotan cansancio y sumisión. Ella es la hija del Pai. La misma que nos invitó a presenciar la sesión. “Nosotros buscamos curar, encontrar un equilibrio y rendir tributo a los espíritus que nos visitan. Yo hago esto desde que soy pendeja”, nos cuenta. Sus palabras suenan como a un speech que repite bastante seguido. La tranquilidad que transmite su imagen de niña obediente con sus manos entrelazadas y su perfil cabizbajo es interrumpida por un grito ensordecedor.

Entra una mujer a escena. Lleva una jaula en sus manos. El ambiente se siente pesado, como si una presión agobiara las cabezas de los presentes. Con todos los sentidos agudizados se pueden presenciar muchísimas cosas a la vez. El ritmo cardíaco se acelera al ver dos gallinas aleteando desaforadamente, tratando de librarse de las manos opresoras que las sostienen. La escena transcurre ante nuestros ojos con el grito desesperado de las gallinas que son degolladas. Vemos cómo esa sangre que sale disparada de sus cogotes es usada para bañar a los participantes, que la reciben con devoción y, a la vez, danzan sin parar de decir sus plegarias a los dioses africanos. Lo único que queremos es que este cuadro sangriento, digno de una película de Tarantino, termine.

AUNO 19-07-2018
MC-GZ-AFG

Nota realizada para Taller de Redacción Periodística

Última modificación: 23 de julio de 2018 a las 14:39
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