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Un día perfecto: aquel inolvidable regreso de Temperley, en primera persona

Fecha de publicación: 17 agosto, 2018

Al autor le tocó debutar en primera en un partido histórico: el de la vuelta de Temperley al fútbol en 1993, después de la quiebra, hace 25 años. El domingo 26 habrá un partido a beneficio en el estadio Beranger, con los jugadores y los rivales de aquella tarde.

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Todo pasó muy rápido para mí. Me había ido de Los Andes y hacía un año que estaba en Banfield, pero no había jugado. Y llegué a Temperley dos semanas antes de que empezara el campeonato. Todavía estaban la dudas de si nos iban a habilitar para jugar. Había mucha gente trabajando para que el club volviera a abrir las instalaciones. Hacía mucho que el club estaba cerrado y el impacto era grande. La gente lo sufria mucho, era algo muy triste, mas allá del futbol.

Mientras, yo trataba de ponerme bien. Tenía 20 años, era muy joven, pero en lo futbolístico me faltaba porque no jugaba. En Temperley el DT era Eduardo Lendoiro, que conocía a mi hermano, Rubén, porque habían jugado en la misma época. Me dijo: “si al club lo habilitan, yo quiero que te quedes, que firmes y que seas el arquero titular.”

El sentimiento era de una inmensa alegría. Lo único que me pasaba por la cabeza era jugar, hacer eso de lo que quería vivir y me daba tanto placer. Y también mostrarle a la gente de Temperley las condiciones que yo tenía, devolverles la confianza. Yo tenía claro que era un club muy importante. Cuando era chico lo iba a ver con mi hermano, que me llevaba a la cancha y veía a arqueros como Cassé, o Puentedura.

El 24 de julio de 1993 salió todo bien. Era un día de sol radiante, no había una nube. Viví una serie de emociones que nunca me voy a olvidar. Y los nervios. Cuando salía a la cancha no podía llegar hasta la mitad. No tenía aire, ni oxígeno, por la tensión.

En la cancha no entraba un alma. Explotaba. Y estaban mis tíos, mis primos, mucha gente de la familia. La única que no estaba era mi mamá. Y mi papá, que había fallecido cuatro meses y medio antes de ese partido.

Fue mi debut y fue inolvidable. Ganar era el corolario. Tristán Suárez había ganado los dos primeros partidos, venía bien. Mi objetivo personal era mantener el arco invicto. Y gracias a Dios no me hicieron goles. Es más: en todos los partidos que jugué después, en la cancha de Temperley, nunca me hicieron un gol.

Ese día recuerdo que al principio, por lo nervios, sentía que no tenía esa fuerza de piernas para poder despegar y salir a cortar una pelota o un centro. Pero fue importante una jugada a los 5 minutos. Quedé mano a mano con Millán, un muchacho grande de ellos. Le quedó un rebote entrando el área chica, le achiqué, y me acuerdo que la tapé con un pie, y la pelota se fue al córner.

Eso me dio mucha confianza. Después vino un centro y lo corté en el primer palo. Ahí sentí que si seguía manteniendo ese nivel era posible que no me hicieran un gol.

Empecé a pensar que podía, a confiar en las condiciones por las que había llegado. Yo a Temperley me había ido a probar, prácticamente. Y el técnico había visto en los entrenamientos lo que yo podía.

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Cuando Walter Céspedes hizo el gol, había que mantener eso. En el segundo tiempo estábamos muy cansados y pesaba la presión de darle a la gente una alegría.

Cuando uno hace una fiesta quiere que las cosas salgan todas bien.

Y así fue ese día.

Mis compañeros y yo estamos muy orgullosos de haber hecho lo que hicimos.

Luis Deleva es hijo de Juan Deleva, leyenda goleadora de Los Andes en los años ’40 y después jugador de Independiente. Es licenciado en Psicología.

Última modificación: 13 de septiembre de 2018 a las 17:19
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