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En tren a Tucumán: 32 horas entre retrasos, mitos y sorpresas

Casi un día de cola para conseguir un pasaje barato para vivir una experiencia inolvidable por las vías argentinas. Demoras, confusiones, amistades nuevas, y algunas noticias desgraciadas, en un viaje que sale puntual pero nunca queda claro cuándo llegará.

Por María Miranda

-Che ¿Ya estás llegando? Cerraron las puertas y no nos dejan pasar.

-Sí, estoy a unos metros.¡Ya llego!

El tren rumbo a Tucumán tenía a las 19 como horario de salida. A pesar de mis esfuerzos por llegar antes, mi condición de impuntual pudo más y el embotellamiento de hora pico hicieron que llegara a Retiro 19:05. La mochila pesaba demasiado y sentía que me tiraba para atrás. El contrapeso de la mochila de adelante no colaboraba en el equilibrio y es en esos momentos me pregunté porqué no decidí traer una pequeña valija, también puse en duda sí todo lo que cargaba de ropa y utensilios eran tan necesarios. Las dos cuadras que caminé de la parada del colectivo hasta la Estación Belgrano las transité sin prisa, creyendo que cuando llegara el tren me estaría esperando. Pero no fue tan así.

Un par de vallas y cinco hombres de seguridad bloqueaban la entrada para subir al tren. El pánico se apoderó de mí y con mi compañero de viaje no entendíamos qué estaba pasando.

-No pueden pasar. El tren ya salió.

-No mientas. El tren está ahí. Lo estamos viendo. Llegué cinco minutos tarde, no me podés no dejar pasar.

La situación se tensó. Una discusión a los gritos entre los cinco hombres de seguridad, el vendedor en las ventanillas y las siete personas que estábamos intentando pasar las vallas, era el centro de atención para el resto de los pasajeros.

-Escuchame una cosa, un día de cola me comí para tener este pasaje ¡Dejame pasar!

Después de diez minutos de discusión nos permitieron el ingreso. Corrimos y sin despachar las mochilas, nos subimos sin mirar atrás. Después nos enteraríamos de que las otras cinco personas no pudieron subir porque estaban esperando a otra pasajera que parecía estar llegando, pero nunca llegó.

Así comenzó un viaje al norte argentino. Mis vacaciones, y el viaje en tren más largo de mi corta vida.

El tren es operado por Trenes Argentinos Operadora Ferroviaria(SOFSE) y tiene un recorrido de 1.170 kilómetros. En este mapa, las estaciones:

Los pasajes para Tucumán habían salido a la venta en noviembre. La diferencia de precio abismal entre el tren (370 pesos primera, 445 pullman y 1295 camarote) y el micro (alrededor de 1800 pesos), y la pérdida del poder adquisitivo habían provocado que la estación de Retiro estuviera colmada de gente. La fila pegaba varias vueltas dentro del hall central y rodeaba toda la estación por afuera. Ciento de personas habían ido varios días antes a acampar para conseguir su pasaje para enero. En mi caso, el mismo día que salieron a la venta, desde las siete de la mañana, estaba formando parte de la cola.

Pasadas las cuatro horas de venta, los rumores de que se había agotado los pasajes “de todo enero” circulaba por la fila. El enojo de los usuarios estaba a flor de piel. La indignación por el destrato de tener que hacer semejante fila, también. En esos momentos me sentí dentro del cuento de Julio Cortázar, Autopista al Sur y por varias horas pensé que iba a pasar otro día en Retiro. Recién a las 3.30 de la mañana tuve mis dos pasajes y creí que lo peor ya había pasado ¡Qué ilusa!

La duración oficial del recorrido es de entre 26 y 28 horas. El servicio fue reinaugurado en 2005.
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La pesada herencia había renovado los trenes de larga distancia. Los vagones con aire acondicionado, asientos cómodos semicama daban la impresión de que el viaje estimado de 26 horas se podía sobrellevar. Cada dos vagones, un dispenser de agua caliente y fría te garantizaba mate para el viaje y los enchufes en cada vagón te aseguraban que tu celular no iba a morir a las primeras horas. Un buffet abierto toda la noche también nutría la idea de que 26 horas no iban a ser nada. A esto se sumaba la limpieza de los baños y las ventanas despejadas para ver el paisaje (antes estaban “tapiadas” por un plástico duro para protegerlas de los piedrazos).

El viaje empezó. Llevábamos tres horas de recorrido y el tren se detuvo en una estación a las afueras de Buenos Aires. Uno de los guardas nos informó que debido al suicidio de una persona cerca de la estación de Rosario íbamos a estar demorados unas horas. Esas horas se convirtieron en seis. A la madrugada emprendimos el viaje nuevamente.

Durante la noche la tranquilidad reinó en el vagón. Todos dormían. Al día siguiente, nos confirmaron que a Tucumán íbamos a llegar a las 3 de la mañana y nos indicaron que debido al retraso, en cada parada que hiciera el tren no se iba a poder bajar a comprar nada, para no perder tiempo. A la vez, dentro del tren la comida y el agua comenzaban a escasear.

Tras varios mates y horas de viaje, surgió la conversación con Fernando y Cinthia. Un matrimonio de tucumanos que volvía de vacaciones con su hijo Samuel; la madre de Cinthia, Silvia, y su hijo Juan. Le contamos sobre nuestro viaje, de dónde éramos y que estábamos viendo qué íbamos a hacer cuando lleguaramos a la terminal de Tucumán a las 3 de la mañana. Entre mate y mate, comenzó una conversación sobre “las diferencias” entre tucumanos y porteños. Las costumbres, la forma de nombrar ciertas comidas, las mañas y las ventajas de vivir fuera de la gran urbe.

-Los tucumanos somos muy peleadores. Nosotros si vamos a un lugar y no nos gusta la comida, la devolvemos. Allá en Tucumán, el plato de comida es un plato de verdad. En Buenos Aires te venden una miseria.

Y también los mitos:

-En Tucumán hay muchos duendes. Dicen que en la hora de la siesta te aparece uno que te dice “mano de lana o de plata”. Y ¿vos cuál elegirías? De lana pensando que es más blanda, pero no. La trampa es que la de lana te mata y la de plata te manda al hospital.

Tras varios videos de Youtube comprobando la existencia de esos seres,le preguntamos si había algún hostel cerca de la terminal para hospedarnos. Para nuestra sorpresa Silvia nos ofreció su casa.

-Es peligroso a esa hora cerca de la estación, y la terminal de micros está como a diez cuadras. Vengan a mi casa si quieren, duermen un poco y a la mañana siguen viaje.

Un poco nos costaba confiar en tanta hospitalidad, pero sin mucho preámbulo dijimos que sí. En ese instante se forjó una amistad que dura hasta hoy.

El viaje continuaba. La yerba comenzaba a escasear y la comida también. Ya eran las 10 de la noche y el tren se aproximaba a la última parada antes de llegar a Tucumán, La Banda (Santiago del Espero).Después llegaríamos a nuestro destino. Pero de repente el tren se detuvo varios minutos. Nadie podía bajar, nadie decía nada. Hasta que un rumor comenzó a circular por los vagones: el tren había atropellado a una chica.

¿Otro suicidio? Aún hoy no lo sabemos. Los guardas habían bajado para ver que sucedía y según pudimos saber, una chica había intentado cruzar por un lugar de las vías que no estaba permitido. Iba con auriculares y dicen que no vio el tren. En el momento del accidente estaba con vida, a dos cuadras de la estación estaba el hospital. Pero no resistió y murió a los minutos.

Un guarda se acercó a cada vagón y aclaró el panorama. Íbamos a estar quietos hasta que la fiscal de turno terminara de tomar los datos de todo el personal del tren. El enojo de los pasajeros no se hizo esperar. Tras 30 horas de viaje, ya no había comida en el tren, y poca agua. Se desconocía a qué hora íbamos a llegar y nadie era responsable.

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En ese momento, nos enteramos que un grupo de chicas habían perdido el micro que habían reservado de Tucumán a Humahuaca, ya que no tenían en sus planes un atraso de seis horas, y menos con un suicidio y una muerte dudosa.

El clima estaba tenso. Los fumadores y los que no fumaban pero decidieron empezar a fumar en ese momento abandonamos el vagón mientras esperábamos que se resolviera la situación.

Una hora después el viaje se retomó. Eran las 23 y calculábamos que llegaríamos a las 5 de la mañana. Aún hoy no entendemos qué sucedió, pero el maquinista pisó quinta y a las 3.30 de la mañana finalmente llegamos a destino.

La capacidad del tren es de 529 pasajeros. Los coches: 1 camarote, 3 pullman apto para personas con movilidad reducida, 5 de primera, 1 comedor.

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Fue la primera de las muchas odiseas del viaje. Nos fuimos a la casa de Silvia. Una casita humilde a las afueras de la ciudad. Nos contó que la estaba reconstruyendo porque una inundación le había arruinado todo.

Entramos al comedor y para nuestra sorpresa, en una de las paredes estaba colgado un cuadro pintado de Mauricio Macri. Muy rápidamente, Silvia aclaró:

-Lo pintó mi hijo. Es de Macri pero cuando era presidente de Boca.

Disimulamos nuestro asombro, o eso intentamos.

Dormimos cuatro horas y al día siguiente Cinthia y Fernando nos despertaron con mates y tortillas para desayunar. Con 40 grados de calor, que pegaban fuerte, seguimos ruta pero antes probamos dos comidas que según Fernando no podíamos no probar. Una especie de helado artificial llamado achilata, y una especie de pancho envuelto en masa de waffles,el panchuke.

Al mediodía, llegamos a la estación de micros. Nos despedimos de Fernando, Cinthia y Juan con un fuerte abrazo y con gran agradecimiento. Ellos serían los primeros de muchos amigos que haríamos en el viaje.

Última modificación: 28 de abril de 2017 a las 08:58
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